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Ayuda al desarrollo en pro del desarrollo

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2006-02-24

Casi diariamente, los Estados Unidos y Europa amenazan con imponer sanciones o cortar la ayuda al desarrollo, a no ser que algún gobierno vulnerable acepte sus críticas políticas. Las amenazas más recientes van dirigidas al nuevo gobierno, encabezado por Hamas, en Palestina. Otros ejemplos recientes de amenazas han sido las recibidas por Chad, Etiopía, Haití, Kenya, Bolivia, Uganda y las sanciones, ya antiguas, contra Myanmar.

Esas tácticas son equivocadas. La utilización de la ayuda al desarrollo como palo político sólo sirve para ahondar el sufrimiento de los países empobrecidos e inestables, sin que se consigan los objetivos políticos perseguidos por los donantes.

Para entender por qué, hay que recurrir a una perspectiva geopolítica a largo plazo y ver, en particular, la decadencia gradual del dominio mundial por parte de Europa y los Estados Unidos. La tecnología y el desarrollo económico están proliferando por toda Asia y el mundo en desarrollo, mientras que la extensión de la alfabetización y la conciencia política durante el siglo pasado hicieron de la libre determinación la ideología dominante con mucha diferencia de nuestra época, lo que propició el fin del colonialismo. El nacionalismo sigue produciendo potentes "anticuerpos" políticos contra las intromisiones europeas y americanas en los asuntos internos de otros países.

A no haberlo entendido se han debido los repetidos descalabros de la política exterior de los Estados Unidos en Oriente Medio, al menos desde la caída del Sha del Irán en 1979. Los Estados Unidos siguen considerando, ingenuamente, Oriente Medio un objeto de manipulación, ya sea por el petróleo o para otros fines. En Oriente Medio está generalizada la opinión de que la del Iraq es una guerra encaminada al control por los Estados Unidos del petróleo del golfo Pérsico, opinión bastante convincente en vista de lo que sabemos sobre los verdaderos orígenes de la guerra. Sólo un orgullo increíblemente desmedido podía hacer creer a los dirigentes de los EE.UU. (y del Reino Unido) que las tropas occidentales serían acogidas como liberadoras, en lugar de ocupantes.

La politización de la ayuda exterior refleja el mismo orgullo desmedido. Mientras los EE.UU. se erigen retóricamente en adalides de la democracia en Oriente Medio, su primera reacción ante la victoria de Hamas ha sido la de exigir que el gobierno recién elegido devuelva 50 millones de dólares en ayuda estadounidense.

Desde luego, las doctrinas de Hamas son inaceptables para la consecución de la paz a largo plazo, como incluso algunos Estados árabes –por ejemplo, Egipto– han manifestado claramente, pero es probable que cortar la ayuda aumente la agitación, en lugar de propiciar una transacción aceptable a largo plazo entre Israel y Palestina.

Al menos al principio, se debe tratar con legitimidad a un gobierno palestino recién elegido. Más adelante, si se comporta mal, al patrocinar el terror, se puede cambiar de política y el corte de la ayuda debe ser una política a la que se recurra en última instancia, no un primer golpe.

Los cortes de la ayuda nunca han producido los resultados políticos deseados, por al menos dos razones. En primer lugar, ni los Estados Unidos ni los países europeos tienen demasiado prestigio como árbitros legítimos del "buen gobierno". Los países ricos llevan mucho tiempo entrometiéndose, en muchos casos con su corrupción e incompetencia, en los asuntos internos de los países a los que ahora aleccionan. Los Estados Unidos predican el "buen gobierno", al tiempo que riñen una guerra no provocada y padecen escándalos de sobornos en el Congreso y beneficios inesperados para empresas con conexiones políticas, como Halliburton.

En segundo lugar, las amenazas estadounidenses y europeas de cortar la ayuda o imponer sanciones son, en cualquier caso, demasiado débiles para obtener resultados importantes, aparte de debilitar a países ya inestables y empobrecidos. Piénsese en las recientes amenazas de cortar la ayuda a Etiopía, que representa unos 15 dólares por etíope al año... gran parte de los cuales pagados en realidad a asesores estadounidenses y europeos. Constituye una pura fantasía creer que la amenaza de un corte de la ayuda permitiría a los EE.UU. y a Europa influir en el rumbo de la compleja política interior de Etiopía.

No obstante, el corte de ayuda a Etiopía propiciaría muchas muertes entre su empobrecida población, que se verá privada de medicamentos, semillas mejoradas y fertilizantes. De hecho, el historial de prestaciones y retiradas de ayuda es miserable. La prestación de ayuda y su retirada ha provocado en Haití el más absoluto desplome. Las sanciones aplicadas durante un decenio a Myanmar no han devuelto a Aung San Suu Kyi al poder, pero han intensificado la carga representada por las enfermedades y la extrema pobreza en ese país. Los cortes de la ayuda con que se amenaza a Kenya, Chad y otros países empeorarían situaciones que ya son desesperantes.

Con esto en modo alguno propongo que los EE.UU. y Europa acepten cualquier iniciativa de cualquier dictador corrupto, pero el realismo en los asuntos económicos exige aceptar que la asistencia oficial para el desarrollo sólo puede contribuir a largo plazo a la consecución de los objetivos políticos generales de estabilidad y democracia. La senda más fiable hacia la democracia estable es un progreso económico sólido y equitativo a lo largo de un extenso período de tiempo.

Así, pues, el criterio determinante para la prestación de ayuda oficial debe ser el de si ésta fomenta de verdad el desarrollo económico. Como tal, debe ser fiable y previsible y debe ir encaminada a atender las necesidades de desarrollo de formas que se puedan supervisar, calibrar y evaluar. ¿Se puede supervisar y calibrar la ayuda? ¿Es robada? ¿Está contribuyendo a la satisfacción de necesidades reales de desarrollo, como, por ejemplo, una mayor producción de alimentos, la lucha contra las enfermedades, la construcción de infraestructuras de transporte, energía y comunicaciones?

Si se puede orientar la ayuda al desarrollo hacia las necesidades reales, se debe concederla a países pobres e inestables, sabiendo que salvará vidas y mejorará los resultados económicos y con ello mejorará también las perspectivas a largo plazo para la democracia y el buen gobierno.

Jeffrey Sachs es profesor de Economía y Director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia.

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AUTHOR INFO

Jeffrey D. Sachs is Professor of Economics and Director of the Earth Institute at Columbia University. He is also Special Adviser to United Nations Secretary-General on the Millennium Development Goals.