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Jeffrey D. Sachs

La marcha hacia la barbarie

Jeffrey D. Sachs

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2004-05-25

Una consecuencia de la guerra del Iraq es la de poner al descubierto (una vez más) la falsa divisoria entre naciones "civilizadas" y "bárbaras". Los Estados Unidos parecen tan capaces de caer en la barbarie como cualquier otro país, como lo demuestran claramente los malos tratos en la cárcel de Abu Ghraib. La mayoría de las veces la barbarie en el Iraq no queda registrada, como cuando los tanques americanos irrumpen en barrios iraquíes y matan a docenas de inocentes en nombre de la lucha contra los "insurgentes", pero la barbarie se encuentra en muchos ámbitos, como ha mostrado claramente la espeluznante decapitación de un rehén americano.

En determinadas condiciones, todas las sociedades pueden caer en la barbarie. Muchos historiadores han sostenido que durante el gobierno de Hitler la sociedad alemana fue en cierto modo excepcionalmente malvada. Es falso. Alemania resultó desestabilizada por la derrota en la primera guerra mundial, una paz dura en 1919, la hiperinflación en el decenio de 1920 y la Gran Depresión en el de 1930, pero, por lo demás, no fue excepcionalmente bárbara. Al contrario, en la primera parte del siglo XX, Alemania era uno de los países más ricos del mundo, con niveles envidiablemente altos de enseñanza superior e importancia científica. Hannah Arendt acertó bastante más, al referirse a la "trivialidad del mal" y no a su excepcionalidad.

Parece haber dos características comunes en la caída en la barbarie. La primera es la incesante tendencia humana a clasificar el mundo como "nosotros" contra "ellos" y después reducir a "ellos" a una condición subhumana. Probablemente surgieran esas clasificaciones porque reforzaban la cohesión del grupo "propio" y facilitaban la cooperación al dirigir el odio contra los de fuera.

El odio y la violencia contra los "otros" parecen manifestarse más intensamente a consecuencia del miedo: son reacciones en pro de la supervivencia. La caída en la barbarie suele darse en medio de crisis económicas o cuando ya ha estallado una violencia localizada. El miedo incita a un grupo a unirse para protegerse, tal vez atacando a un grupo rival.

Esa constante resultó evidente en las guerras de Yugoslavia en el decenio de 1990, en las que comunidades étnicas que habían vivido más o menos pacíficamente se sumieron en la guerra civil en medio de una profunda crisis económica. De forma similar, tanto los israelíes como los palestinos han cometido actos barbáricos en una trágica relación de miedo mutuo que fortalece a los extremistas de las dos comunidades. En ninguno de los dos bandos del desastre palestino-israelí hay gloria, pero Israel, con su ejército inmensamente más fuerte, podía y debía haber adoptado decisiones políticas más prudentes que la de ocupar la Ribera Occidental con colonos.

Las reacciones americanas a las escenas de tortura en Abu Ghraib, a las que siguió la decapitación del rehén americano Nicholas Berg, muestran claramente el camino hacia la barbarie en un país supuestamente civilizado. En mayo de 2004, The New York Times hizo una encuesta entre sus lectores en una ciudad del centro de los EE.UU: Oswego (Illinois). Un hombre de negocios jubilado dijo: "Matémoslos a todos. Borrémoslos de la faz de la Tierra". Un dirigente nazi no se habría expresado de otro modo.

Un conductor de grúa dijo que la decapitación "confirma simplemente lo que yo ya pensaba. No hemos sido bastante duros. Eso es algo que tenemos que hacer. Debemos atacar a nuestros enemigos directamente y no retirarnos hasta que hayamos vencido". Un tercer encuestado dijo algo similar. "Ha habido tanto escándalo sobre los malos tratos a los presos, cosa que, desde luego, no apruebo, pero esto es mucho peor", dijo, refiriéndose al asesinato de Berg. "Lo que me revela es que no podemos dejar que esa clase de maldad eche raíces. Tenemos que combatirla ahora mismo y con decisión o, si no, nunca podremos erradicarla".

El pensamiento bárbaro acude con facilidad y los derechistas alimentan el fervor, como cuando Rush Limbaugh dijo en su programa de radio: "Ellos son los perversos. Ellos son los peligrosos. Ellos son los subhumanos. Ellos son los desechos humanos. No los Estados Unidos de América ni nuestros soldados y nuestros carceleros".

No pretendo decir que los EE.UU. sean más depravados que otros países. Lo que digo es que la sociedad humana, incluso en el siglo XXI, es capaz de deslizarse hasta el pensamiento y la acción bárbaros, sea cual fuere su nivel de "desarrollo".

La idea de que cualquier nación sea moralmente superior o de que haya sido elegida por Dios para dirigir a las demás naciones es peligrosa. Una vez que reconocemos lo vulnerable que es todo el mundo a esa clase de descenso hasta la violencia, la importancia del derecho y las instituciones internacionales, como las Naciones Unidas, resultan tanto más importantes. Las Naciones Uniones resistieron con éxito las intensas presiones de los EE.UU. para que aprobaran una guerra con el Iraq, pese a las repetidas afirmaciones de los EE.UU. -falsas, como ahora sabemos- de que el Iraq poseía armas de destrucción en gran escala. El proceso de las Naciones Unidas funcionó. Lo que falló fue la política de los EE.UU.

Los sucesos de Abu Ghraib subrayan por qué son tan decisivas las normas internacionales, como, por ejemplo, los Convenios de Ginebra sobre el trato a los combatientes. Al colocarse por encima de la ley, los Estados Unidos se han permitido caer en un comportamiento bárbaro. De modo similar, esos sucesos demuestran por qué el Tribunal Penal Internacional (TPI) es decisivo. Los EE.UU. se han opuesto firmemente a la jurisdicción del TPI, pero los abusos americanos en Abu Ghraib muestran por qué deben estar los EE.UU. sometidos al derecho internacional.

Tal vez esa lección -la necesidad de someter incluso al país más poderoso al derecho internacional- sea un beneficio de la por lo demás desastrosa guerra que los EE.UU. lanzaron en el Iraq. Si se aprende esa lección, el mundo estará más seguro. Los propios Estados Unidos estarán más seguros, en parte porque será menos probable que en el futuro se desate una espiral de violencia alimentada por sus propios miedos irracionales e incomprensiones del mundo.

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AUTHOR INFO

Jeffrey D. Sachs is Professor of Economics and Director of the Earth Institute at Columbia University. He is also a Special Adviser to United Nations Secretary-General on the Millennium Development Goals.