The Unbound Economy
Los miembros del Grupo de los Ocho: socios escépticos de Rusia
Kenneth Rogoff
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Pobre Rusia rica en petróleo. Está tratando con tanto empeño que su participación como presidente del elitista Grupo de los Ocho sea tomada en serio. El Presidente Vladimir Putin, tal vez con la esperanza de elevar el nivel de las negociaciones en la Cumbre de San Petersburgo que se celebrarán en julio, ha establecido una agenda ambiciosa. Quiere dirigir a sus colegas en conversaciones eruditas sobre educación, enfermedades contagiosas y -para asegurarse de que nadie se quede dormido- "seguridad energética".
¿Y de qué le han valido sus esfuerzos? No de mucho. La administración Bush, conducida por el Vicepresidente Dick Cheney (pero con la aprobación explícita de su jefe) recientemente acusó a Rusia de volver a sus antiguas costumbres del "imperio del mal". Putin reviró pintando a Estados Unidos como el "Camarada Lobo" listo a saltar sobre cualquier país que se vuelva vulnerable. Parece que se está creando un suspenso en torno a la manera en que Bush y Putin se saludarán cuando se encuentren en San Petersburgo.
Los europeos, por su parte, todavía están histericos por la probabilidad de verse enredados en la disputa por el gas entre Rusia y Ukrania que vació los gaseoductos durante unos días a principios de este año. Consideran que discutir con Rusia sobre "seguridad energética" es lo mismo que hablar sobre la seguridad en el agua con el Camarada Cocodrilo.
Por supuesto, las personas que de verdad quieran ser severas señalarán lo absurdo de la membresía de Rusia en un club que incluye a las economías gigantes de Estados Unidos, Alemania, Japón, Inglaterra, Francia, Italia y (un poco menos) Canadá. ¿Por qué no se le ha dado un lugar al Presidente chino, Hu Jintao, cuyo país tiene la segunda economía más grande del mundo (cuando se mide a precios mundiales) en lugar de Putin? Despúes de todo, incluso con todos sus recursos energéticos y con los precios actuales tan altos del gas y el petróleo, el ingreso nacional de Rusia es apenas similar al de Los Ángeles y su zona conurbada
Tal vez lo que Putin tiene que hacer es dejar de soportar las críticas y tomar la ofensiva. Puede empezar por señalar a sus contrapartes presuntuosamente democráticas que actualmente él es tal vez más popular en Rusia que cualquiera de ellos en sus propios países. Quizá mañana mismo podría ganar unas elecciones justas (no quiere decir que algún día se arriesgaría a intentarlo). No muchos de los demás podrían decir lo mismo con sinceridad.
Por supuesto, en los últimos años el éxito de Putin en acabar con cualquier semejanza de prensa libre -y cuando un exagente de la KGB "acaba" con la prensa libre no es sólo un decir- ha ayudado a enmudecer a la oposición abierta. Pese a ello, Putin es realmente popular entre un público ansioso por un líder que pueda anclar a su país sin hundirlo.
Putin también puede argumentar que la situación fiscal de Rusia es mucho más fuerte que la de los otros miembros del G8. Claro que, el hecho de que Siberia haya resultado ser un pozo petrolero gigantesco ayuda, y el gobierno absorbe la mayor parte de la riqueza. El Presidente venezolano Hugo Chávez también está equilibrando las cuentas de su país, por ahora.
Pero, para ser justos, el petróleo no es todo. Muchos economistas son partidarios de que los países ricos sustituyan sus complejos y anticuados códigos fiscales con una tasa baja de impuesto fijo y lamentan el hecho de que pocos países lo hayan intentado. Putin, sin embargo, instrumentó esa política hace algunos años y lo menos que se podría decir de los resultados es que han sido milagrosos.
Por supuesto, a los otros líderes del G8 no les atraen tanto otros enfoques alternativos que Rusia utiliza para tratar problemas presupuestarios. Aparentemente la mayoría de los países del G8 no pueden alcanzar el consenso político que se requiere para tomar medidas necesarias como el aumento de la edad de retiro o rebajar significativamente la indexación de los beneficios a la inflación. Rusia, en contraste, ha abandonado esencialmente a sus pensionados al inflar el valor de sus ingresos.
En efecto, muchas personas mayores en la Rusia rural se ven obligadas a mantenerse cultivando papas en pequeños terrenos que el gobierno les permite labrar. Esto es, suponiendo que lleguen a sobrevivir: desde la caída del muro de Berlín, la esperanza de vida de los hombres ha caído de los 65 a los 60 años. Hay cada vez más evidencias de que el estrés por la transición es la causa principal de muerte, incluso más que los grandes asesinos de la Rusia poscomunista como el alcohol, los homicidios y el SIDA. ¿Debería Putin decirles a sus colegas que ellos también podrían equilibrar la cuentas intergeneracionales de sus países matando de hambre a los ancianos?
Por lo tanto, tal vez Putin haría bien en no tratar de alabar demasiado los logros de su país. Quizá el mejor plan sea dejar que fluya el vodka y esperar una ronda de sonrisas en la fotografía del evento. En cualquier caso, cuando Putin le diga a sus invitados que le pueden pagar más a Rusia para mejorar su propia "seguridad energética" tal vez obtenga finalmente el respecto que ansía.
Kenneth Rogoff es profesor de economía y políticas públicas en la Universidad de Harvard y fue economista en jefe del FMI.
Copyright: Project Syndicate, 2006.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz
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