Al menos por cuestiones de consumo público, los líderes políticos de África continúan apoyando al Presidente de Zimbabwe Robert Mugabe, a pesar de la creciente crisis económica que se puede atribuir directamente a su gobierno tiránico. En efecto, los años de mal manejo económico han producido una tasa de desempleo del 80%, con una inflación anual que se acerca al 5000%.
Aunque alguna vez Zimbabwe fue conocido como “el granero de África”, muchos de sus ciudadanos ahora pasan hambre y dependen de las donaciones internacionales de alimentos para sobrevivir. Aproximadamente 3,000 personas huyen del país a diario y frecuentemente arriesgan sus vidas al cruzar el Río Limpopo infestado de cocodrilos –como lo describe Kipling en el cuento “Cómo obtuvo su trompa el elefante” – y escalar la valla fronteriza para ingresar a Sudáfrica.
Actualmente, la emigración rebasa los tres millones de personas, aproximadamente una cuarta parte de la población. Con todo, cuando Mugabe fue presentado en la reunión más reciente de la Comunidad de Desarrollo del África Meridional (SADC, por sus siglas en inglés) en Lusaka, la capital de Zambia, sus colegas Jefes de Estado le aplaudieron acaloradamente.
Existen informes de que, tras bambalinas, las cosas son diferentes. Se dice que el Presidente sudafricano, Thabo Mbeki está tratando de negociar una forma de que Mugabe salga de escena. No obstante, antes ha habido rumores similares y es difícil saber si Mbeki y los demás líderes del África del sur están dispuestos finalmente a decirle a Mugabe que debe irse. Hasta ahora, ha sido más importante para ellos presentarle sus respetos como líder revolucionario y fomentar su megalomanía que aliviar el sufrimiento del pueblo de Zimbabwe.
La salida obvia para Mugabe, de 83 años, sería anunciar que cambió de opinión sobre participar en la elección presidencial programada actualmente para marzo de 2008. Por supuesto, si Mugabe se retira, tal vez no sería posible realizar elecciones justas en marzo. La oposición política tendría poca capacidad para organizar una campaña efectiva en un ambiente en el que Mugabe ha clausurado los medios de comunicación independientes, reescrito las reglas electorales y utilizado a la policía para golpear -literalmente- a sus adversarios.
Por ello, se necesitaría un período de transición para organizar unas elecciones adecuadas bajo los auspicios de la SADC, con el apoyo de la Unión Africana, Europa y Estados Unidos, a fin de tener resultados justos y poner en marcha un proceso de recuperación. Sin embargo, dado el breve período que resta para las elecciones programadas, se requiere pronto un anuncio si se quiere lograr un resultado justo y establecer un proceso de recuperación para evitar que el país caiga en el caos.
Un gran factor dentro de cualquier calendario para rescatar a Zimbabwe es el período de gobierno de Thabo Mbeki. Sólo le queda poco más de un año y medio para concluir su segundo y último quinquenio como Presidente de Sudáfrica. En algunos aspectos ha tenido éxito. Bajo su liderazgo, la democracia multirracial sudafricana se ha consolidado y, en marcado contraste con su vecino Zimbabwe, la economía está prosperando.
No obstante, los logros de Mbeki se han visto severamente dañados por dos fracasos. Al interior, su pobre desempeño para lidiar con la epidemia de VIH/SIDA de Sudáfrica hará que sea juzgado duramente. A nivel internacional, su historial está manchado, hasta ahora, por su falta de liderazgo para tratar con Zimbabwe.
Sin embargo, incluso con las fechas tan avanzadas, Mbeki tiene la oportunidad de rescatar una buena parte de su reputación si toma el liderazgo de la organización de una transición en Zimbabwe. Pero, dado el tiempo que tomaría la transición, debe actuar ya.
Incluso cuando se dé la transición en Zimbabwe, la crisis no habrá terminado. El régimen de Mugabe ha devastado tanto al país que se requerirá una participación internacional sustancial para levantarlo de nuevo. Por ahora, sin embargo, la SADC, debería, al fin, decirle a Mugabe que tiene que hacerse a un lado y debería tomar la responsabilidad de administrar un proceso electoral cuyo resultado reconozca el pueblo de Zimbabwe como justo, a fin de obtener la legitimidad necesaria para que la recuperación comience.


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