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The Unbound Economy

Un yerro no se remedia con otro en el FMI y el Banco Mundial

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2007-07-02

Hay que retroceder en el tiempo hasta el “Año de los tres Papas” (1978) para encontrar un drama de sucesión tan extraño como el que ha estado ocurriendo en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial, los dos pilares del sistema financiero global. Hace dos meses, el Presidente del BM Paul Wolfowitz renunció en medio de una extraordinaria rebelión del personal y una debacle en la capacidad de gobierno. Hoy su contraparte en el Fondo Monetario Internacional, el ex Ministro de Finanzas español Rodrigo Rato, ha golpeado a los principales actores del sistema con la noticia de que él también dejará su cargo en octubre.

Perder al jefe de una institución prestataria internacional es una desgracia, perder dos parece descuido (mis excusas a Oscar Wilde). Puesto que ocurre en el décimo aniversario de la crisis financiera asiática, el caldero en el que se forjaron los mercados ultralíquidos de hoy, abundan las teorías sobre una conspiración.

Francamente, si nos apegamos a lo que llega al público, las dos renuncias parecen como el día y la noche. Cuando finalmente Wolfowitz se vio obligado a salir del cargo, el personal del Banco estaba exultante de alegría. En contraste, la mayor parte del personal del FMI parece estar genuinamente atribulado por la partida de Rato.

Antes de presidir el Banco, Wolfowitz reclamaba el derecho a la fama por su papel como arquitecto de la guerra de Irak, posiblemente una de las mayores debacles estratégicas desde la invasión de Napoleón a Rusia. A diferencia de él, Rato fue ministro de finanzas de España durante la mejor etapa económica del país desde el siglo dieciséis.

Bajo Wolfowitz el Banco Mundial no implementó ninguna reforma seria al modo en que se regía, que reflejara el creciente poder económico de Asia. Bajo Rato, el FMI al menos dio algunos pasos modestos para dar a China y otros mercados rápidamente emergentes mayor voz en la toma de decisiones. Al mismo tiempo que Rato presionaba a las reluctantes naciones europeas para que cedieran parte de su poder en el Fondo, introdujo reformas que aclaraban y fortalecían el papel del FMI en la gestión de los tipos de interés.

De hecho, una semana antes del anuncio de la renuncia de Rato el Fondo afirmó que tenía derecho a censurar países cuyas políticas de intervención amenazaran socavar la estabilidad económica global. El cambio de política del Fondo causó la ira de las autoridades chinas, que han estado interviniendo en proporciones bíblicas para mantener bajo el valor de su moneda, el yuan.

Cuando el Fondo logra que los grandes actores se quejen diciendo cosas perfectamente razonables, debe estar haciendo algo bien. Es verdad que últimamente ha tenido una actitud notablemente débil hacia Estados Unidos, restando importancia a las permanentes vulnerabilidades que representan los crecientes déficits comercial y de cuenta corriente de EE.UU. Cabe imaginar que este importante tema volverá al ruedo más temprano que tarde.

Aunque hay grandes diferencias en las partidas de los jefes del FMI y el BM, hay algunas similitudes preocupantes. En primer lugar, todo indica que los europeos utilizarán el repentino anuncio de Rato como una excusa para evitar un debate serio acerca de poner fin a su privilegio de nombrar siempre al presidente del Fondo. Es cierto que los estadounidenses fueron capaces de, en esencia, chantajear al mundo para que escogiera otro hombre más de su país como reemplazo de Wolfowitz, al obstaculizar los esfuerzos por sacarlo de su cargo de manera tranquila y pacífica. Pero los europeos no tienen esa “ventaja” en el Fondo, donde Rato ha escogido irse por cuenta propia.

Hay bastante tiempo entre hoy y octubre como para que el FMI genere un proceso de selección abierto y justo que lleve a la elección de la mejor persona, independientemente de su nacionalidad. Los bancos centrales de todo el mundo han tenido gran éxito en seleccionar tecnócratas y personas con conocimientos y experiencia probados para encabezar sus instituciones, en lugar de aceptar nombramientos meramente políticos. Algunos de los candidatos obvios por su mérito para la presidencia del Fondo, como el brasileño Arminio Fraga y Mohamed El-Erian, nacido en Egipto, no son europeos.

Una segunda similitud es que ambas instituciones enfrentan profundas crisis existenciales. En el mundo actual, caracterizado por mercados financieros profundos y líquidos, los principales instrumentos de préstamos del FMI y el BM son en gran parte innecesarios y redundantes.

Sin una reforma seria, ambos están en camino de caer en una profunda hibernación, como ocurrió con el Banco de Pagos Internacionales (BIS) durante 40 años antes de su reciente resurgimiento. El BIS, fundado en 1930 para ayudar a gestionar los pagos de reparación de Alemania y coordinar actividades entre los bancos centrales, sirvió como poco más que un depósito de reservas de oro en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Como los bancos centrales han recuperado estatus en los últimos años, y gracias a una conducción imaginativa, el BIS ha vuelto a despertar y ha asumido una serie de papeles importantes. como establecer las normas estándar para las transacciones bancarias globales.

Si bien es bueno saber que un FMI y un Banco Mundial aletargados pueden despertar algún día, sería mucho mejor verlos hoy con energía renovadas. Un mundo más globalizado necesita instituciones financieras globales, pero unas que se centren en la coordinación, la supervisión y la asesoría técnica, no en mecanismos redundantes de préstamo.

Antes de que pueda ocurrir un cambio real, ambas instituciones precisan de cambios fundamentales en su modo de gobierno. Las extrañas circunstancias del repentino anuncio de renuncia del jefe del FMI no justifican que su reemplazo se haga igual que siempre, como tampoco el proceso de sucesión a puertas cerradas en el Banco, donde EE.UU, sigue reservándose el cargo desde hace sesenta años, justifica que los europeos sigan monopolizando la presidencia del Fondo. Un yerro no se remedia con otro.

Kenneth Rogoff es profesor de economía y políticas públicas en la Universidad de Harvard University y fue economista en jefe en el FMI.

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