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Los villanos favoritos de Hollywood

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2005-10-05

Érase una vez que los enemigos de la Guerra Fría, los supremacistas blancos y los genios malvados eran los malos favoritos de Hollywood. Ya no lo son. Ahora, son las corporaciones multinacionales a las que se hace aparecer como los ultravillanos de nuestro mundo globalizado. Con todas sus promociones subliminales pagadas y sus sutiles colocaciones de productos, las corporaciones están recibiendo golpizas en las tramas principales de nuestra cultura popular.

Ese tratamiento va mucho más allá de los documentales, como los polémicos Fahrenheit 9/11 y The Corporation de Michael Moore, retratos serios aunque algo paranoicos del papel de las compañías multinacionales en la globalización. Llega hasta los éxitos comunes como The Constant Gardener en donde los protagonistas idealistas se enfrascan en lucha con una malévola compañía farmacéutica global que está decidida a explotar la miseria de Africa para probar medicamentos experimentales.

Es cierto que durante más de un siglo las corporaciones sociópatas han aparecido en libros y películas. Pero los villanos corporativos, generalmente las compañías multinacionales, nunca han sido tan ubicuos como hoy en día.

¿Es injusto? Después de todo, la mayoría de las corporaciones son simplemente mecanismos prácticos para garantizar que el escaso capital global se utilice con la mayor eficiencia en beneficio de todos. ¿Están dedicando demasiado tiempo los directores célebremente liberales de Hollywood en asistir a los mítines en contra de la globalización? Tal vez. Pero yo diría que los recelos de Hollywood, por ingenuos que sean, representan apenas la punta de un creciente iceberg de resentimiento contra lo que se percibe como las injusticias de la globalización.

La verdad de las cosas es que las corporaciones representan capital, y el capital --representado por fábricas, equipo, máquinas, dinero e incluso casas-- ha sido el mayor ganador de la era moderna de la globalización. Las ganancias corporativas superan las expectativas de los inversionistas en casi todos los rincones del mundo. Incluso en economías moribundas como Alemania e Italia, donde la seguridad del empleo está desapareciendo, las corporaciones nadan en efectivo.

Este fenómeno no sorprende a los economistas. Si se añaden dos mil millones de trabajadores indios y chinos a la fuerza laboral global, el valor de otros medios de producción --particularmente el capital y los bienes primarios (oro y petróleo, por ejemplo)-- estarán destinados a aumentar. Y así ha sucedido; los capitalistas en todas partes han obtenido una rebanada cada vez mayor del pastel económico. (En teoría, los capitalistas de China y la India, donde abunda la mano de obra, podrían salir perdiendo, pero en la práctica también ellos se han beneficiado gracias al éxito que han tenido sus gobiernos en liberalizar y globalizar simultáneamente.)

Muchos encargados del diseño de políticas parecen tener la impresión de que el crecimiento de las ganancias es solamente un fenómeno cíclico, a medida que las economías siguen saliendo de las profundidades de la recesión del 2001. Predicen que hay que esperar un poco para que los salarios se pongan plenamente al corriente más tarde en el ciclo.

Eso no es probable. La rebanada del pastel del capital ha ido creciendo desde hace más de 20 años, y parece que la tendencia continuará. En efecto, la participación creciente de las corporaciones en el ingreso ha sido uno de los principales motores que han impulsado el largo, aunque irregular mercado accionario alcista que empezó a principios de los noventa. Al mismo tiempo, los salarios ajustados a la inflación de los trabajadores no calificados en países ricos apenas se han movido en las últimas dos décadas.

Algunas de esas tendencias también tienen que ver con la naturaleza del cambio tecnológico moderno, que parece favorecer de manera desproporcionada al capital y los trabajadores calificados. Pero, independientemente de su causa, las desigualdades, que crecen rápidamente, son una poderosa fuente de inestabilidad en todas partes, desde los ricos Estados Unidos hasta la Europa falta de reformas, pasando por China y su rápido crecimiento. Los conservadores dicen que "la marea alta levanta a todos los botes". Bien, pero ¿qué pasa con personas, como los pobres de Nueva Orleáns después del huracán, que no tienen botes?

La desigualdad creciente no sería tan grave si los gobiernos pudieran simplemente aumentar los impuestos a los ricos y reforzar los subsidios a los pobres. Desgraciadamente, cualquier país que grave de manera demasiado agresiva al capital sólo logrará que éste se vaya a regiones donde la carga fiscal es menor. En un mundo globalizado, la capacidad de los gobiernos nacionales de imponer cargas fiscales a los factores de producción potencialmente móviles es muy restringida. El mismo mecanismo que llena de ganancias los bolsillos de las corporaciones globales impide que los gobiernos reclamen una parte mayor del botín.

Desgraciadamente, es probable que la tendencia de largo plazo hacia ingresos cada vez menores para los trabajadores no calificados continúe, a medida que la tecnología moderna permee el globo y que los mercados emergentes como China, la India, Brasil y Europa del Este sigan integrándose a la producción mundial. Eso no quiere decir que en términos absolutos la globalización esté dejando a los trabajadores no calificados en peores condiciones; la gran mayoría de hecho está quedando igual o mejorando. Pero los ingresos de los trabajadores no calificados no van al ritmo del crecimiento económico general y las presiones sociales resultantes son una bomba de tiempo.

De ser ese el caso, las caricaturas de Hollywood de las malvadas corporaciones multinacionales podrían algún día apoderarse de la conciencia mayoritaria, lo que llevaría a desórdenes políticos que podrían destrozar el contrato social actual. Eso no sería bueno para las ganancias ni para los pobres. Los gobiernos --y las corporaciones-- deben encontrar mejores formas de dar oportunidades iguales a través de una mejor educación, mercados financieros más amplios y otros canales. De otra forma, la trama de la globalización podría no desarrollarse de acuerdo con el guión.

Kenneth Rogoff, ex economista en jefe del FMI, es profesor de Economía en la Universidad de Harvard.

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