WEEKLY SERIES

INTERNATIONAL ECONOMICS

STRATEGIC SPOTLIGHT

GLOBAL FINANCE

ECONOMICS OF DEVELOPMENT

ECONOMIC AND REGULATORY POLICY

ECONOMIC HISTORY

ECONOMIC PERSPECTIVES

PUBLIC INTELLECTUALS

GLOBAL OUTLOOK

REGIONAL EYE

SPECIAL SERIES

PROJECT SYNDICATE

Human Rights

La conversión de Kouchner

English Spanish Russian French German Czech Chinese Arabic

2007-08-01

La designación por parte del presidente francés, Nicolas Sarkozy, de Bernard Kouchner como ministro de Relaciones Exteriores de Francia fue una estocada política brillante. Tras haber derrotado a su rival socialista, Ségolène Royal, Sarkozy decidió agravar la crisis de los socialistas nombrando para su gobierno a varios políticos durante mucho tiempo asociados con el centroizquierda. Sarkozy persuadió a dos mujeres de contextos inmigrantes, Rama Yade y la conocida activista feminista Fadela Amara, de aceptar puestos en el subgabinete, mientras que Kouchner ha sido la figura política más popular en Francia en los últimos años.

La popularidad de Kouchner es curiosa. Si bien ha estado vinculado a la política desde hace décadas, nunca tuvo un puesto gubernamental desde que se desempeñó como viceministro de Salud en el gobierno del ex primer ministro socialista Lionel Jospin. Sin embargo, ya sea por la fuerza de su intelecto y talento, como dice él mismo y también sus seguidores, o por su ingenio a la hora de autopromocionarse, como sostienen muchos de sus detractores, Kouchner logró permanecer en el centro de la escena sin importar quién era el presidente o el primer ministro de Francia.

Pero se le estaba pasando el cuarto de hora. Kouchner, cofundador del grupo de asistencia Médicos Sin Fronteras, que luego se alejó de la organización para fundar una segunda organización humanitaria, Médicos del Mundo, y que gobernó Kosovo como protectorado de las Naciones Unidas después de la guerra de la OTAN con Serbia en 1999, hoy tiene 67 años. En términos realistas, la invitación de Sarkozy probablemente fuera su última oportunidad de ejercer un papel político e internacional trascendente.

Pero, ¿qué tipo de papel? Kouchner no inventó el llamado “droit d’ingerence”, que podría traducirse como el derecho a la intervención. Ese título pertenece al teórico legal italiano Mario Bettati. Pero a él se lo conoce más como su defensor. Desde los años 1970, Kouchner viene sosteniendo que los Estados tienen la obligación de impedir que los gobiernos dictatoriales cometan los peores abusos contra su pueblo. Sin negar que la soberanía de estado era la base del sistema internacional, Kouchner insistió en que no podía ser una licencia de los gobiernos para matar.

Sus palabras eran elocuentes y resonaban entre la gente de conciencia de toda Europa. Podría decirse que el “droit d’ingerence” sirvió como inspiración para gran parte de la llamada “intervención humanitaria” en los Balcanes y Africa en los años 1990. La posición de Kouchner también preparó la escena para la adopción por parte de las Naciones Unidas de la doctrina aún más intervencionista de la “responsabilidad de proteger” –un llamado a la fuerza militar externa para impedir el genocidio o los abusos generalizados de los derechos humanos- durante la secretaría general de Kofi Annan.

Kouchner fue coherente a lo largo de toda su carrera. Según su visión de la acción humanitaria, el socorro no sólo era un fin en sí mismo –la visión tradicional de la Cruz Roja de que los humanitarios palian los peores efectos de la guerra y los desastres naturales–, sino también una manera de corregir los errores-. Esa diferencia es fundamental.

Mientras que la visión de la Cruz Roja, adoptada por ex colegas de Kouchner en Médicos Sin Fronteras, insiste en que la acción humanitaria es una actividad vital pero limitada que puede ser coherente y efectiva sólo si entiende sus limitaciones, la visión de Kouchner es que la acción humanitaria puede ser una palanca para cambiar el mundo. Cualquier cosa menos que eso es fallar a una obligación moral.

En términos prácticos, mientras que la Cruz Roja y Médicos Sin Fronteras creen en la neutralidad y se mantienen escépticos respecto de los motivos de los estados externos que podrían intervenir, la visión de Kouchner es que la acción humanitaria debería entenderse como parte de lo que el escritor y político canadiense Michael Ignatieff llama una “revolución de preocupación”. Los graves abusos de los derechos humanos, la depuración étnica y el genocidio ya no estarían permitidos. Si ocurrieran, los estados estarían listos para intervenir y ponerles fin, de manera pacífica en la medida de lo posible, por la fuerza si fuera necesario.

El corolario muchas veces no mencionado de esta doctrina es el cambio de régimen. Es lo que reclamaban los activistas como Kouchner, lo admitieran o no incluso para sí mismos, en Rwanda y Kosovo. Probablemente esto explica por qué Kouchner fue una de las pocas figuras políticas francesas importantes que respaldaron el derrocamiento anglo-norteamericano de Saddam Hussein (algo que Sarkozy no hizo). Después de la debacle de Irak, lo que sorprende es que un hombre que tiene el cambio de régimen inscripto en su ADN pueda ocupar una posición tan central en el gobierno francés.

Tal vez se hayan aprendido menos lecciones a partir de Irak de lo que podría haberse esperado. Para hacer justicia con Sarkozy, sus motivos al nombrar a Kouchner tenían más que ver con perjudicar a sus adversarios socialistas que con el “droit d’ingerence”. Y el propio Kouchner, para regocijo cínico de la prensa francesa, dejó de lado radicalmente su insistencia en una intervención inmediata para proteger a los refugiados y a la gente desplazada internamente en Darfur de una mayor masacre por parte de la milicia Janjawid respaldada por el gobierno sudanés. Ese era el activista Kouchner. El ministro de Relaciones Exteriores Kouchner llama a conferencias internacionales, habla de establecer grupos de contactos y de la necesidad de una acción deliberada.

Nada de esto debería ser motivo de sorpresa. A pesar de algunas de las declaraciones más enfervorizadas hechas por Kouchner y otros activistas por los derechos humanos, los estados no tienden a comportarse de manera altruista, y los electorados no suelen querer que sus hijos e hijas sean asesinados y mueran en guerras altruistas. De hecho, el nombramiento de Kouchner probablemente demuestre lo vana que siempre fue la esperanza de una intervención humanitaria.

Esto quizá no sea algo malo. Kouchner siempre quiso ser ministro. Tal vez ahora, los grupos de ayuda humanitaria puedan volver a hacer su trabajo vital aunque no transformador del mundo.

David Rieff es el autor, más recientemente, de At the Point of a Gun: Democratic Dreams and Armed Intervention.

You might also like to read more from or return to our home page.

La reimpresión de material de este sitio Web sin el consentimiento por escrito de Project Syndicate es una violación de las leyes internacionales de derechos de autor. Para obtener autorización, póngase en contacto con distribution@project-syndicate.org.
English Spanish Russian French German Czech Chinese Arabic

You must be logged in to post or reply to a comment.
Please log in or sign up for a free account.



AUTHOR INFO

David Rieff is the author of At the Point of a Gun: Democratic Dreams and Armed Intervention. His most recent book, Swimming in a Sea of Death: A Son's Memoir, is about his mother, the novelist and critic Susan Sontag.