La decisión de Vladimir Putin de ejercer como primer ministro en caso de que Dmitri Medvedev se convirtiera en el próximo presidente de Rusia hizo que el éxito electoral de ambos en marzo sea prácticamente una certeza. Si bien el líder del Partido Comunista, Gennadi Zyuganov, y Vladimir Zhirinovsky de los demócrata-liberales están en carrera –a diferencia de 2004, cuando ambos fueron sustitutos-, ninguno de los dos obtendrá más del 15% de los votos. Incluso suponiendo que Mikhail Kasyanov, Boris Nemtsov y el líder del Partido Demócrata Andrei Bogdanov de alguna manera obtuvieran dos millones de firmas cada uno para poder entrar en la votación, el resultado será el mismo. A decir verdad, hasta el momento, ninguno de ellos cuenta con más del 2% de apoyo popular.
Sin embargo, mientras que la victoria de Medvedev en la primera ronda de las elecciones parece asegurada, los interrogantes importantes surgirán después de que se recuenten los votos. ¿Cómo se distribuirá el poder entre Medvedev y Putin? ¿Quién estará a cargo? ¿Rusia tendrá que reescribir sus leyes y su Constitución para darle al primer ministro más poder oficial? ¿Putin está arriesgando su futuro político al aceptar un rol formalmente secundario y haciéndose responsable de toda la política socio-económica?
La Constitución de Rusia no autoriza una “presidencia técnica”. El jefe de Estado tiene poderes extensivos, lo cual en sí mismo indica que Medvedev será un presidente fuerte. Es más, Medvedev es un político de carácter férreo y un administrador muy experimentado.
Pero Putin será un primer ministro fuerte, aunque más no sea porque es Putin. Está decidido a seguir siendo la persona más popular en Rusia por mucho tiempo más. Eso implica un sistema de gobernancia con al menos dos centros de toma de decisiones –quizá sumado a Rusia Unida, el partido de Putin y Medvedev, que ganó el 64% de los votos en las recientes elecciones parlamentarias, comparado con el 37% en 2003-. Todo esto representa un progreso evidente desde el punto de vista de la separación de poderes.
Al aceptar convertirse en primer ministro, Putin es bien consciente de lo que puede esperar. Después de todo, ejerció como primer ministro durante varios meses en 1999.
Muchos analistas subestiman los poderes del primer ministro. Según la Constitución, el primer ministro es jefe de la rama ejecutiva, y el gobierno tiene poder para determinar la principal dirección de la política interna y extranjera.
Mucho depende de quién sea el primer ministro; los políticos de peso que ocupan el cargo pueden potencialmente eclipsar al presidente. Recordemos a Yevgeny Primakov –o Putin al final del último mandato presidencial de Boris Yeltsin, cuando a todo el mundo le resultaba obvio que el primer ministro estaba conduciendo el país-. La versión 2008 del primer ministro Putin sin duda será más fuerte que la versión 1999. De manera que no se necesitan cambios a las leyes o a la Constitución para que siga siendo un actor político clave. Pero Medvedev –juvenil y enérgico, con un mandato fresco- será mucho más fuerte de lo que era Yeltsin en 1999.
Parece preferible un primer ministro poderoso. Una de las principales deficiencias en la estructura constitucional de Rusia es que el poder está separado de la responsabilidad: el presidente tiene el máximo poder, pero el gobierno es el responsable de los resultados de las políticas implementadas.
Desde este punto de vista, el modelo norteamericano, por ejemplo, es más exitoso: el jefe de Estado también encabeza el gobierno. Si bien no resuelve de lleno los defectos en el diseño, la nueva situación –con la figura política más fuerte a la cabeza de la rama ejecutiva- permitirá un desempeño más efectivo por parte del gobierno, que sigue batallando para recuperarse de las reformas administrativas de Putin de 2004.
Muchos analistas le han reprochado a Putin haber aceptado un puesto que, a su entender, está por debajo de lo que le corresponde –al asumir la responsabilidad de la construcción de caminos, los servicios sociales, la inflación y muchos otros problemas que pudieran socavar su popularidad-. Sin embargo, Putin debería recibir agradecimientos en lugar de reproches.
Ahora bien, ¿cuán estable será este nuevo sistema policéntrico de gobernancia? ¿Cuánto tiempo Medvedev seguirá siendo presidente y Putin, primer ministro? ¿Qué pasa si se pelean?
Por supuesto, la estabilidad requiere de un acuerdo entre los dos actores clave; y seguramente habrá muchos opositores y aliados que intentarán ocasionar problemas entre ellos. Pero Putin y Medvedev han trabajado juntos durante más de 17 años sin ningún conflicto serio. Es más, Putin nunca se equivocó respecto de la lealtad de la gente que promueve.
En la era Yeltsin, los funcionarios apartados de sus cargos muchas veces se vengaban publicando sus memorias y “contando todo” sobre su ex jefe. En la era Putin, nadie ha hecho algo semejante. Mikhail Kasyanov, ex primer ministro y actualmente opositor crítico, fue heredado de Yeltsin. Cuando Putin hizo el nombramiento más importante de su vida –la elección de su sucesor-, uno puede estar seguro de que sus cálculos fueron bien exhaustivos.
De modo que Medvedev se convertirá en el próximo presidente, y ejercerá ese cargo durante por lo menos un mandato completo. Y Putin será primer ministro todo ese tiempo, con una buena posibilidad de volver a ser presidente en 2012 o 2016 –o después de cualquier otra elección presidencial en los próximos veinte años.


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