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La última jugada de Putin

El Presidente ruso Vladimir Putin tuvo bastante éxito en el logro de sus objetivos durante su primer mandato. Fortaleció el poder del gobierno federal, al tiempo que debilitó el mundo de los grandes negocios, la prensa libre, el partido comunista, los partidos liberales y la sociedad civil. Al interior del gobierno, exprimió el poder de los gobernadores regionales, ambas cámaras del parlamento e incluso el aparato estatal, concentrando todas las facultades legislativas, ejecutivas y judiciales en sus propias manos. Mientras tanto, desde que Putin llegó al poder en 2002, Rusia ha logrado una sólida estabilidad macroeconómica y un crecimiento anual sostenido con un índice promedio de 6,5%.

Lamentablemente, el éxito de Putin puede llevarlo a su caída. La fortuna le sonrió en el primer periodo porque reconoció ciertos límites a su poder. Ávido lector de las encuestas de opinión, intentó, enigmáticamente, representar todo para todos los votantes. Ahora, embriagado por su seguidilla de triunfos políticos, parece que se cree libre de toda limitación. Pero ningún político tiene esa suerte. Putin está violando demasiadas reglas de la política y no puede continuar ese camino por mucho tiempo.

Por ejemplo, puesto que es demasiado celoso del poder como para delegarlo y quiere tomar él mismo todas las decisiones, reemplazó con dos hombres ineficaces a un sólido primer ministro y jefe de gabinete. De manera que, en lugar de crear una fuerte línea de mando vertical, paralizó su gobierno.

Una de las razones de esta extrema supercentralización es el hecho de que Putin no confía en nadie. Otra es su preocupación por mantener las cosas en secreto. Como buen agente secreto, confía en el círculo de hombres de la KGB provenientes de San Petersburgo. Su base de poder se reduce día a día y el estrangulamiento a que ha sometido a los medios independientes lo deja cada vez peor informado.

Las consecuencias fueron evidentes en la dramática toma de rehenes en la escuela de Beslan en Osetia del Norte.

Las fuerzas del orden le fallaron a la población. No poseían datos de inteligencia pertinentes. Los policías aceptaron sobornos para dejar pasar a los terroristas. Las mejores fuerzas especiales de Rusia fueron enviadas a Beslan, pero no se les dio municiones, ropajes antibalas, planes de batalla ni capacidad de mando operativo. La escuela nunca fue acordonada. Al final, los osetios locales irrumpieron en la escuela con sus propias armas y mataron a varios miembros de las fuerzas especiales para demostrar su ira.

Increíblemente, el Jefe del Servicio de Seguridad Federal (FSB) y el Ministro del Interior llegaron a Beslan poco después de iniciado el sitio, pero no hicieron nada. Los dos gobernadores regionales afectados por la crisis se negaron a ir juntos a Beslan.

De hecho, nadie del gobierno hizo nada. Putin y su gobierno simplemente hicieron caso omiso de la crisis de Beslan, restando importancia a la cobertura noticiosa que se hacía de ella. Las declaraciones oficiales provinieron de un personero local de bajo rango que hizo el ridículo al mentir de manera grotesca.

Es difícil imaginar una actuación peor por parte de un gobierno. En su tiempo, se hacía mofa del Presidente soviético Leonid Brezhnev por interesarse solamente en ocultar las malas noticias, en lugar de querer solucionar los problemas. Putin está actuando de la misma manera. Obviamente, tal nivel de secretismo le hace daño a Rusia.

La tragedia de Beslan nos pone frente a conclusiones obvias. Se debe revisar la política hacia Chechenia. Es necesario depurar y disciplinar las fuerzas de seguridad. Hay que sacar de sus cargos a los ministros y gobernadores ineficientes y se debe dar más autoridad a sus carteras. Se necesita un flujo más abierto de la información y menos personajes de la KGB en cargos públicos.

Sin embargo, Putin no quiere nada de eso. No sigue la regla elemental de que cuando se está en un hoyo hay que dejar de cavar. Ninguna autoridad fue sacada de su cargo, pero el editor de Izvestiya fue despedido por informar de manera fidedigna.

De manera similar, no se ha hecho nada para enfrentar la corrupción rampante que existe al interior del FSB. En lugar de dar más autoridad a los gobernadores, Putin exigió la facultad de nombrarlos él mismo. En vez de fortalecer al gobierno, lo privó de uno de sus mejores hombres, Dmitri Kozak, y en su puesto nombró a otro desconocido de la KGB de San Petersburgo.

El gobierno de Putin no sólo es autoritario, sino disfuncional. Es demasiado rígido y centralizado como para manejar las crisis. En lugar de enfrentar los problemas reales, lo único que Putin desea es realizar su programa autoritario personal. A este estado policial centralizado no le interesa mucho más que su propio poder político y económico. Es difícil no tener la impresión de que Putin está más dedicado a mimar a sus hombres de la KGB que a luchar contra el terrorismo. Como las reformas económicas liberales afectan sus intereses, han sido abandonadas.

Los rusos de la calle no son ciegos. Preguntan, "¿Cómo puede ser el nombramiento de los gobernadores regionales un medio para luchar contra el terrorismo?" Putin está socavando rápidamente la gran autoridad que construyó en su primer periodo. Este proceso puede desestabilizar a Rusia de manera más rápida de lo que nadie pueda sospechar.

La pregunta ya no es si Putin verdaderamente dejará el cargo cuando termine su mandato en 2008, sino si será capaz de durar tanto tiempo. Probablemente pueda, pero tendrá que dar un giro de ciento ochenta grados, haciendo volver a Rusia por el camino de la democracia, la autonomía regional y la libre expresión. Como mínimo, debe sacar de sus altos cargos a sus amigos de la KGB y a su funesto primer ministro, Mikhail Fradkov. También debe poner fin al asunto Yukos y cambiar su política hacia Chechenia. Putin tiene el poder para hacerlo, pero no la intención.

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