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The Unbound Economy

Estados Unidos pasa de maestro a alumno

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2008-02-04

Cambridge – Mientras sigue desatándose la crisis financiera de ribetes épicos de Estados Unidos, no se puede más que esperar que los estrategas políticos norteamericanos sean la mitad de buenos para escuchar el consejo de los países en desarrollo como lo son para brindarlo. Los norteamericanos no parecen tomar conciencia de que su colapso de hipotecas de alto riesgo tiene demasiado en común con muchas crisis bancarias post-1945 que tuvieron lugar previamente en todo el mundo.

El consuelo es que existen muchos estrategas altamente distinguidos, en funciones o no, especialmente de países de mercados emergentes, que han visto esta película antes. Si los estrategas políticos norteamericanos tan sólo escucharan, podrían captar una idea o dos sobre cómo hacer frente a las crisis financieras de boca de expertos que han pasado por ellas y han salido a salvo.

Desafortunadamente, el paralelismo entre la crisis de Estados Unidos de hoy y las crisis financieras previas no es una simple hipérbole. Los paralelos cualitativos son obvios: los bancos que utilizan préstamos fuera de balance para financiar operaciones altamente riesgosas, instrumentos financieros nuevos y exóticos y una exuberancia excesiva por la promesa de nuevos mercados.

Pero también existen fuertes paralelismos cuantitativos. Junto con la profesora Carmen Reinhart de la Universidad de Maryland hemos comparado sistemáticamente el período previo a la crisis hipotecaria de Estados Unidos con el período previo a las 19 peores crisis financieras en el mundo industrializado en los últimos 60 años. Estas incluyen crisis épicas en los países escandinavos, España y Japón, además de episodios menores como las crisis de ahorro y préstamo norteamericanas de los años 1980.

Prácticamente en todos los indicadores principales –inclusive las carreras de los precios accionarios e inmobiliarios, los déficits de la balanza comercial, los incrementos en el endeudamiento gubernamental y de los hogares y las trayectorias de crecimiento pre-crisis-, destellan las luces rojas para Estados Unidos. En pocas palabras, los crecientes flujos de capital que ingresaron a Estados Unidos mantuvieron artificialmente bajas las tasas de interés e inflaron los precios de los activos, lo que derivó en una laxitud de los estándares bancarios y regulatorios y, en definitiva, en un colapso.

Cuando Asia y América Latina tuvieron sus crisis financieras en los años 1990 y principios de los años 2000, escucharon el consejo no sólo del FMI, sino también de una cantidad de pequeños paneles compuestos por personas eminentes que representaban a diversos contextos y experiencias. Estados Unidos debería hacer lo mismo. El director del FMI, el francés Dominique Strauss-Khan, bien podría elegir un panel de lujo conformado por diversos países que han sufrido crisis previamente, entre ellos México, Brasil, Corea, Turquía, Japón y Suecia, para no mencionar Argentina, Rusia, Chile y muchos otros.

Sin duda alguna, el panel del FMI tendría que pasar por alto la actual hipocresía de Estados Unidos. El Tesoro norteamericano alentó enfáticamente a Asia a ajustar la política fiscal durante su crisis de los años 1990. Pero hoy el Congreso y el presidente de Estados Unidos se abocan a adoptar un gigantesco paquete de estímulo fiscal desacertado, cuyos efectos principales consistirán en atarle las manos al próximo presidente al simplificar el código impositivo de Estados Unidos y cerrar el déficit presupuestario.

Los norteamericanos le dijeron firmemente a Japón que la única manera de depurar su economía era purgando a los bancos insolventes y regenerando el sistema financiero a través de una “destrucción creativa” schumpeteriana. Hoy, las autoridades norteamericanas parecen dispuestas a contemplar cualquier medida, no importa cuán inflacionaria sea, a fin de asegurar que ninguno de sus principales bancos y casas de inversión caiga en bancarrota.

Durante años, los gobiernos extranjeros se quejaron de los fondos de cobertura norteamericanos, con el argumento de que su comportamiento para nada transparente planteaba riesgos inaceptables para la estabilidad. Hoy, muchos políticos norteamericanos se quejan de la transparencia de los fondos de riqueza soberana (inversores de grandes gobiernos principalmente de Asia y Oriente Medio), que están comprando acciones en activos norteamericanos trofeo como Citibank y Merrill Lynch.

En realidad, que países como Rusia y China estén más comprometidos con el bienestar de la economía norteamericana no sería algo malo. Sí, el FMI debería desarrollar un código de conducta voluntario para los fondos de riqueza soberana, pero no se lo debería utilizar como una herramienta para imponer el proteccionismo financiero.

Durante años, muchos nos hemos quejado de que los mercados emergentes necesitan una mayor representación en la gobernancia financiera global. Hoy, la cuestión va más allá del simbolismo. La economía estadounidense está en problemas y los problemas que genera probablemente no se detengan en la frontera norteamericana. Expertos de mercados emergentes y otras partes tienen mucho que decir sobre cómo hacer frente a las crisis financieras. Estados Unidos debería empezar por escuchar antes de que sea demasiado tarde.

Kenneth Rogoff es profesor de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard y fue economista jefe del FMI.

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