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Reinventando el sueño europeo

PRINCETON – La crisis del euro y el reciente Jubileo de la reina Isabel parecen no tener nada en común. En rigor de verdad, imparten en conjunto una lección importante: el poder de una narrativa positiva -y la imposibilidad de ganar si esa narrativa no existe.

Haciendo referencia al desfile fluvial y a las carreras de caballos, el historiador Simon Schama habló con la BBC sobre "pequeños botes y grandes ideas". La mejor idea fue que la monarquía de Gran Bretaña sirve para conectar el pasado del país con su futuro de maneras que trascienden el carácter insignificante y desagradable de la política cotidiana. El legado de los reyes y las reinas que se remontan a más de un milenio -el simbolismo perdurable de coronas y carrozas, y la encarnación literal del estado inglés, hoy estado británico- une a los británicos en un viaje común.

Los cínicos podrían decir que se trata de la antigua rutina de pan y circo. Pero el punto es fijar los ojos y los corazones en una narrativa de esperanza y determinación -para subirle el ánimo a la población, más que para distraerla-. ¿Se supone realmente que los griegos, los españoles, los portugueses y otros europeos deben abrazar un programa de austeridad que les fue impuesto porque el criterio prevaleciente en Alemania y otros países del norte los considera derrochadores y vagos? Esas son palabras combativas, que crean resentimiento y división justo cuando más se necesita estar unido y repartir la carga.

Grecia, en particular, hoy necesita una manera de conectar su pasado con su futuro, pero no hay ninguna monarquía a la vista. Y, por ser la cuna de la primera democracia del mundo, Grecia necesita otros símbolos de renovación nacional que cetros y togas. Es a través de Homero que prácticamente todos los lectores occidentales se adentran por primera vez en el mundo mediterráneo: sus islas y sus playas y sus pueblos, entrelazados por la diplomacia, el comercio, el matrimonio, el petróleo, el vino  y los grandes barcos. Grecia una vez más podría ser un pilar de este mundo, si utiliza su crisis actual para diseñar un futuro nuevo.   

Esta visión es más plausible de lo que uno podría pensar. Se estima que los campos de gas natural en el este del Mediterráneo almacenan hasta 122 billones de pies cúbicos, lo suficiente para abastecer a todo el mundo por un año. En el Mar Egeo y en el Mar Jónico, frente a las costas griegas, hay más campos de gas y de petróleo que alcanzarían para transformar las finanzas de Grecia y de toda la región. Israel y Chipre están planeando una exploración conjunta; Israel y Grecia están analizando la posibilidad de un oleoducto; Turquía y el Líbano están evaluando las posibilidades; y Egipto está planeando una exploración bajo licencia.

Sin embargo, la política, como siempre, interviene. Todos los países involucrados tienen disputas marítimas y desacuerdos políticos. Los turcos están trabajando con Chipre del Norte, cuya independencia sólo ellos reconocen, y regularmente hacen ruidos amenazadores sobre una perforación de Israel con el gobierno chipriota griego de la República de Chipre. Los chipriotas griegos regularmente tienen a la UE de rehén sobre cualquier negociación con Turquía, al igual que Grecia. Los turcos no dejan entrar a los barcos chipriotas a sus puertos y no se han sentado a la mesa de negociaciones con los israelíes desde que nueve ciudadanos turcos fueron asesinados en un barco que intentó romper el bloqueo de Gaza por parte de Israel. El Líbano e Israel no tienen relaciones diplomáticas.  


En resumidas cuentas, las riquezas, los empleos y el desarrollo que beneficiarían a todos los países de la región como consecuencia de una explotación energética responsable bien pueden verse bloqueados por la insistencia de cada uno de ellos de obtener lo que considera una parte justa del acuerdo y negarles el acceso a sus enemigos.

La visión de una Comunidad Energética Mediterránea, en consecuencia, parece destinada a seguir siendo un sueño imposible. Sin embargo, en julio se celebrará el 60 aniversario de la ratificación del Tratado de París, que estableció la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) entre Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo sólo seis años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Durante los 70 años anteriores, Alemania y Francia habían peleado entre sí en tres guerras devastadoras, dos de las cuales, las dos últimas, arruinaron las economías de Europa y diezmaron a su población.

La sospecha y el odio mutuos de estos países no eran menos amargos o menos arraigados que los que afligen a los países del este del Mediterráneo. Sin embargo, el ministro de Relaciones Exteriores francés Robert Schuman, con la asistencia de su asesor Jean Monnet, anunciaron un plan para la CECA en 1950, sólo cinco años después de que las tropas alemanas se habían restirado de París, con el objetivo de "hacer que la guerra no sólo fuera impensable sino materialmente imposible". Schuman propuso poner la producción de carbón y acero franco-alemana bajo una Alta Autoridad común, impidiendo así que un bando utilizara las materias primas de la guerra contra el otro, y alimentando una economía industrial común. La CECA se convirtió en el núcleo de la Unión Europea de hoy.

La UE hoy está contra las cuerdas, pero unas pocas medidas concretas por parte de los líderes europeos bastarían para abrir las puertas a una diplomacia igualmente audaz que pudiera restablecer las economías de la UE y del Mediterráneo y transformar la política energética de Europa y Asia. Si el Parlamento Europeo y el Consejo Europeo tomaran medidas para que el comercio directo de la UE con Chipre del Norte fuera objeto de una votación mayoritaria calificada en lugar de un consenso (y por lo tanto un veto por parte de Chipre), la UE podría comenzar a hacer negocios con Chipre del Norte, y Turquía podría entablar relaciones comerciales con Chipre en general. Estas medidas podrían, a su vez, conducir a una sociedad energética turca, chipriota y griega que ofrecería incentivos positivos para una reconciliación turco-israelí.

El Plan Schuman demoró dos años en cristalizarse y una década en implementarse. Pero les ofreció a los europeos desgarrados por la guerra y desesperanzadamente pobres una visión positiva de un nuevo futuro, algo que Grecia y Chipre, para no mencionar a los países de Oriente Medio y el norte de Africa, necesitan desesperadamente. Los líderes de Europa no superarán esta crisis aquejando a sus ciudadanos con demandas sombrías de austeridad. Deben tomar medidas concretas en las que Grecia sea un socio pleno y en igualdad de condiciones, a fin de crear una visión de recompensa real de una UE rejuvenecida.

La UE no tiene una reina Isabel. Lo que necesita es otro Schuman y otro Monnet.