Thursday, April 24, 2014
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Diplomacia sin escrúpulos

NUEVA DELHI – “Inteligencias tan excelentes” colmadas de “ideas tan malas”. Así fue como Daniel Patrick Moynihan, ex senador de los Estados Unidos y tal vez la inteligencia más aguda dedicada a la política de los Estados Unidos después de la segunda guerra mundial, describió en cierta ocasión a la India, donde fue embajador de los EE.UU. en el decenio de 1970. Esa ingeniosa descripción de mi país es también una forma muy válida de describir el actual –y aparentemente inacabable– conflicto entre los dirigentes del Irán y de los EE.UU.

Cuando comienza una nueva ronda de negociaciones con el Irán –en las que la primera en intervenir será la Alta Representante de la Unión Europea, Catherine Ashton–, resulta urgente encontrar una forma de liberar las relaciones Irán-EE.UU de unos antecedentes tan cargados. En los dos países, un recelo profundo y mutuamente paralizante ha envenenado las relaciones durante tres decenios. En semejante atmósfera, las negociaciones están casi fatalmente condenadas al fracaso.

Los Estados Unidos sólo aceptan el régimen actual del Irán a regañadientes. Los dirigentes iraníes demonizan a los EE.UU., como si los millones de muertos habidos en el decenio de 1980 con la guerra entre el Irán y el Iraq (en la que los EE.UU. respaldaron al ejército invasor de Sadam Husein) se remontaran al día de ayer. Mientras se permite que esas dos largas sombras persistan, “empezar de cero” unas nuevas relaciones entre los dos países, al modo de las ahora existentes entre los EE.UU y Rusia, será imposible.

La lista de las disputas entre los dos países es casi interminable, pero el plan del Irán de enriquecer uranio prima ahora sobre todo lo demás. Los iraníes insisten en que necesitan la energía nuclear para generar electricidad. Su secretismo revela, según los EE.UU., la intención del régimen de fabricar armas nucleares.

Dado el recelo, profundamente arraigado, de los Estados Unidos, no es de extrañar que el acuerdo al que llegaron al comienzo de este año el Irán, Turquía y el Brasil para permitir la exportación de uranio enriquecido del Irán a cambio de barras de combustible era “inaceptable” para los EE.UU. De hecho, tras años de sanciones, amenazas, negociaciones y después más sanciones y amenazas, los EE.UU. siguen sin decir claramente qué programa nuclear concreto podrían aceptar.

Entonces, ¿qué quieren los EE.UU.? “Sanciones incapacitantes”, dijo en cierta ocasión la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, si bien se apresuró a retractarse de esa observación improvisada, pero ninguna cautela semejante refrena a senadores de los EE.UU, como Lindsey Graham, de Carolina del Sur, quien dice que “la gravedad [de] un (...) Irán nuclear” afectará a los EE.UU. “mucho más que [ningún otro] conflicto”. Después de los primeros meses esperanzadores del gobierno de Obama, los Estados Unidos se han centrado en esa política de “alto al Irán”.

Naturalmente, el Irán afirma una y otra vez su compromiso con el  Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares (TNP), pero sus relaciones en el pasado con el Dr. A. Q. Jan, el autoproclamado “padrino” del programa de armas nucleares del Pakistán y el más tristemente famoso proliferador nuclear del mundo, mueve al escepticismo. De hecho, los EE.UU. acusan a la “red Jan” de haber ayudado al Irán a iniciar su programa nuclear.

La desconfianza resulta agravada por los incendiarios pronunciamientos del Presidente del Irán, Mahmoud Ahmadinejad, en particular sobre Israel. Aunque los orígenes del programa nuclear del Irán se remontan a la “ilustrada” presidencia de Mohammad Jatamí (1997-2005), justo antes de la toma de posesión de Ahmadinejad fue cuando el Irán puso fin a su autoimpuesta moratoria sobre el enriquecimiento de uranio. Las altisonantes declaraciones de Ahmadinejad han agravado la situación.

Y no sólo con los EE.UU. En septiembre de 2005, el Organismo Internacional de Energía Atómica consideró al Irán “incumplidor” del TNP. Entre 2006 y 2008, el Irán fue objeto de tres resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cada una de las cuales imponía aún más sanciones. Aun así, pese a unos costos económicos en aumento, la reacción del Irán no hizo sino endurecerse.

La inseguridad del Irán se remonta al menos a 1953, cuando funcionarios de los EE.UU. y de Gran Bretaña planearon un golpe militar para derrocar a Mohammed Mossadegh, primer Primer Ministro elegido democráticamente del Irán y ardiente nacionalista, e instalar al general Fazlollah Zahedi. El pecado de Mossadegh era su propósito de nacionalizar la industria petrolera del Irán, pero, en el proceso de reclamar el petróleo del Irán, subvertir su democracia y poner en peligro su seguridad nacional, los EE.UU. y Gran Bretaña cometieron un pecado mucho más grave: el de herir el orgullo nacional de los iraníes.

Después vino la expulsión del Shah, la Revolución Islámica del ayatollah Ruhollah Jomeini, el absurdo rapto de los diplomáticos de los EE.UU, el desastroso intento por parte del Presidente Jimmy Carter de liberarlos militarmente y el escándalo “Irán-Contra”, cuando funcionarios del gobierno de Reagan intentaron vender armas al Irán por mediación de terceros y dedicar los ingresos a las guerrillas antisandinistas de Nicaragua.

El Irán se encuentra en el centro de una región extremadamente inestable. El rastro chiíta de ese país se extiende desde el Mediterráneo hasta el Hindu Kush. Desempeña un papel decisivo en el Afganistán; de hecho, prestó un apoyo pasivo a la expulsión del poder de los talibanes en 2001.

Con semejante país, la “falta de relación” significa carencia absoluta de política alguna. La falta de conversaciones de los Estados Unidos con el Irán es tan temeraria como la que tuvo durante decenios con la China de Mao y la falta actual de conversaciones con Corea del Norte tampoco parece estar dando resultado, como lo demuestra el reciente ataque de artillería contra Corea del Sur. Aunque las armas nucleares iraníes sean inaceptables para los EE.UU., el Presidente Barack Obama debe iniciar conversaciones más francamente sobre lo que sí que lo es. Su premio Nobel lo exige.

Y no debería ser imposible hablar. Como ministro de Asuntos Exteriores de la India, yo celebré conversaciones frecuentes con el Irán, que dieron resultado. El Irán puede ser una autoproclamada teocracia, pero ha mantenido relaciones exteriores desde la revolución de 1979 de forma racional, si no conciliadora. Ahmadinejad puede lanzar bravatas, pero tras sus arrebatos hay considerable ambigüedad y cálculo.

El Irán es obstinado, orgulloso, ambicioso y, sí, a veces paranoide, pero también se considera vulnerable. Una población joven que no conoció la Revolución Islámica necesita urgentemente puestos de trabajo que sus dirigentes no le han brindado.

En esas circunstancias, si se ofrece al Irán una escala diplomática por la que pueda bajar con su dignidad intacta –sobre todo, una promesa creíble de una reconciliación histórica con los EE.UU., que entrañe beneficios económicos concretos, no los imprecisos ofrecimientos actuales de Obama–, la preocupada dirección de una revolución agotada podría aceptarla. Ésa es la vía que seguir y no la de bravuconadas y sanciones occidentales.

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