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Determinación más allá del poder

BUDAPEST – La segunda ronda de la elección parlamentaria griega el 17 de junio es sólo el último síntoma de la crisis más seria que afectó a las democracias occidentales y las sociedades abiertas desde los años 1960. Las democracias liberales en Occidente hoy luchan por evitar -y, al hacerlo, exacerban- una crisis de identidad, que pone en riesgo el contrato social existente y amenaza con su implosión.

El fin de la Guerra Fría legó a nuestros líderes un nuevo conjunto de desafíos en materia de gobernancia, que rápidamente cobraron magnitud, en gran medida debido a una globalización más veloz, a las consecuencias de la liberalización económica de los años 1980 y a la revolución en la tecnología de la información en los años 1990. Estos desafíos, que no se abordaron de manera suficiente, enseguida llevaron a muchos a cuestionar la sustentabilidad del atractivo de la democracia liberal en casa y su universalidad en el exterior, y a explorar los supuestos méritos del "modelo chino", mejor caracterizado como una forma de capitalismo autoritario o estatal.

El colapso financiero de 2008, que enseguida se metamorfoseó hasta convertirse en la recesión económica más profunda de Occidente desde los años 1930, no hizo más que agregar leña al fuego, conforme los responsables de las políticas se pusieron de rodillas y adoptaron una modalidad de gestión de la crisis para nada transparente, condonando una intervención estatal masiva en la economía y la socialización de las pérdidas del sector privado a una escala nunca vista antes. La resultante austeridad fiscal hundió a muchos por debajo de la línea de pobreza y aceleró la desigualdad económica, mientras que muchas instituciones privadas, habiendo causado la crisis de 2008, se recuperaron en la arena pública.

Para colmo de males, en Grecia e Italia, dos de los países más duramente castigados, los mercados financieros efectivamente derrocaron a gobiernos electos, por más imperfectos que fuesen. El desventurado ex primer ministro griego George Papandreou tuvo que renunciar el año pasado después de atreverse a sugerir un referendo para decidir el futuro económico de sus compatriotas. (Irónicamente, la inminente elección servirá de facto como el referendo que Papandreou sugirió en octubre de 2011).

En la raíz de la crisis europea (y su crisis equivalente en Estados Unidos) hay un cambio en la configuración del poder económico, social y político. Las democracias liberales y las sociedades abiertas tradicionalmente se basaron en un delicado equilibrio de estas tres formas de poder. En los últimos veinte años, nuestras elites fueron incapaces de sostenerlo, ya que el poder económico hace mucho tiempo que se volvió global y se desprendió del poder político, muchas veces corrompiendo la política democrática en el proceso.

Al mismo tiempo, el poder social, que ofrece el oxígeno para la legitimidad democrática, resultó marginalizado y desilusionado, y cada vez se aleja más de las correas de transmisión tradicionales de la política. El resultado es una erosión de la estatura de los partidos políticos tradicionales y de los sindicatos, y niveles bajos sin precedentes de confianza en los gobiernos se hacen evidentes. Potenciadas por los nuevos medios, se están empezando a formar identidades alrededor de las nuevas redes de interacción social que suelen desafiar las fronteras estatales y tienen escasa conexión con las instituciones tradicionales de gobernancia de la democracia liberal.

La reticencia de las elites de hoy a promover un equilibrio efectivo de los tres poderes -para reconocer una determinación más amplia más allá de maximizar cada poder individual- visiblemente se tradujo en un respeto menguante por el bien público. Esto tiene consecuencias dramáticas para la democracia liberal y las sociedades abiertas.

Frente a un poder político disminuido (y a veces usurpado) por la transformación de su contraparte económica, y el hecho de que su desapego de su base social lo vuelva cada vez más ilegítimo, llegó la era de los populistas y los extremistas. Ahora los vemos hacerse un festín con las democracias debilitadas en muchos países europeos, en tanto movimientos marginales compiten seriamente por el poder y amenazan con borrar los logros de más de 60 años de integración europea. En Estados Unidos, el sistema político se sumergió en una parálisis partidaria aparentemente inextricable, socavando seriamente el sistema de equilibrio de poderes y generando una sensación cada vez más profunda de malestar y frustración.

Nos encontramos en un momento crítico. Para recrear la democracia y las sociedades abiertas en una era global hace falta invertir en nuevas ideas para volver a equilibrar el poder político, económico y social tanto a nivel nacional como global. A nivel nacional, necesitamos poner a prueba nuevos mecanismos para el diseño e implementación de políticas, volviendo a conectar las instituciones democráticas con los ciudadanos y las redes emergentes de la sociedad civil. A nivel global, debemos permitir que el poder político y el poder social establezcan su lugar legítimo junto al poder económico.

Un ajuste menor no será suficiente; necesitamos una transformación de la arquitectura institucional global. A menos que podamos establecer un espacio socio-político global, no estaremos en condiciones de deliberar legítimamente sobre la provisión de bienes públicos globales, mucho menos distribuirlos de manera exitosa. A la cabeza del esfuerzo por lograr un espacio de este tipo tienen que estar quienes estén dispuestos a asumir riesgos -emprendedores sociales y políticos que no tienen miedo de cruzar las líneas que tradicionalmente dividen sectores y estados, y que ayudan a recrear una comunidad global de determinación más allá del poder.

El filósofo francés Jean-Paul Sartre alguna vez describió el Muro de Berlín como un espejo. En vista del sistema soviético, resultaba verdaderamente fácil pasar por alto nuestras propias debilidades y errores. Cuando cayó el Muro, nuestras elites se esforzaron por mantener la ficción de una marcha triunfal inherentemente inminente por la democracia liberal en todo el mundo, hoy despojada por la crisis económica a ambos lados del Atlántico.

Hemos perdido dos décadas valiosas para responder de manera adecuada a la globalización y a la crisis de la democracia liberal y las sociedades abiertas. Es hora de iniciar una reflexión honesta sobre el poder y su determinación en el mundo de hoy, que cambia a pasos acelerados.