The Asian Century
From Great Game to Grand Bargain
Barnett R. Rubin and Ahmed Rashid
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LAHORE – El “Gran Juego” ya no es divertido. Los imperialistas del siglo diecinueve usaron ese término para describir la lucha entre los británicos y los rusos por el dominio de Afganistán y Asia Central. Más de un siglo después el juego continúa, pero ahora la cantidad de jugadores ha aumentado radicalmente, quienes viven en el tablero se han convertido en jugadores, y la intensidad de la violencia y las amenazas que representa afectan al resto del mundo.
Afganistán ha estado en guerra por tres décadas, y la guerra se está extendiendo a Pakistán y otros países. Es necesario llamar a un tiempo de descanso para que los jugadores, incluido el Presidente electo Barack Obama, puedan negociar un nuevo trato para la región.
Para garantizar la seguridad de Afganistán y su región se necesitará una presencia internacional por muchos años. Acrecentar las fuerzas de seguridad de Afganistán es, en el mejor de los casos, una medida supletoria, ya que el país no puede sostener fuerzas del tamaño que hoy necesita. Sólo un acuerdo regional y global para poner la estabilidad de Afganistán por sobre otros objetivos puede hacer posible la estabilidad de largo plazo, permitiendo que el país sobreviva con las fuerzas de seguridad que se puede permitir. Sin embargo, ese acuerdo requerirá iniciativas políticas y diplomáticas tanto dentro como fuera de Afganistán.
En Afganistán, Estados Unidos y la OTAN deben dejar en claro que están en guerra con al-Qaeda y quienes apoyan sus objetivos globales, pero que no tienen objeciones si los gobiernos afgano o pakistaní negocian con insurgentes que renuncien a sus vínculos con Osama bin Laden. A cambo de estas garantías, podría retirarse una gran proporción de las fuerzas internacionales, dejando una fuerza que asegure un acuerdo político y entrene a las fuerzas de seguridad afganas.
Sin embargo, un acuerdo político en Afganistán no puede tener éxito sin un gran trato regional. El primer Gran Juego se resolvió hace un siglo convirtiendo a Afganistán en un estado intermedio en que los extranjeros no interferirían. Sin embargo, hoy es el escenario no sólo de la Guerra contra el Terrorismo, sino también de lagas disputas fronterizas entre Afganistán y Pakistán, el conflicto Indo-Pakistaní, luchas internas en Pakistán, el antagonismo entre EE.UU. e Irán, las inquietudes rusas acerca de la OTAN, la rivalidad entre chiíes y sunitas, y luchas en torno a la infraestructura energética regional.
Estos conflictos continuarán mientras Estados Unidos considere que la estabilidad de Afganistán es una meta subordinada a otros objetivos, lo que va acompañado de todos los riesgos que representa el resurgimiento del terrorismo y una crisis de la seguridad regional. Por eso Obama debe adoptar una fuerte iniciativa diplomática que abarque a toda la región y ayude a solucionar las prolongadas disputas entre los vecinos de Afganistán. Una iniciativa así debe incluir un completo paquete de desarrollo y ayuda para la región.
Además, Estados Unidos debe ajustar su postura regional, reduciendo su dependencia en el ejército de Pakistán. Obama deberá apoyar firmemente al frágil gobierno electo de Pakistán en sus intentos por controlar el ejército y el aparato de inteligencia, revirtiendo así décadas de apoyo a los militantes islámicos. El diálogo con Irán y Rusia acerca de sus intereses comunes en Afganistán -ambos ayudaron a Estados Unidos en 2001- significaría más presión sobre Pakistán. Al mismo tiempo, Estados Unidos y otras potencias con intereses en Afganistán deben buscar reducir las actividades de la India en Afganistán que Pakistán considere amenazantes o, si esas políticas no son amenazantes, asegurar que sean más transparentes.
Para este objetivo se necesita más que "presionar" a Pakistán. Las instituciones de seguridad pakistaníes creen que enfrentan una alianza entre Estados Unidos, India y Afganistán dirigida a socavar la influencia pakistaní en Afganistán, e incluso desarticular el estado pakistaní. Los líderes civiles evalúan los intereses nacionales de Pakistán de manera diferente, pero tampoco pueden ser indiferentes a la sensación crónica de inseguridad que sufre el país.
Pakistán no tiene acuerdos fronterizos con India, con quien disputa la incorporación de Cachemira, o Afganistán, que nunca ha reconocido explícitamente la Línea Durand, la frontera entre Pakistán y Afganistán. Pakistán también afirma que la Alianza del Norte, parte de la resistencia antitalibán, está colaborando con India desde dentro de las fuerzas de seguridad afganas. Y el acuerdo nuclear entre Estados Unidos e India reconoce en la práctica la legitimidad de la India como potencia nuclear, mientras sigue tratando a Pakistán como un paria, con su notable nivel de proliferación.
La presión no funcionará si los líderes de Pakistán creen que está en juego la supervivencia de su país. En lugar de ello, la nueva administración estadounidense debe ayudar a crear un amplio marco multilateral para la región, orientado a crear un genuino consenso en torno al objetivo de lograr la estabilidad en Afganistán, enfrentando las fuentes legítimas de la inseguridad en Pakistán, al tiempo que fortalece la oposición a las conductas pakistaníes conflictivas.
Un primer paso podría ser crear un grupo de contacto para la región, autorizado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Este grupo podría promover el dialogo entre India y Pakistán acerca de sus respectivos intereses en Afganistán y acerca de la necesidad de encontrar una solución a la disputa de Cachemira, buscar una estrategia de largo plazo que el gobierno pakistaní pueda emprender para el futuro de las agencias tribales, hacer que Afganistán y Pakistán establezcan conversaciones acerca de los problemas fronterizos, y promover un plan regional de integración y desarrollo económico. China, el mayor inversionista tanto en Pakistán como en Afganistán, podría ayudar a financiar proyectos de interés común.
Para que las iniciativas que se emprendan tengan éxito, será necesario establecer conversaciones tentativas una hoja de ruta que vaya modificándose según las circunstancias. Miradas desde la situación actual, estas iniciativas pueden parecer audaces, ingenuas o imposibles pero, sin esa audacia hay pocas esperanzas para Afganistán, Pakistán o la región como un todo.
Barnett R. Rubin es Director de Estudios de la Asia Society e investigador senior del Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York. El libro más reciente de Ahmed Rashid es Descent into Chaos: The United States and the Failure of Nation Building in Pakistan, Afghanistan and Central Asia.
Copyright: Project Syndicate, 2008.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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