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Reglas para una superpotencia frugal

WASHINGTON, DC – La política exterior estadounidense está a punto de apretarse el cinturón de forma importante. Los gastos cada vez mayores para pagar los intereses de la creciente deuda nacional junto con el enorme aumento de los costos del seguro social y Medicare a medida que la generación del baby-boom se jubila, dejarán menos recursos para las iniciativas estadounidenses en el exterior.

Como sostengo en mi nuevo libro, The Frugal Superpower: America’s Global Leadership in a Cash-Strapped Era (La superpotencia frugal: el liderazgo global de los Estados Unidos en una era sin dinero), la carga que estas obligaciones impondrán a los estadounidenses –impuestos más elevados y menores beneficios—debilitará el apoyo del público al expansivo papel internacional que el país ha desempeñado desde la Segunda Guerra Mundial.

Esto cambiará al mundo, y no para mejorar. La política exterior estadounidense, con todos sus defectos, ha apuntalado la estabilidad política en todo el mundo. Entonces, ¿cómo deben adaptar los Estados Unidos sus acciones en el exterior para minimizar el daño a la seguridad global que provocan las condiciones difíciles en que se encuentra? A continuación figuran tres reglas para una superpotencia frugal.

Regla I: Dejar de crear Estados

Durante las primeras dos presidencias posteriores a la Guerra Fría, los Estados Unidos realizaron intervenciones en Somalia, Haití, Bosnia, Kosovo, Afganistán e Irak. Los motivos que las provocaron fueron distintos, pero todas condujeron a esfuerzos estadounidenses para establecer gobiernos funcionales –creación de Estados—que resultaron excesivamente largos y frustrantes. Las instituciones relevantes no se pueden crear rápidamente, ni pueden importarse, listas para utilizarse, del extranjero. Por esta razón, entre otras, la empresa no ha tenido aceptación entre el público estadounidense.

A las dificultades y la impopularidad de la creación de Estados ahora hay que añadir otra desventaja: su costo. El gobierno de los Estados Unidos ya no podrá invertir cientos de miles de millones de dólares (únicamente en Iraq los gastos serán del orden de los billones) para tratar de dar a otras personas un gobierno decente. Además, esos proyectos contribuyen mucho menos a la seguridad y el bienestar de los Estados Unidos y del mundo que otras políticas exteriores estadounidenses –políticas a cuya continuación los Estados Unidos deberían dedicar todos sus esfuerzos.

Regla II: Concentrarse en los bosques

Dice el refrán que los árboles no dejan ver el bosque. Somalia, Haití, Bosnia, Kosovo, Afganistán e incluso Iraq pueden considerarse árboles –distracciones de lo que debe ser el centro de la política exterior estadounidense. Los equivalentes funcionales de los bosques son Europa, Asia Oriental y el Medio Oriente. Estas son las tres regiones más importantes del mundo, y en cada una de ellas la presencia militar estadounidense desempeña un papel constructivo.

En las primeras dos, los Estados Unidos dan seguridad a los países de esas regiones en el sentido de que no habrá cambios súbitos en el equilibrio de poder que puedan amenazarlos. En Europa, Alemania puede tener la certeza de que los Estados Unidos ayudarían a contener a una Rusia agresiva, mientras que Rusia sabe que Alemania permanecerá vinculada a los Estados Unidos que, por lo tanto, la limitarán. En Asia Oriental, las fuerzas aéreas y navales estadounidenses son un freno para China, pero también son útiles para los intereses estratégicos de ese país porque evitan que Japón lleve a cabo una política militar independiente.

Para mantener la paz en ambas regiones será necesario mantener algún tipo de presencia militar estadounidense. Un retiro total de los Estados Unidos podría generar sospechas, carreras armamentistas y, en el peor de los casos, guerras entre los países de Europa y Asia.

En Medio Oriente, los Estados Unidos se enfrentan a Irán, que busca ampliar su poder por cualquier medio para derrocar a los gobiernos de los países vecinos y reemplazarlos con fuerzas ideológicas afines y, en última instancia, expulsar a los Estados Unidos de la región. Las armas nucleares harían que la amenaza que representa el régimen iraní fuera mucho más grave. En efecto, contener a Irán y al mismo tiempo frustrar sus ambiciones nucleares es la máxima prioridad para la actual superpotencia estadounidense con sus recursos limitados.

Regla III: Aumentar el impuesto a la gasolina

Los esfuerzos de Irán para dominar el Medio Oriente amenazan al mundo porque en la región se encuentra gran parte del petróleo del que depende la economía global. Si el mundo utilizara menos petróleo, Irán sería menos amenazador, porque sus gobernantes radicales dependen de los ingresos del petróleo para comprar apoyo popular y alcanzar sus metas regionales.

Reducir los ingresos del petróleo mediante un menor uso de los combustibles también debilitaría a otros agitadores internacionales, reales y potenciales –el venezolano Hugo Chávez y el ruso Vladimir Putin. Además, parte del dinero que el mundo paga por el petróleo de Arabia Saudita va a dar a las arcas de organizaciones terroristas.

No hay una sola medida que contribuiría más a que el mundo fuera menos peligroso que una reducción sustancial del consumo de petróleo. Y ninguna medida logrará mejor que se reduzca el consumo global de petróleo que un fuerte aumento del impuesto a la gasolina en el país que la consume más que ningún otro: los Estados Unidos. Si los estadounidenses tuvieran que pagar más por la gasolina, la utilizarían menos. Con un precio elevado de la gasolina, las fuentes alternativas de energía como el etanol y medios de transporte como los automóviles eléctricos serían comercialmente viables.

Nada de lo anterior sucedería de inmediato. A corto plazo, los estadounidenses tendrían que hacer sacrificios económicos modestos en forma de precios más elevados de los combustibles. No obstante, esos sacrificios valdrían la pena. Ayudarían a asegurar que, incluso en una época de contracción de la política exterior estadounidense, el mundo siguiera disfrutando los beneficios de la política expansiva que los Estados Unidos ya no pueden costear.

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