Una vez más, todos se preguntan hacia dónde va Rusia. El juicio de Mikhail Khodorkovsky y la posible quiebra de su compañía Yukos, la más grande del país, han generado protestas en el sentido de que el presidente Putin está llevando a Rusia de regreso a los aciagos días de la dictadura. Pero al evaluar el rumbo de Rusia, los análisis políticos y económicos no son de gran ayuda. Lo que está determinando el destino del país es su cultura social.
En efecto, el sistema político ruso no es lo que impide que el país avance, y nunca lo ha sido. Ya sea que los rusos vivan bajo la monarquía, el comunismo, la economía de mercado salvaje de Yeltsin o la supuesta dictadura de la ley de Putin, el resultado es siempre el mismo: el sistema desprecia a sus ciudadanos, lo que provoca una reacción igual y en sentido inverso de desdén y desconfianza.
El capitalismo ruso odia al consumidor en la misma medida que lo hacía el comunismo. Los rusos, ya sean servidores o solicitantes de servicios están convencidos de que van a salir timados y de que se les va a tratar mal, así que se arman de indiferencia.
Ni el sistema ni la gente tienen la culpa de ello. Esta situación surge en parte del hecho de que la rusa es una cultura de "imitación". Los primeros gobernantes del país fueron príncipes nórdicos alrededor del año 860. Se les invitó para que pusieran orden en el país -parece que desde entonces los rusos no confiaban en sí mismos para gobernarse eficazmente.
A veces, la imitación rusa produce obras geniales. Después de todo, Pushkin y Gogol partieron en un principio de modelos alemanes y franceses, aunque su absoluta originalidad rebasó con mucho la imitación. Pero Rusia sencillamente no es tan hábil para copiar cosas prácticas como leyes y modelos económicos como lo es para transformar impulsos culturales en obras de arte con alma rusa. Sus importaciones prácticas invariablemente nacen muertas, principalmente a causa de la arraigada cultura del desprecio.
Consideremos a Moscú, una imitadora experimentada (aunque no se acerca como imitadora urbana a San Petersburgo, esa ciudad barroca italianizada en el Neva). Actualmente, Moscú cuenta con todos los símbolos del capitalismo de altura: Prada, Fouchon, Rolls Royce. Su Café des Artistes es un restaurante francés tan bueno como cualquiera. Pero algo falta, como es usual al estilo ruso -cubiertos adecuados. Pida al mesero un cuchillo para carne y logrará que lo mire como si hubiera solicitado una espada.
En algunos restaurantes un guardia es quien recibe a los clientes, preguntando qué se les ofrece, como si hubieran ido a comprar estampillas y no a comer. Por supuesto, los guardias saben que su trabajo consiste en garantizar que todo el mundo se sienta cómodo y seguro, pero la noción estilo Gulag de lo que un guardia debe hacer está demasiado arraigada para eliminarla. Su verdadera labor es estar "en contra" -y en esta ocasión es en contra de los clientes.
La existencia misma de otras personas hace que los guardias sean suspicaces, y ¿quién puede afirmar que se equivocan totalmente? Después de todo, los asesinatos y los tiroteos en restaurantes son cosa común, y la idea de una protección excesiva de todo el mundo data de la época soviética, cuando el desprecio social se disfrazaba de seguridad pública.
No es de sorprender entonces que los rusos siempre busquen atajos, se salten las bardas y nunca sigan el camino señalado para caminar -esos caminos no se hicieron para facilitarle la vida a la gente, sino para controlarla. En efecto, las bardas y las barreras generalmente se construyen donde debería de haber un camino peatonal.
Pero tal vez las autoridades tengan razón al querer controlarnos. Cualquiera que haya volado a Rusia conoce esta situación: en el momento en que el capitán solicita que los pasajeros permanezcan en sus asientos hasta que el avión se detenga por completo, todos los rusos a bordo responden de inmediato poniéndose de pie y amontonándose en los pasillos como si fuera su última oportunidad de salir. Sienten en su médula que el sistema los quiere fastidiar, aun cuando el sistema esté representado por una aeronave comercial de otro país.
Esta cultura de la sospecha y el desprecio complica las cosas más sencillas y después las destruye. Una vez fui a comer a un buffet estilo sueco en Moscú. La variedad de platillos era estupenda, una especie de kasha rusa típica posmoderna: sushi, ensalada, borsht, carne y col. Pero los clientes reciben un plato muy pequeño para el festín, y el principio del buffet -todo lo que pueda uno comer-se olvida. Sólo se puede pasar al buffet una vez.
Los clientes -que saben lo que es un buffet-evidentemente intentan apilar la mayor cantidad de comida que pueden en el platito, el sushi encima del rosbif. Si uno se atreve a pedir un plato más grande o una ración más, el mesero le lanza esa fulminante mirada soviética -usted quiere demasiado. El socialismo soviético pensaba que sus ciudadanos no eran dignos de ningún servicio; el capitalismo ruso duda que uno pueda controlar sus apetitos, así que quiere controlarlos por su bien. A fin de cuentas, la diferencia no es mucha.
Y así Rusia sigue emprendiendo cambios revolucionarios sin cambiar en absoluto. La sospecha incurable, el miedo mutuo, el desprecio ubicuo -reafirmados diariamente en miles de formas-constituyen nuestra inmutable condición social.


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