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Ganar la paz

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2007-01-23

El futuro de Afganistán pende de los esfuerzos de su débil gobierno nacional por conservar apoyo y legitimidad de cara a una creciente insurgencia, los señores de la guerra, el comercio de heroína y una población desilusionada. A lo largo de un arco que se extiende desde este país al África oriental, la violencia hoy arrecia en Irak, el Líbano, Somalia y más allá, en la región de Darfur de Sudán.

Los políticos, generales e incluso diplomáticos hablan por doquier de maniobras y estrategias militares, pero en todos esos lugares se necesita algo completamente diferente. La estabilidad llegará sólo cuando existan oportunidades económicas, cuando una palpitante generación de jóvenes pueda encontrar empleo y sustentar una familia, en lugar de tentar fortuna en la violencia.

Una y otra vemos que un ejército extranjero, ya se trate de la OTAN en Afganistán, el de Estados Unidos en Irak, el israelí en la Palestina ocupada o el de Etiopía en Somalia, puede ganar una batalla o hasta una guerra, pero nunca la paz. La paz tiene que ver con la dignidad y la esperanza en el futuro. La ocupación militar destroza la dignidad y la pobreza absoluta y el desastre económico destrozan la esperanza. Sólo es posible lograr la paz con la retirada de las tropas y la llegada de empleos, granjas y fábricas productivas, turismo, atención de salud y escuelas. Sin estos elementos, la ocupación y la victoria militar rápidamente se convierten en cenizas.

El gobierno de los Estados Unidos ha demostrado estar ciego a estos hechos, pero la comunidad internacional también sigue estando mal preparada para ayudar a recuperar la paz después de los conflictos ocurridos en los países empobrecidos. Repetidas veces, una paz frágil muere debido a la falta de seguimiento en materia económica. A pesar de las grandilocuentes promesas de ayuda extranjera, reconstrucción económica y desarrollo en Afganistán, Irak, el Líbano y otras naciones, el historial real de asistencia internacional para la reconstrucción de posguerra es seriamente insuficiente.

La historia se ha vuelto tristemente familiar. Se organiza una conferencia de donantes internacionales. Se anuncian promesas de miles de millones de dólares. Un jefe de estado que recién ha asumido agradece sonriente a la comunidad internacional, incluida la potencia ocupante. Pasan los meses. Comienzan a llegar desde Washington equipos de funcionarios del Banco Mundial.

No obstante, la recuperación y reconstrucción reales se hacen esperar, tal vez por años. Las empresas europeas y estadounidenses que han echado mano de la situación y que están absolutamente poco familiarizadas con las condiciones locales, desperdician tiempo, fondos de ayuda y oportunidades. Pasan dos o tres años. Las altisonantes proclamas se convierten en rumas de estudios rancios del Banco Mundial. Comienza el intercambio de recriminaciones, el ejército ocupante sigue desplegado y se va propagando una nueva insurgencia.

Muchos factores contribuyen a este lamentable orden de cosas, comenzando por la asombrosa incapacidad de EE.UU., Europa y las organizaciones internacionales para comprender la situación desde la perspectiva de los pobres y desplazados. Su falta de empatía es deplorable, pero además hay problemas conceptuales. Las agencias internacionales que participan de la reconstrucción post-conflicto hasta ahora no han logrado comprender cómo iniciar o reiniciar el desarrollo económico en condiciones de bajos ingresos.

Es importante distinguir cuatro fases bien diferenciadas de la ayuda externa para poner fin a un conflicto. En la primera, durante la guerra misma, la ayuda se orienta a fines humanitarios, centrándose en proporcionar alimentos, agua, medicinas de emergencia y campos de refugiados. En la segunda fase, al término de la guerra, la ayuda sigue siendo principalmente de tipo humanitario, pero ahora se orienta a ayudar a que los desplazados regresen a sus hogares y a desarmar y desactivar a los soldados. En la tercera fase, que dura de tres a cinco años, la ayuda apoya la primera fase del desarrollo económico de posguerra, que incluye la reconstrucción de escuelas, clínicas, granjas, fábricas y puertos. En la cuarta fase, la asistencia se dirige a inversiones de largo plazo y al fortalecimiento de instituciones como los tribunales de justicia.

La comunidad internacional, y EE.UU. en particular, deja muchísimo que desear en lo que concierne a la tercera fase. Una vez que termina un conflicto, las agencias de ayuda parecen paralizarse. En lugar de enviar ayuda, envían grupos de estudio. A menudo transcurren años antes de pasar de la asistencia humanitaria al desarrollo económico real. Para cuando esa ayuda llega, con frecuencia ya es demasiado tarde: la guerra ha vuelto a estallar.

De hecho, es posible reiniciar el desarrollo económico a través de iniciativas específicas de “impacto rápido”. Puesto que las economías de la mayoría de los países empobrecidos tras el conflicto se basan en la agricultura, es vital recomenzar la producción en este ámbito. Los agricultores empobrecidos deberían recibir un paquete gratuito de semillas, fertilizantes y equipos de bajo coste (por ejemplo, bombas para irrigación). Cuando una ayuda así se hace llegar con rapidez, los ex soldados regresarán a sus granjas y podrán crearse un sustento con el comienzo de la primera cosecha tras el fin de las hostilidades. Este tipo de ayuda no precisa de largos estudios, sino de una acción rápida y certera.

Para controlar las enfermedades se deberían tomar medidas similares de impacto rápido. Las clínicas rurales pequeñas se pueden construir o reconstruir muy velozmente, dentro del primer año de paz. En las áreas rurales aisladas es posible obtener energía sin conexión a la red eléctrica, mediante paneles solares o turbinas eólicas. Se puede construir pozos e instalar cisternas para asegurar un agua potable segura.

Estos y otros esfuerzos similares pueden significar la diferencia entre la hambruna y la seguridad alimentaria, las epidemias y la salud, la obtención de ingresos y una pobreza abyecta, y -lo que es más importante- entre la esperanza y la desazón. No obstante, la ventana de oportunidad se cierra rápidamente.

El desarrollo económico de impacto rápido es exactamente lo que se necesita hoy para ayudar a poner fin a los horrores de violencia y sufrimiento en Darfur. Las sanciones, amenazas y cuerpos de paz son sólo medidas de corto alcance, mientras que allí no sólo es posible dar pasos reales contra la pobreza extrema, sino que también es algo sobre lo que los rebeldes y el gobierno pueden llegar a acuerdos. Lo mismo pasa en Somalia.

Sin embargo, la oportunidad está cerrándose velozmente en esta y otras regiones post-conflicto. Sólo mediante la toma de acciones rápidas y decididas para luchar contra el hambre, la pobreza y la enfermedad se podrá llegar a crear las condiciones para una paz duradera.

Jeffrey Sachs es profesor de economía y director del Earth Institute en la Universidad de Columbia.

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AUTHOR INFO

Jeffrey D. Sachs is Professor of Economics and Director of the Earth Institute at Columbia University. He is also Special Adviser to United Nations Secretary-General on the Millennium Development Goals.