The Unbound Economy
El camino a seguir en la política financiera global
Kenneth Rogoff
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La globalización financiera está creciendo explosivamente. No obstante, al tiempo que los principales ministros de finanzas y banqueros centrales del mundo se reúnen este mes en Washington para la reunión semestral de los órganos de gobierno del Fondo Monetario Internacional, persiste la parálisis de las políticas. Sencillamente no hay un acuerdo sobre cómo abordar problemas flagrantes como el déficit comercial cada vez más frágil de Estados Unidos o la disfunción financiera de varios mercados emergentes.
Esta parálisis tiene tres capas. En primer lugar, los países ricos son muy renuentes a aceptar cualquier plan colectivo que afecte sus propias maniobras de política interna. Estados Unidos es el peor transgresor. A los secretarios del tesoro estadounidenses siempre les ha encantado pregonar a sus colegas extranjeros la perfección económica de Estados Unidos y decirles por qué todos los países deberían tratar de emularlo. No importa que esa lógica corra ahora el peligro de venirse abajo junto con el mercado inmobiliario del país; el Secretario del Tesoro, Hank Paulson, se ceñirá a ella. Pero el hecho de que Estados Unidos se disponga a pedir préstamos por casi 900 mil millones de dólares al resto del mundo difícilmente es señal de la fuerza estadounidense y la debilidad extranjera.
Es difícil resumir de manera tan sucinta la cacofonía de las voces europeas. Los franceses se muestran muy ambivalentes respecto a la globalización, como si se tratara de una fuerza invasora más. Los ingleses tienen una perspectiva casi opuesta. Sin embargo, por lo general los europeos coinciden en que sus sociedades producen los mejores modos de vida aunque sus economías sean menos eficientes que la estadounidense en un sentido darwiniano. Así, los ministros de finanzas europeos tampoco estarán ansiosos por aceptar que se necesitan cambios importantes de política para lidiar con los riesgos de la globalización financiera.
Los japoneses, como es típico, tratan de guardar silencio. Dado que son los grandes beneficiarios de la globalización, quieren evitar las críticas a sus políticas comerciales y financieras, las cuales podría alegarse que siguen siendo considerablemente más proteccionistas que las de sus contrapartes en otros países ricos. Y ciertamente no desean que se les presione para pedir disculpas por los más de 800 mil millones de dólares en reservas extranjeras que tienen secuestrados y que adquirieron para resistir la apreciación del yen.
Los países en desarrollo también tienen responsabilidad. Muchos de los encargados del diseño de políticas siguen creyendo que la apertura a los flujos de capital internacional impuesta desde el exterior fue la principal culpable de las crisis financieras de los años 1990 –una opinión a la que desafortunadamente un pequeño número de académicos de tendencias de izquierda dan cierta respetabilidad intelectual.
Se olvida que la mayoría de esas crisis se podrían haber evitado, o al menos mitigado sustancialmente, si los gobiernos hubieran dejado que sus divisas flotaran frente al dólar, en lugar de adoptar rígidamente tipos de cambio fijos. En cambio, el coco de la globalización financiera se utiliza como pretexto para seguir manteniendo sistemas financieros internos ineficientes y monopólicos. La incapacidad de los sistemas financieros internos atrasados para asignar eficientemente las inversiones es uno de los principales factores que hacen que los recursos salgan de los países pobres y se vayan a Estados Unidos.
Por último, pero no por ello menos importante, el FMI, en su calidad de organismo multilateral encargado de mantener la estabilidad financiera global, debería mostrar más liderazgo. En efecto, es tal vez el único actor con la legitimidad política e intelectual universal para encontrar el camino a seguir en lo que se refiere a las acciones colectivas para abordar la globalización financiera.
Desafortunadamente el FMI está paralizado por la necesidad de confrontar algunos problemas de gobernanza interna, el mayor de los cuales es la falta de una manera sensata de recalcular las cuotas de votación de los países a medida que su influencia en la economía global evoluciona. En particular, se necesita urgentemente un aumento radical del peso del voto asiático.
Entonces, ¿qué deben hacer los ministros cuando se reúnan en Washington? En primer lugar está la vieja letanía de respuestas de política que se necesitan para abordar los desequilibrios comerciales globales. Estas incluyen una mayor disciplina fiscal en Estados Unidos, mayor recurso a la demanda interna tanto en Europa como en Asia, y tipos de cambio más flexibles en Asia.
Pero es hora de ir más allá y comenzar un cabildeo agresivo a favor de una liberalización financiera más acelerada en el mundo en desarrollo. Es cierto que la mayoría de los estudios indican que los países en desarrollo deberían liberalizar su comercio antes de abrirse abruptamente a los mercados financieros internacionales. También deben adoptarse políticas macroeconómicas estables y evitar al mismo tiempo los tipos de cambio fijos.
Sin embargo, muchos países en desarrollo van muy avanzados en el logro de estas precondiciones. Irónicamente, los malos recuerdos del prematuro primer intento del FMI para promover la liberalización a largo plazo del mercado de capitales siguen siendo un obstáculo hoy en día. El intento del FMI de plasmar en su carta la liberalización del mercado de capitales, que se dio en medio de la crisis financiera asiática de los años 1990, fue un desastre de relaciones públicas. Pero ahora es tiempo de volver a estudiar la idea, al menos en una forma modificada y más matizada. Los sistemas financieros débiles de los mercados emergentes son un obstáculo importante para el desarrollo equilibrado. También son uno de los principales factores que inciden en los desequilibrios comerciales globales.
Resultará controvertido presionar por una mayor liberalización del mercado de capitales después de la debacle de los años 1990. Pero la idea central era correcta entonces y sigue siéndolo ahora. A falta de mejores mecanismos de asignación de capitales, el crecimiento global en este siglo se desacelerará mucho antes de lo que debería. Los encargados del diseño de las políticas no pueden huir por siempre de esa realidad.
Kenneth Rogoff es profesor de economía y políticas públicas en la Universidad de Harvard y fue economista en jefe del FMI .
Copyright: Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz
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