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El camino de Rusia hacia el aislamiento

La semana próxima, los presidentes Putin y Bush se reunirán en Eslovaquia. El autoritarismo en ascenso en Rusia y la Revolución Naranja de Ucrania parecen haber terminado con la luna de miel entre ambos gobernantes. Sergei Karaganov, presidente del Consejo de política exterior y defensa de Rusia, evalúa los crecientes problemas de la política exterior rusa.

Hace dos años, los rusos podíamos mirar al mundo con satisfacción. Parecíamos más fuertes en el ámbito diplomático que lo que nuestro poderío económico y militar podría hacer pensar. Ya no es así.

Hubo algunos éxitos el año pasado, el más importante de los cuales es el hecho de que nuestra deuda externa, que restringe nuestra soberanía económica, está cerca de saldarse. Por lo demás, y aunque las fortalezas objetivas de Rusia no han cambiado, nuestra influencia en los asuntos internacionales ha disminuido. Rusia debería ser un socio valioso en temas como el Medio Oriente, la guerra contra el terrorismo y las iniciativas para evitar la proliferación de armas de destrucción masiva. Sin embargo, no es posible discernir una clara “impronta” rusa en estos asuntos. De hecho, ni siquiera la creciente división entre Europa y EE.UU. ha refrenado la pérdida de influencia de Rusia.

Este giro de los acontecimientos es confuso. El Presidente Vladimir Putin sigue siendo un comunicador internacional bastante eficaz. No obstante, Rusia sufrió varias derrotas obvias en 2004 que afectaron su imagen y socavaron su influencia en el mundo.

En nuestro vecindario inmediato, el Presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, hizo caso omiso de las advertencias de Rusia y prosiguió con un referendo que le permitirá mantenerse en el cargo de por vida. Después, Rusia concentró casi toda la atención de su política exterior en Ucrania, sólo para perder allí también.

En el Lejano Oriente, pagar por las promesas rotas en el pasado parecer haber obligado a Rusia a aceptar las condiciones de China para resolver una disputa fronteriza. Por supuesto, solucionar esta larga y enconada disputa es algo digno de celebración, pero el costo es que la cesión de territorio ha sentado un precedente.

Más aún, el diálogo de Rusia con la Unión Europea llegó a un punto muerto en 2004. Una razón es que la supuesta solución del "problema de Kaliningrado" (el enclave ruso que quedó separado del país cuando Lituania y Polonia se unieron a la UE) resultó no ser ninguna solución. Esto no es completamente responsabilidad de Rusia; pero ahora habrá que volver a iniciar el diálogo, prácticamente desde cero.

De hecho, en términos más generales se está produciendo un enfriamiento de las relaciones de Rusia con Occidente. Hasta ahora esto no es desastroso, aunque cueste leer lo que los medios de comunicación occidentales tienen que decir acerca de Rusia y sus gobernantes. Casi todo lo que expresan es negativo, e incluso han comenzado a burlarse de nosotros.

Los sucesos de Bielorrusia y Ucrania han hecho que el proyecto de la Comunidad Económica Euroasiática parezca algo cada vez menos realista. Inevitablemente, nuestros socios de la Comunidad de Estados Independientes han sacado conclusiones de la demostración de debilidad e incompetencia de Rusia.

Podría agregar más elementos a esta lista, pero eso no sería más que agregar sal a las heridas, que son las mías también. Los rusos no debemos descorazonarnos, pero a menos que comprendamos las razones de estos fracasos y hagamos correcciones drásticas a nuestra política exterior, estamos condenados a seguir sufriendo derrotas y perder estatus e influencia, si no algo peor.

La principal causa de lo que ha ocurrido es la sistemática debilidad intelectual de la política exterior rusa. Nuestro conocimiento y comprensión del resto del mundo continúa deteriorándose; en muchos sentidos, carecemos de un sistema de planeamiento y previsión en política exterior.

Por ejemplo, la debacle ucraniana se podría haber evitado si hubiésemos evaluado la situación oportunamente y respaldado al candidato que casi con toda certeza iba a ganar. Pero colocamos a principiantes a cargo de tratar con Ucrania, principiantes con intereses comerciales de largo alcance. Cuando Putin tuvo que salir a cubrir el desastre, un fracaso común se convirtió en un fiasco de proporciones.

De hecho, en Rusia la política exterior es la personificación de Putin: el presidente decide y ejecuta casi todo. El Ministerio de Relaciones Exteriores, sede de los mejores funcionarios del estado, en gran medida ha sido excluido del planeamiento de la diplomacia. El Consejo de Seguridad es prácticamente invisible.

Como resultado, incluso las buenas decisiones se planean de manera incompleta, lo que hace que el riesgo de que se produzcan errores vaya en aumento. Más aún, la responsabilidad por las relaciones exteriores se otorga a cualquier "comisionado" que se muestre dispuesto a asumirla. Esto explica el fracaso del plan de Dmitri Kozak para resolver la situación de la región secesionista del Transdniéster en Moldavia, así como el calamitoso estado de la situación en la región separatista de Abjasia, en Georgia.

Está comenzando a ser evidente la fundamental debilidad del sistema político que ha surgido en Rusia, con su excesiva centralización, su dependencia de personas individuales más que en instituciones y la menguante calidad de su gestión. Cada vez más, la elite gobernante rusa está demostrando no estar a la altura de las capacidades y necesidades del país.

A medida que acumulamos fracasos, rezongamos y culpamos a otros, o urdimos planes imaginarios para contrarrestar a las grandes potencias. Hasta ahora, eso se nos ha perdonado a medias. Rusia es tácticamente necesaria. Pero la evaluación del mundo exterior acerca de las políticas y perspectivas de Rusia está, evidentemente, cambiando para peor.

Esto no se debe únicamente a nuestra política exterior, o siquiera a las erráticas políticas económicas. Poco creen que sea posible fortalecer a Rusia mediante la creación de un sistema político con un estilo casi soviético, pero sin su principal componente formador de un estado: el Partido Comunista y su ideología. Como resultado, en los últimos 12 a 18 meses hemos visto un cambio en las percepciones sobre Rusia: de socio que se fortalece y potencial aliado a rival cada vez más débil.

Rusia necesita un debate serio, dentro de la elite y entre el público, acerca de la estrategia nacional, del mismo modo como necesita un mecanismo eficaz de coordinación y planeamiento para su política exterior. Hay que hacer correcciones sustanciales a toda la agenda política global, la que, multiplicada por la increíble ideología de construir el capitalismo nacional en un país, actualmente nos recuerda demasiado a las políticas que condujeron a la desintegración de la Unión Soviética.

Tal como están las cosas, Rusia va en dirección de convertirse en una versión ampliada de Venezuela o Nigeria, países ricos en petróleo y disfuncionales, en lugar de una gran potencia europea o euroasiática del futuro.

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