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Kenneth Rogoff

¿Recuperarán las economías europeas su estabilidad?

Kenneth Rogoff

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2009-07-02

ESTOCOLMO- ¿Cuál será la trayectoria del crecimiento de Europa luego que pase la crisis financiera? Para algunos europeos, todavía nerviosos de que sus economías y sistemas bancarios puedan colapsarse, es un poco como preguntar a un pasajero del Titanic lo qué va a hacer cuando llegue a Nueva York. Sin embargo, es una pregunta crucial que hay que plantear, sobre todo porque Europa ha estado enfrentando mucha presión externa de actores como los Estados Unidos y el FMI para que se concentre en políticas de estímulo keynesiano de corto plazo.

Cierto, las cosas en estos momentos están muy mal. Se estima que este año el ingreso de Europa caerá en un apabullante 4%. Pronto, el desempleo llegará a los dos dígitos en casi todo el continente, y en el caso de España y Letonia, se prevé que el desempleo pueda superar el 20%. El sistema bancario de Europa sigue estando débil, incluso cuando muchos gobiernos nacionales han hecho grandes esfuerzos por ocultar sus problemas bancarios.

Con todo, desagradable o no, en última instancia la recesión llegará a su fin. Sí, todavía existe el riesgo real de que choquemos con un iceberg; quizá empecemos a ver primero como los Estados bálticos caen en una situación de impago, luego el pánico se propagará inicialmente en Austria y en algunos  países nórdicos. Pero por el momento, un completo desmoronamiento parece definitivamente menos probable que una estabilización gradual seguida de una modesta recuperación con niveles de deuda disparados y una tasa persistente de desempleo.

No es un panorama agradable. Algunos comentaristas han criticado despiadadamente a los políticos europeos encargados de diseñar las políticas por no crear una política fiscal y monetaria igual de agresiva que la que han hecho sus contrapartes estadounidenses. Sino, ¿por qué Europa está sufriendo una recesión más profunda que la de los Estados Unidos?, se quejan, si todo mundo está de acuerdo en que ese país fue el epicentro de la crisis financiera global.

Sin embargo, estos críticos parecen suponer que Europa saldrá de la crisis en peor estado que los Estados Unidos, pero es muy temprano como para decir eso. Una recesión épica, ocasionada por una crisis financiera, como la que aún estamos experimentando, no es un acontecimiento que dure un año. Por eso, las medidas de corto plazo tampoco son útiles para evaluar las respuestas de quienes diseñan las políticas. Es igual de importante preguntarse qué pasará en los siguientes cinco años como en los siguientes seis meses, y todavía no se sabe qué va a pasar.

La respuesta fiscal hiperagresiva de los Estados Unidos significa que habrá un aumento más rápido de la deuda gubernamental, mientras que su política monetaria hiperexpansiva significa que una estrategia de salida para absorber el exceso de liquidez será difícil de llevar a cabo. El gasto del gobierno en los Estados Unidos ha aumentado rápidamente de un 18% a un 28% del ingreso, mientras que la Reserva Federal estadounidense ha triplicado eficazmente su balance. Si bien, un enfoque europeo más moderado amplia los riesgos de corto plazo, éste podría dar resultados positivos en el largo plazo, especialmente si  las tasas de interés globales aumentan, lo que haría mucho más doloroso soportar deudas excesivamente grandes.

La verdadera pregunta no es si Europa está utilizando estímulos keynesianos suficientemente agresivos, sino si Europa reanudará sus reformas económicas una vez que la crisis disminuya. Si Europa sigue haciendo que sus mercados laborales sean más flexibles, que su regulación de los mercados financieros sea más auténticamente paneuropea y permanece abierta al comercio, su tendencia de crecimiento puede recuperarse tras la crisis. No obstante, si los países europeos adoptan posiciones aislacionistas en las que en Alemania se presione a los consumidores a comprar automóviles alemanes, en Francia el gobierno obligue a los constructores de coches a mantener abiertas las fábricas no productivas, etc., puede esperarse una década de estancamiento.

Hay que reconocer que el año pasado no ha sido uno de los mejores para la reforma de las políticas en Europa. Las recesiones nunca han sido un momento favorable para que los líderes europeos impulsen las reformas. El hecho de que el gobierno checo perdiera un voto de confianza a la mitad de sus seis meses de presidencia de la Unión Europea no ayudó, pues la Comisión Europea quedó inmovilizada. La sombra de las próximas elecciones en Alemania, junto con la preocupación por saber si los electores irlandeses ratificarán el tratado de Lisboa (que le daría a Europa la nueva constitución que tanto necesita) han contribuido para impedir que las reformas cobren impulso.

No obstante, a menudo se subestiman los muchos puntos fuertes de Europa, que incluyen gobiernos democráticos vigorosos e instituciones jurídicas sólidas, como ventajas competitivas a largo plazo en la economía globalizada de hoy. La recesión reciente ha planteado desafíos, pero los líderes europeos tuvieron razón al evitar intoxicarse con políticas keynesianas de corto plazo, particularmente cuando éstas son desfavorables para abordar los retos a largo plazo de Europa.

Si las reformas se reanudan, no hay razón por la que Europa no debería disfrutar de una década de crecimiento del ingreso per cápita por lo menos tan alto como el de Estados Unidos. Además, dadas las crecientes preocupaciones sobre la sostenibilidad de loa política fiscal estadounidense, el euro tiene una gran oportunidad de desempeñar un papel significativamente más importante como moneda de reserva.

Da miedo pensar en lo que pasaría si Europa no sale de su  situación actual. Ciertamente perdería tracción como contrapeso urgente ante Estados Unidos en materia de política económica mundial. A los europeos esto puede no importarles por el momento (en Europa se ven más camisetas de Obama que en Estados Unidos), pero podrían no estar tan felices si aparece un George Bush III. Afortunadamente, es probable que los europeos no esperen tanto para empezar a avanzar de nuevo.

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AUTHOR INFO

Kenneth Rogoff is Professor of Economics and Public Policy at Harvard University, and was formerly chief economist at the IMF.