The Unbound Economy
La hegemonía de los fondos de cobertura
Kenneth Rogoff
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La reciente volatilidad en los mercados globales de capital debería hacer vacilar a quienes dicen que los líderes alemanes, que vienen defendiendo una mayor transparencia en los fondos globales de cobertura, simplemente son malos perdedores. En particular, los estrategas políticos de Estados Unidos y Gran Bretaña dicen que el lamento alemán es una tontería y que los fondos de cobertura, junto con otras entidades financieras de la nueva era como las empresas privadas de inversiones, son innovadores clave en la economía global de hoy.
Este debate está en el primer plano de la globalización hoy en día, aunque todavía está empañado por una dosis saludable de egoísmo nacional. Siendo Nueva York y Londres los centros de las finanzas globales, Estados Unidos y Gran Bretaña tienen enormes ganancias en juego. De manera que les resulta conveniente minimizar la probabilidad de que los riesgos para el sistema financiero mundial se propaguen de manera más pareja que los beneficios.
Los líderes alemanes, en cambio, deben lidiar con un pueblo que es profundamente reacio al cambio rápido, en especial cuando se trata de recortes de empleos. Muchos trabajadores alemanes creen, como se lamentaba recientemente un sindicalista, que las adquisiciones son impulsadas por una filosofía de "comprar, devastar y tirar".
Sin duda, las ganancias que actualmente obtienen las principales compañías financieras son asombrosamente elevadas. Goldman Sachs, la respetable firma de Wall Street que está en el epicentro de la globalización financiera, pagó más de 16.000 millones de dólares en compensaciones a sus 25.000 empleados en 2006, y repartió otros 9.000 millones entre sus accionistas -un total que es superior al ingreso anual de la mayoría de los países africanos.
Las ganancias espectaculares de Wall Street y otros sectores en la industria financiera también tienen un impacto macroeconómico enorme. Estados Unidos tiene un déficit comercial anual de 800.000 millones de dólares en bienes y servicios tradicionales. Sin embargo, como los norteamericanos normalmente obtienen una retribución mayor sobre sus inversiones en el exterior de la que los extranjeros obtienen sobre sus inversiones estadounidenses, la deuda norteamericana sube quizá sólo a la mitad del nivel de lo que subiría si fuera de otra manera.
Incluso nosotros, los economistas que creemos que la innovación financiera global produce enormes beneficios netos, debemos admitir que el boom actual de los fondos de cobertura se está convirtiendo en algo parecido a la burbuja tecnológica. Mi propia experiencia reciente tal vez sea emblemática. Un tal "Eddie" de Los Angeles me mandó un correo electrónico preguntándome si quería formar parte de la junta de asesores de su nuevo fondo de cobertura. Dejando de lado la adulación expresada en el mensaje de Eddie, normalmente tiraría a la basura esa clase de carta por considerarla un fraude o una estafa de algún tipo.
Sin embargo, me despertó la curiosidad ver un archivo adjunto faltante que delineaba la estrategia de inversión planificada de la compañía. Escribí unas líneas pidiendo el archivo adjunto faltante. Debería haberme abstenido de hacerlo. Eddie mandó el archivo faltante con una nota que decía: “Estamos muy complacidos de que alguien de su nivel pueda estar interesado y, a propósito, si tiene algún amigo o colega que pudiera sentirse entusiasmado, ¿le podría reenviar este correo a esa persona también?”
El punto es que en el contexto bullicioso de liquidez ultra elevada de hoy, a Eddie probablemente le fuera bien a la hora de recaudar dinero con técnicas similares. Por supuesto, aproximadamente 1.000 de los 9.000 fondos de cobertura del mundo se abrieron del negocio el año pasado.
El gran interrogante es si esta mentalidad de Lejano Oeste plantea mayores riesgos para el sistema financiero global, particularmente teniendo en cuenta que una gran cantidad de firmas están haciendo la misma apuesta colectivamente. Si pierden, una larga cadena de quiebras puede afectar profundamente los sistemas bancarios que habían generado enormes ganancias prestándoles a esos mismos fondos de cobertura.
Hoy por hoy, la debilidad más evidente es el llamado “comercio impulsado por el yen”. Los fondos de cobertura pidieron prestados cientos de miles de millones de dólares a una tasa de interés ultra baja en Japón, e invirtieron las utilidades en países como Brasil y Turquía, donde las tasas de interés son elevadas. Mientras el yen se mantenga débil, esta estrategia de inversión será una máquina de fabricar dinero. Pero si el yen sube marcadamente de valor, cosa que bien podría suceder dado el enorme excedente de cuenta corriente de Japón, algunos fondos de cobertura sufrirán grandes pérdidas de capital y el comercio impulsado por el yen implosionará.
Y mientras que el principal riesgo de hoy es el yen, en un par de meses podría ser algo completamente diferente. De manera que prácticamente no sorprende la presión fuera de Estados Unidos y Gran Bretaña para someter a la industria de los fondos de cobertura a un marco regulatorio más rígido. Los alemanes, por ejemplo, quieren reducir el riesgo obligando a los fondos de cobertura a adherir a requerimientos de información más estrictos.
Los fondos responden a este tipo de propuestas con el argumento de que si se les exige revelar sus estrategias de inversión, perderán su incentivo para innovar, mientras que un reciente informe del gobierno norteamericano –un esfuerzo de varias agencias liderado por el secretario del Tesoro, Hank Paulson (ex Goldman Sachs)- respalda esta postura. Una mayor regulación sería un error, sostiene el informe, porque la mejor defensa de la economía global contra el riesgo sistémico es el ejercicio del sentido común y la “diligencia debida” por parte de cada uno de los que invierten o interactúan con los fondos de cobertura.
En otras palabras, Estados Unidos les está diciendo a los inversores que lleven sus propias armas, porque, como en el Lejano Oeste, tal vez no haya un comisario para ayudarlos. Pero, tal como nos lo recuerdan los acontecimientos recientes, cuesta ver cuán perjudicial puede resultar por lo menos un mínimo incremento de la transparencia. Los alemanes, al presidir el G8 este año, no deberían ceder en esta cuestión. Ningún país quiere colocarse a merced de los tipos como Eddie.
Kenneth Rogoff es profesor de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard, y fue principal economista del FMI.
Copyright: Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducción de Claudia Martínez
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