MOSCÚ – En Rusia, si tienes pelo obscuro y tez ligeramente morena, puedes correr peligro. Lamentablemente, los dirigentes de Rusia han tolerado, si no alentado, el miedo a los extranjeros y los ataques a aquellos cuyo aspecto difiere del ruso medio.
En una zona residencial de Moscú, un grupo de adolescentes, muchos de ellos con la cabeza rapada y botas militares, avanza gritando consignas nacionalistas rusas. Cuando se encuentran con tres muchacho azerbaiyanos, no vacilan. Al cabo de poco, uno de los muchachos –de sólo 13 años de edad– yace en el suelo gravemente herido; tendrán que hospitalizarlo. Los otros dos también están heridos. Los autores nunca han sido detenidos.
Bashir Osiev, de 24 años de edad, originario de Ingushetia y empleado de un banco de Moscú, es atacado por un grupo de cabezas rapadas, mientras se dirige a su casa con un amigo. El amigo resulta gravemente herido, pero consigue escapar; Osiev muere tras ser apuñalado en la espalda. Dos de los atacantes resultan heridos en la pelea y son detenidos después de solicitar asistencia médica en un hospital. Los otros nunca han sido detenidos.
Dos hombres procedentes del Cáucaso van camino del metro y son atacados por un grupo de adolescentes con navajas. Los dos reciben tratamiento en un hospital y los autores escapan sin ser reconocidos. En una ciudad pequeña de la Rusia central, dos uzbecos son brutalmente golpeados por un grupo de adolescentes.
Todos estos incidentes ocurrieron en el lapso de una semana. Los hemos elegido al azar de entre una serie interminable de ataques similares, muchos de ellos con consecuencias fatales.
Las autoridades rusas suelen quitar importancia a esos ataques como actos de alborotadores… aun cuando los autores sean aprehendidos y se pueda procesarlos. Se debe a que acusar a alguien de racismo y xenofobia es más complicado y el proceso se prolonga más que una condena por simple matonismo.
De hecho, los racistas de Rusia pueden tener la seguridad de que cuentan con gran simpatía de las fuerzas de seguridad y del público. Al fin y al cabo, esos ataques no suelen ocurrir en un callejón obscuro. En la mayoría de los casos, se producen en mercados y estaciones de metro abarrotados de público o en calles muy concurridas. Los transeúntes apartan la mirada… aun cuando las víctimas sean mujeres y niños.
Una amiga mía chechena y su hijo de 14 años fueron atacados en la calle por tres cabezas rapadas borrachos. Los cabezas rapadas empezaron a empujarlos y a acusarlos, mientras que los transeúntes apartaban la mirada y pasaban de largo. Mi amiga, a fuerza de insistir, consiguió que la dejaran en paz a ella y a su hijo, pero sólo para abalanzarse sobre un matrimonio que pasaba por allí. El hombre tenía aspecto de judío, se pusieron a gritar y empezaron a empujarlo, pero su aterrada esposa insistió en que era ruso, tras lo cual los tres –al parecer, ablandados por la bebida– se disculparon y le dejaron marcharse.
Ni el marido ni la esposa se sintieron alarmados de que los tres borrachos persiguieran a caucásicos y judíos, sino que presentaron una denuncia porque ellos, ciudadanos rusos, habían sido acosados. Mi amiga no lo hizo. No serviría de nada, dijo, resignada, y después contó que a su hija de doce años de edad le dicen constantemente en la escuela que todos los chechenios son delincuentes y que nadie los aprecia.
Desde el día en que Vladimir Putin habló en la televisión de tirar a todos los terroristas chechenos por la taza del váter, el odio a los caucásicos ha pasado a ser casi aceptable socialmente. Una vez más, un subgrupo de la población ha sido declarado compuesto de bandidos y terroristas en potencia para satisfacer la apremiante necesidad del pueblo de encontrar un enemigo claramente identificable al que se pueda reprochar todo lo que falla en la Rusia actual. Aunque no han faltado discursos en los que se pedía tolerancia y se condenaban los ataques racistas y antisemitas, la situación apenas cambia,
La antigua URSS era cualquier cosa menos tolerante, pero, desde su desplome, una persistente sensación de inferioridad que se ha ido introduciendo en la sociedad rusa. En otro tiempo “éramos alguien”; hoy “nadie nos toma en serio, por lo que tenemos que defendernos contra todo lo que venga de fuera y nos humille”.
Tanto el Estado como los grupos abiertamente racistas, xenófobos y antisemitas – de los que hay docenas, además de más de 100 publicaciones claramente xenófobas– pasan por alto cada vez más el carácter multiétnico de Rusia. En un marco cotidiano, se refleja en consignas como “Rusia para los rusos”, que, en realidad, significa rusos blancos europeos.
Así, pues, los ataques van dirigidos en igual medida contra personas de las antiguas repúblicas soviéticas asiáticas, de África y del Extremo Oriente, además de contra ciudadanos rusos del Cáucaso o pertenecientes a alguna de las más de 90 minorías nacionales de Rusia. El Estado expresa con hipocresía su preocupación sin hacer nada para oponerse a esa situación, porque demasiados funcionarios están más que contentos de explotar esos sentimientos.


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