En todo el mundo, se dice de los generales en tono de broma que desean enfrentar las nuevas guerras de la misma manera como lucharon en la última. Los líderes militares rusos (de hecho, la mayor parte de su élite de política exterior) están atrapados en el mismo punto muerto. Tanto a ellos como a los diplomáticos les está resultando difícil salir de los esquemas mentales de la Guerra Fría. Esta postura retrógrada está obstaculizando los esfuerzos del Presidente Putin de impulsar al país en otra dirección.
En todo el mundo, se ve a Vladimir Putin como a un hombre fuerte cuya palabra es sagrada. Pero este no es tan así. En la crisis de Irak, los Ministerios de Asuntos Exteriores y de Defensa manifestaron opiniones que diferían notoriamente de las de Putin. Estas divisiones ocurren con regularidad.
Quienes observan al Kremlin, también atrapados en la mentalidad de la Guerra Fría, prefieren creer que el Presidente Putin y sus ministros están jugando un juego de "policía bueno/policía malo" en el que, en lo que concierne al Occidente, Putin juega el papel del bueno y todos los demás, el del malo. Si es así, se trata de un extraño juego con efectos perversos, ya que toda política exterior debe tener metas claras. Pero lo que ocurrió durante la guerra de Irak demostró que ningún objetivo práctico (como asegurar el pago de lo que Irak adeuda a Rusia o preservar los intereses rusos en el petróleo iraquí) guió la política exterior rusa. En lugar de ello, el Kremlin puso en peligro sin ninguna razón clara las buenas relaciones con EEUU, que tanto había costado lograr.
No es ningún secreto que tanto a los diplomáticos como a los militares rusos no les agradó el decisivo giro de Putin hacia Occidente tras el comienzo de la guerra contra el terrorismo. Los Ministerios de Defensa y de Asuntos Exteriores deseaban una lucha abierta acerca del retiro de EEUU del Tratado ABM y la ampliación de la OTAN. Se sintieron profundamente decepcionados cuando Putin declaró que no deseaba "manifestaciones de histeria" acerca de estos temas.
Pero sin el apoyo de estos dos ministerios, Putin no puede institucionalizar el nuevo rumbo que ha planeado para la política exterior rusa. En otras palabras, sus esfuerzos por reorientar el poderío militar ruso hacia el enfrentamiento de las amenazas más probables del siglo XXI están siendo saboteados en el nivel más alto.
El Ministro de Defensa, Sergei Ivanov, ni siquiera se molesta en ocultar su escepticismo acerca de la necesidad de tal reorientación. ``En mi opinión", proclama, ``todavía es prematuro hablar del contenido específico de los cambios a las prioridades de defensa de Rusia y a las funciones y tareas de sus fuerzas armadas con relación a la amenaza del terrorismo internacional''. Revelando sus reales objetivos, agrega que "no se requiere una revisión radical de los principios fundamentales que rigen la operación de las fuerzas armadas".
No obstante, es simplista decir que el antagonismo hacia el nuevo rumbo de Putin deriva simplemente de la adhesión a los estereotipos de la Guerra Fría. Por supuesto, los generales rusos creen con facilidad las explicaciones más paranoicas acerca de los motivos de EEUU (particularmente ahora que la política exterior estadounidense parece tan arrogante). Pero los estereotipos pueden sobrevivir por tanto tiempo y ser tan influyentes sólo en tanto y cuanto sirvan a los intereses reales de la gente y las instituciones reales.
El interés que la élite militar y diplomática de Rusia está defendiendo es algo que yo llamo el "paradigma de la confrontación", en el cual el papel (¡y los presupuestos!) de los Ministerios de Defensa y Asuntos Exteriores tienen prioridad en el presupuesto del Estado. Hoy en día, sin embargo, el Presidente Putin reconoce que la economía determinará el futuro de Rusia, y que los ministerios "poderosos" deben dar un paso atrás en beneficio de la modernización y el desarrollo de Rusia.
Para promover su postura, los generales y diplomáticos rusos adhieren a la percepción de que el país sigue estando sitiado por enemigos, principalmente EEUU y la OTAN. Los diplomáticos de alto rango comprenden que su manera de pensar requiere de un tipo de diplomacia y que una política exterior centrada en hacer realidad el potencial económico de Rusia requiere de uno bien distinto. De modo que la confrontación con Occidente (aunque sea sólo retórica) es una manera de proteger sus empleos.
El brazo militar actúa de la manera como lo hace por básicamente las mismas razones. Afirma que Rusia necesita un gran ejército activo para defender al país de una guerra potencial con EEUU. De hecho, en la sesión anual de este año de la Academia de Ciencias Militares varios comandantes del ejército y teóricos militares intentaron demostrar que una futura fuente de conflicto será el deseo de Estados Unidos de controlar las regiones del mundo ricas en petróleo.
El Teniente General Alexander Rukshin, jefe del directorio operativo principal del Cuerpo de Generales, habló de la necesidad de una modernización de los sistemas de comando y control, para estar preparados para dicha guerra. Se quejó de que el sistema existente tiene capacidades limitadas contra las armas de precisión de EEUU. El Almirante Victor Kravchenko, jefe del Cuerpo de Almirantes de la Armada, argumentó que la principal amenaza a Rusia es la Marina estadounidense.
De hecho, sólo la continuación de una vasta amenaza global puede justificar la existencia de las fuerzas armadas rusas con su tamaño actual de 1,2 millones de efectivos, así como el actual sistema de conscripción (que los rusos comunes y corrientes detestan profundamente) y los varios millones de reservistas. Los generales rusos insisten en que se debe mantener la conscripción de manera tal que, si es necesario, se pueda hacer frente a un conflicto de gran escala.
Como borbones post-soviéticos, los generales y diplomáticos rusos no han aprendido nada y nada han olvidado. Siguen pensando como siempre lo han hecho, porque ellos son los más beneficiados al hacer todo lo posible por preservar el estado militarizado de una era decadente.


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