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Rusia y la carta de Kosovo

TBLISI – “Mira antes de saltar” es un práctico principio tanto en la vida diaria como en las relaciones internacionales. Y, no obstante, la administración Bush se apresta nuevamente a saltar a lo desconocido. Incluso considerando que todo el mundo piensa que la falta de previsión es la principal causa de la debacle en Iraq, Estados Unidos (con el probable respaldo británico) se está preparando a reconocer unilateralmente la independencia de Kosovo, sin importarle sus consecuencias para Europa ni el resto del mundo.

Kosovo ha sido administrada desde 1999 por una misión de las Naciones Unidas protegida por tropas de la OTAN, aunque formalmente sigue siendo parte de Serbia. Sin embargo, con la mayoría albana de Kosovo exigiendo su propio estado y la negativa de Rusia a reconocer el plan del mediador de la ONU Martti Ahtisaari para una independencia condicional, Estados Unidos se está aprestando a ir por su cuenta. En lugar en pensar en lo que Ahtisaari consideró impensable, la división de Kosovo -destinando una pequeña parte del norte a Serbia y vinculando el resto a los hermanos étnicos kosovares de Albania o a otro estado- Estados Unidos tiene planes de actuar sin la anuencia de la ONU, argumentando que sólo un Kosovo independiente dará estabilidad a los Balcanes occidentales.

Tal argumento es debatible, y el historial del gobierno kosovar sugiere que es erróneo. Pero la postura de Estados Unidos pierde el rumbo inequívocamente al no prever que el “precedente de Kosovo” incitará inestabilidad y -potencialmente- violencia en otras zonas.

¿Por qué el apuro por dar la independencia a Kosovo? Muchas disputas de peso se han mantenido sin solución por décadas. El conflicto de Cachemira se ha arrastrado desde 1947, la ocupación turca del norte de Chipre desde 1974, y la ocupación de Cisjordania por parte de Israel desde 1967. Sin embargo, nadie sugiere que se adopten medidas unilaterales en estos potenciales puntos de conflagración.

No obstante, Estados Unidos –y la mayoría de los miembros de la Unión Europea- argumentan que la situación de Kosovo es especial y que no sentará un precedente internacional legalmente vinculante. El problema es que Rusia ve el asunto de manera muy diferente. De hecho, puede intentar usarlo para restablecer su autoridad sobre naciones y territorios que una vez fueron parte de la Unión Soviética.

A España y Chipre, que tienen en su territorio regiones secesionistas, les preocupa cualquier posible precedente. Rumania también lo ve así. Teme las consecuencias que sobre su vecina Moldavia puede tener una independencia de Kosovo obtenida de manera unilateral. La preocupación es que Rusia reconozca unilateralmente la independencia del Transdniéster, un territorio separatista moldavo que las tropas rusas y las mafias criminales han estado respaldando por 16 años.

Ucrania, el gran premio en la apuesta de Rusia por recuperar su antiguo ámbito de influencia, también está profundamente inquieta. Teme que Rusia estimule las tendencias separatistas en Crimea, donde la población étnica rusa es mayoritaria. (Crimea fue cedida a Ucrania por Nikita Krushev recién en 1954). Rusia puede decidir abusar del precedente de Kosovo aún más, intentando dividir a la población de Ucrania entre rusohablantes y hablantes del ucraniano.

Pero los mayores riesgos de un reconocimiento unilateral de la independencia de Kosovo están en el Sur de Cáucaso, una región que se parece al polvorín del Oriente Próximo actual. Allí, el peligro real es que Rusia pueda reconocer las regiones separatistas de esta zona y respaldarlas incluso más que hasta ahora.

Incluso antes de que Vladimir Putin se convirtiera en Presidente de Rusia, el Kremlin ya estaba haciendo de las suyas en Georgia, dando pasaportes rusos a ciudadanos de Abjasia (la mayor región separatista) e insuflando dinero a su economía. Las supuestas “tropas de paz” de Rusia en Abjasia y Osetia del Sur, la otra región de Georgia con intenciones separatistas, de hecho han protegido a sus gobiernos rebeldes. Además, Rusia ha estado aplicando un completo bloqueo comercial a Georgia, con la esperanza de debilitar los ímpetus pro-occidentales de su presidente, Mijeíl Saakashvili.

Si Rusia reconoce la independencia de Abjasia, Saakashvili podría verse tentado a responder militarmente para impedir que su país se desmiembre. Un nuevo conflicto en Abjasia no sólo arriesgaría una guerra abierta con Rusia, sino que tensaría las relaciones con Armenia, ya que hay cerca de 50.000 armenios en Abjasia que apoyan al gobierno separatista.

Otro riesgo en el Sur del Cáucaso es que Rusia (con el apoyo de Armenia) reconozca la autoproclamada independencia de Nagorno-Karabaj con respecto a Azerbaiyán. Este territorio, históricamente armenio, sufrió una sangrienta guerra secesionista entre 1988 y 1994, con 30.000 muertos y un 14% del territorio de Azerbaiyán ocupado por las fuerzas armenias, apoyadas por Rusia.

Desde entonces, el petróleo ha consolidado el poderío militar azerí, por lo que el gobierno de Baku está más preparado para responder a nuevos enfrentamientos que lo que estaba en los años 90. Más aún, la vecina Turquía está de su lado. De hecho, Turquía ya está aplicando un bloqueo comercial punitivo a Armenia, lo que incluye el cierre de su frontera con ella.

Las proyecciones militares de EE.UU. han sugerido repetidamente que Azerbaiyán perdería esa guerra, incluso con equipos recién comprados y el apoyo militar turco. Las fuerzas armenias están bien asentadas y han recibido un importante impulso con el desvío realizado por Rusia de armamento pesado desde algunas bases militares georgianas cerradas recientemente.

Irán también debe ponderarse en esta ecuación, ya que se está convirtiendo en un inversionista estratégico al construir una refinería de petróleo justo al otro lado de su frontera con Armenia, en parte como medida de seguridad en caso de un ataque estadounidense y en parte para aliviar su propio déficit de petróleo. Más aún, Irán tiene interés en contener las demandas revanchistas de Azerbaiyán acerca de la numerosa minoría azerí en el norte de su territorio.

Por lo general, a los conflictos del Transdniéster y el Sur del Cáucaso se los llama “conflictos congelados”, puesto que no ha sucedido mucho desde que comenzaran a principios de los 90. Cualquier medida unilateral para dar su independencia a Kosovo probablemente los descongele, rápida y cruentamente. Y ese potencial baño de sangre en los límites de Rusia puede dar a Vladimir Putin el pretexto que desea para extender su gobierno más allá del mandato constitucional que termina en marzo próximo.

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