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2007-02-06

Mucha gente se pregunta por qué el dólar no se ha derrumbado todavía. ¿Tendrán los Estados Unidos que pagar en algún momento la factura de la serie de déficit comerciales en que han incurrido desde hace más de una década? Incluyendo el pago de los intereses de los déficit anteriores, la cuenta de 2006 nada más fue de 800 mil millones de dólares –aproximadamente 6.5% del producto nacional bruto de los EU. Lo que es todavía más sorprendente es que los créditos a los Estados Unidos absorben actualmente más de dos terceras partes del ahorro excedentario combinado de todos los países superavitarios del mundo, incluyendo a China, Japón, Alemania y los Estados de la OPEP.

Los extranjeros no están obteniendo grandes ganancias de sus inversiones en los EU. Por el contrario, generalmente obtienen mucho menos de lo que reciben los estadounidenses por sus inversiones en el extranjero. En una era en la que los precios de las acciones y la vivienda se están disparando, los bancos centrales de Japón y China tienen casi dos billones de dólares en bonos de bajo rendimiento. Una gran parte de ellos son bonos de la tesorería e hipotecas de los Estados Unidos. Este enorme subsidio a los contribuyentes estadounidenses es, de muchas formas, el programa de ayuda extranjera más grande del mundo.

Si la posición competitiva de los Estados Unidos es tan débil, ¿qué magia sostiene al dólar? La mayoría de los analistas sobrios han estado previendo una tendencia a la baja constante del dólar frente a las monedas de los socios comerciales de los Estados Unidos, sobre todo en Asia y los mercados emergentes. Entonces, ¿por qué no se ha dado todavía un ajuste mayor?

La primera respuesta, por supuesto, es que el dólar ponderado en función del comercio ha caído –en más del 15% en términos reales desde su máximo a principios de 2002. Sin embargo, los déficit comerciales han persistido e incluso han aumentado desde entonces.

El verdadero motor ha sido doble. Ante todo, el gobierno y los consumidores estadounidenses han estado entregados a una borrachera de consumo interminable. Del lado de los consumidores, esto es muy entendible. Con un índice de propiedad de vivienda de más del 80%, el auge épico de los precios de los bienes inmuebles de los últimos diez años se ha extendido ampliamente en la clase media estadounidense. La posesión de acciones está algo más concentrada, pero muchos estadounidenses de clase media se han beneficiado de todas maneras a través de sus fondos de pensiones.

En general, después de casi 25 años de una prosperidad extraordinaria, interrumpida por apenas dos ligeras recesiones, la mayoría de los estadounidenses tienen mucha confianza en su situación económica. El desempleo se encuentra en un mínimo cíclico y la economía parece ser menos volátil que nunca en la historia moderna. Así, no es sorprendente que el consumo privado siga manteniéndose aun cuando el crecimiento económico de los EU haya disminuido su velocidad. La gente ha disfrutado unas ganancias de capital tan grandes durante la última década que la mayoría se siente como apostadores en una larga racha de triunfos. A estas alturas, se ven a sí mismos jugando con el dinero de la casa (o de su casa).

Es menos fácil racionalizar por qué el gobierno de los EU sigue incurriendo en déficit presupuestales a pesar del auge cíclico. Cuando un gobierno fiscalmente responsable inicia una guerra, normalmente recorta otros gastos internos y aumenta los impuestos. La administración Bush hizo lo contrario. Puede no ser lo mejor económicamente, pero la estrategia resultó ser efectiva políticamente, durante un tiempo. Desgraciadamente, es poco probable que la nueva mayoría demócrata en el congreso vaya a hacer mucho al respecto.

Por supuesto, para que la economía estadounidense pueda sostener esos déficit con el mundo, es necesario que otros países estén dispuestos a generar una oferta de ahorro que los equilibre. Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, achacó todo el déficit en cuenta corriente de los EU a “una sobrecarga global de ahorro”. Pero sería más exacto decir que hay una falta global de inversión: hay una tendencia a la baja en las inversiones a pesar de la tendencia a la alza del crecimiento global.

Esta falta de inversión se debe a muchos factores, pero tal vez el principal sea que hay obstáculos institucionales sustanciales a la inversión de mediano plazo en muchos países en desarrollo, donde las ganancias a largo plazo parecen ser, por mucho, las más elevadas. El resultado neto es que el dinero se sitúa temporalmente en inversiones de bajo rendimiento en los EU, aunque ésta no puede ser la tendencia a largo plazo.

¿Cuál es, pues, el futuro del dólar?

Mientras persista el statu quo, con un firme crecimiento global y una estabilidad macroeconómica impresionante, los EU podrán seguir endeudándose e incurriendo en déficit comerciales sin consecuencias inmediatas. Con el tiempo el dólar seguirá cayendo, pero quizá no más de un par de puntos porcentuales al año. Sin embargo, no es difícil imaginar situaciones en las que el dólar se derrumbe. El terrorismo nuclear, una reducción del ritmo de la actividad económica en China o un aumento abrupto de la violencia en el Medio Oriente podrían reventar la actual dinámica económica.

En principio, también se puede pensar en situaciones donde el dólar se dispare, pero en general son menos probables. En resumen, el hecho de que la balanza comercial de los EU haya desafiado a la gravedad durante tantos años ha hecho posible que el dólar lo haga también. Pero algún día los EU bien podrían tener que pagar la factura de sus costumbres derrochadoras. Cuando ese día llegue, más les vale a los estadounidense que sus acreedores estén tan dispuestos a recibir dólares como lo están ahora.

Kenneth Rogoff es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard y fue economista en jefe del FMI .

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