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Una nueva concepción de la reducción de la pobreza

NUEVA YORK – El año pasado, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación anunció que el número de personas hambrientas en el mundo había aumentado a lo largo del pasado decenio. En 2008, el Banco Mundial anunció una reducción importante del número de pobres hasta el año 2005, pero, si se define la pobreza principalmente desde el punto de vista del ingreso de dinero necesario para evitar el hambre, ¿cómo se pueden conciliar anuncios así?

Según la muy citada línea internacional de la pobreza del Banco Mundial, que se revisó en 2008 para fijarla en 1,25 dólares en precios de 2005, aún hay 1.400 millones de personas que viven en la pobreza, cuando en 1981 eran 1.900 millones. Sin embargo, como China ha representado la mayor parte de esa reducción, en 2005 había al menos 100 millones más de personas que vivían en la pobreza fuera de China que en 1981.

En el África subsahariana y en algunas zonas de Asia, la pobreza y el hambre siguen pertinazmente elevados. Los organismos internacionales calculan que más de 100 millones de personas se hundieron en la pobreza a consecuencia de unos precios más altos de los alimentos durante el período 2007-2008 y que la crisis económica y financiera mundial del período 2008-2009 provocó un aumento de otros 200 millones. El retraso en la recuperación de los puestos de trabajo destruidos por la recesión mundial sigue siendo un imperativo de la mayor importancia para reducir la pobreza en los próximos años.

Entretanto, las controversias sobre los cálculos siguen despertando dudas sobre los avances reales. Como la Cumbre Social de 1995 adoptó una definición más amplia de pobreza, que incluye la privación, la exclusión social y la falta de participación, hoy la situación puede ser peor incluso de lo que indica una línea de la pobreza basada en el ingreso de dinero.

La desigualdad parece haber ido en aumento en los últimos decenios en el nivel internacional y en la mayoría de los países. Más del 80 por ciento de la población mundial vive en países en los que las diferencias de ingresos están aumentando. El 40 por ciento más pobre de la población mundial representa sólo el 5 por ciento de la renta mundial, mientras que el 20 por ciento más rico representa el 75 por ciento.

La heterogénea ejecutoria en materia de reducción de la pobreza pone en entredicho la eficacia de los planteamientos habituales. Se aconsejó a los países que abandonaran sus estrategias nacionales de desarrollo a favor de la mundialización, la liberalización de los mercados y la privatización. En lugar de producir un rápido crecimiento sostenido y la estabilidad económica, semejantes políticas volvieron a los países más vulnerables al poder de los ricos y los caprichos de las finanzas internacionales y la inestabilidad mundial, que se ha vuelto más frecuente y grave con la desreglamentación.

La enseñanza más importante que de ello se desprende es la necesidad de un rápido crecimiento sostenido y una transformación económica estructural. Los gobiernos deben desempeñar un papel en el desarrollo, con la aplicación de políticas integradas encaminadas a apoyar un crecimiento de la producción y del empleo no excluyente, además de reducir la desigualdad y fomentar la justicia social.

Semejante planteamiento debe complementarse con políticas apropiadas en materia de inversión industrial y tecnología y servicios financieros no excluyentes encaminados a apoyarlas. Además, se deben fomentar nuevas capacidades de producción potencialmente viables mediante políticas complementarias de desarrollo.

En cambio, la insistencia en un Estado mínimo y la confianza en el mercado han propiciado reducciones de las inversiones en infraestructuras públicas, en particular en la agricultura, lo que no sólo ha deteriorado el crecimiento a largo plazo, sino que, además, ha aumentado la inseguridad alimentaria.

Los partidarios de políticas de liberalización económica citaron los éxitos de las economías del Asia sudoriental que se han industrializado rápidamente, pero ninguna de esas economías había aplicado una liberalización económica total, sino que los gobiernos han desempeñado un papel en el desarrollo al apoyar la industrialización, una agricultura y unos servicios con mayor valor añadido y la mejora de las capacidades tecnológicas y humanas.

Las transformaciones estructurales deben fomentar el pleno empleo productivo, además de un trabajo decoroso, mientras que los gobiernos deben tener suficiente margen normativo y fiscal que les permita desempeñar un papel dinámico y prestar una protección social universal y suficiente.

En los tres últimos decenios ha habido también un divorcio de las políticas sociales respecto de la estrategias de desarrollo como consecuencia de la tendencia a reducir la intervención estatal. Las estrategias nacionales de desarrollo económico fueron substituidas por programas de reducción de la pobreza propugnados por los donantes, como, por ejemplo, la concesión de títulos de propiedad de la tierra, los microcréditos y la comercialización para los pobres en la “base de la pirámide”.

Esas novedades no han logrado reducir la pobreza en gran medida. Con esto no pretendemos negar algunas consecuencias positivas. Por ejemplo, los microcréditos han brindado autonomía a millones de mujeres, al tiempo que de la concepción y la aplicación de semejantes planes se han desprendido importantes enseñanzas.

Entretanto, los programas sociales universales han mejorado el bienestar humano más que los programas específicos y condicionales. Sin embargo los programas condicionales de transferencia pecuniaria han dado muy buenos resultados al mejorar diversos indicadores de desarrollo humano.

Lamentablemente, la pobreza sigue siendo endémica, pues más de mil millones de personas pasan hambre todos los días. Se necesitan medidas urgentes, pues se cree que la reciente crisis económica y financiera, justo después de la crisis de los precios de los alimentos, ha anulado aún más los avances en materia de reducción de la pobreza. También cunde el temor de que el cambio climático amenace más desfavorablemente la vida de los pobres.

El bienal Informe sobre la situación social en el mundo (2010), titulado Una nueva concepción de la pobreza , argumenta convincentemente en pro de una nueva concepción de los métodos de cálculo de medición de la pobreza y los métodos para reducirla. Para los pobres del mundo,   la de “que todo siga igual” nunca ha sido una opción aceptable. Tampoco las tendencias populares de los últimos decenios han demostrado ser mucho mejores. No habrá una verdadera erradicación de la pobreza sin un desarrollo económico equitativo y sostenible, que la desreglamentación de los mercados no ha demostrado poder obtener por sí sola.

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