La reelección del presidente Jacques Chirac arrancó un suspiro de alivio en Francia cuyos ecos resuenan en todo el mundo. No obstante, el susto que dio Jean-Marie Le Pen a la política francesa no servirá de nada si la clase política en Francia regresa a su desprecio y complacencia.
Francia siempre ha sido una nación de divisiones muy marcadas. En algún tiempo la división marcaba las diferencias entre izquierda y derecha. Hoy señala la división entre los sectores público y privado. El primer ministro Lionel Jospin, que fue humillado por Le Pen al negarle un lugar en la última fase de la carrera presidencial, había dirigido una economía fuerte, en la que se crearon muchos empleos, con más tiempo libre gracias a la semana de 35 horas y ciertas reformas liberales como la privatización a niveles nunca antes vistos en Francia.
A pesar de todo lo anterior, el desempleo continuaba persistentemente alto y la inseguridad comenzó a extenderse. Los programas de Jospin no pudieron disminuir estos males gemelos, principalmente porque la sociedad francesa está dividida en un enorme sector público y un dinámico sector privado, gran parte del cual se está viendo forzado a salir del país debido a los altos impuestos y la burocracia interminable. Las empresas que se quedan deben cargar con los costos del gigantesco sector público.
El hecho de que Francia haya sufrido de un desempleo alto durante las últimas dos décadas, sin importar quien lleve las riendas del poder, es una clara señal de que la política económica francesa anda mal. Los desempleados franceses están mejor que sus contrapartes internacionales, pero el sistema es costoso e ineficiente y tiene sus deficiencias. Por ejemplo, los beneficios se pagan durante un tiempo limitado solamente. Después, se reducen a una cuota mínima para vivir, que representa una exclusión de la sociedad.
En agosto de 1945, Jean Monnet le dijo a Charles de Gaulle: "usted habla de grandeza, pero hoy en día los franceses son pequeños. Sólo habrá grandeza cuando Francia asuma una posición que justifique la grandeza...Debe haber más producción, más productividad; debemos transformar al país desde un punto de vista material."
No era necesario convencer al General. El creía que el Estado tenía una "ferviente obligación" de ocuparse de la planeación económica. Una de las primeras acciones de Monnet fue declarar que la modernización no se lograría mientras los franceses trabajaran tan pocas horas. Lo mínimo necesario era una semana de 45 horas. Los trabajadores franceses laboraron un promedio de 46 horas por semana hasta principios de los sesenta. Desde entonces, las horas de trabajo se han ido reduciendo sostenidamente. Ahora se considera que una semana de 32 horas es algo por lo que vale la pena irse a la huelga.
Los esfuerzos de Monnet para reconstruir a Francia mediante la movilización de empresas, sindicatos y autoridades gubernamentales a todos niveles dio paso al "Gran Mito Organizacional" de Francia, es decir, la idea de que los tecnócratas pueden asignar los recursos mejor que el mercado. La planeación central francesa intentó abrir un nuevo camino entre la centralización comunista y el corporatismo de Vichy. Cinco décadas después, las ruedas del Estado siguen empantanadas en esa ruta media.
El Estado francés emplea alrededor de cinco millones de personas (cerca de la cuarta parte de la fuerza de trabajo) incluyendo los niveles locales. Los salarios y las pensiones de esos funcionarios representan aproximadamente el 40% del presupuesto nacional. Esta tendencia es totalmente opuesta a las que se dan en otros sectores. Por ejemplo, el número de agricultores franceses disminuyó sostenidamente en las últimas tres décadas, y sin embargo la cantidad de burócratas del Ministerio de Agricultura se duplicó.
Comparemos esas dimensiones con el sector privado francés. Los reglamentos del mercado único de la UE han obligado a las compañías francesas a competir sin el apoyo de medidas proteccionistas o subsidios del Estado. Las mejores empresas francesas han reducido sus costos dramáticamente, mejorando su productividad y expandiendo su producción en el exterior. El gigante de los cosméticos L'Oreal, Danone, Michelin y Club Mediterranee son sólo algunas de las compañías altamente competitivas que son más globales que francesas. Sus logros demuestran la fuerza de la vertiente externa de la economía francesa, que es el motor principal del crecimiento del país.
Sin embargo, la "Francia privada" (a pesar de su dinamismo) no puede seguir compitiendo e innovando mientras arrastra el peso muerto de la "Francia pública". Muchas empresas públicas o semi-públicas mal manejadas sólo sobreviven porque están saturadas de subsidios del Estado. La carga del sector privado no se limita a las empresas estatales, sino que surge de manera más amplia de la enorme proporción del ingreso nacional (51%) que el Estado grava y gasta; gran parte de los gravámenes afectan al empleo. Existen obstáculos adicionales que incluyen una falta de flexibilidad laboral, sobre todo barreras legales para despedir empleados.
La explicación más inmediata para la falta de reformas deriva de la paradoja de la fuerza de la economía francesa. La situación no es lo suficientemente mala como para generar exigencias de una reforma seria. De hecho, el alto nivel de vida y las altas expectativas sociales hacen que para cualquier partido o líder resulte un suicidio político proponer siquiera los sacrificios de corto plazo que una reforma seria implicaría. Así, la fuerza del sector privado francés ha creado la base material para un Estado de bienestar que es verdaderamente parasitario: debilita a su huésped (el sector privado) sin matarlo.
La clase política francesa pensaba que Europa sería la solución. No obstante, Europa y el euro son cada vez más catalizadores del resentimiento popular. Jospin y Chirac no han hecho nada para echar a andar el gran programa de liberalización (que incluye energéticos, servicios financieros y transporte) que acordaron los miembros de la UE hace dos años en Lisboa, lo que significa que los beneficios de la liberalización no llegan a Francia en un momento en el que el público tiene la percepción de que la UE está imponiendo toda serie de restricciones sobre los métodos franceses de hacer negocios.
Es tiempo de que Francia abandone la idea de que es excepcional (L'Exception Francaise) y comience a emprender una reforma seria que incolucre al electorado francés. La vergüenza de la nueva importancia de Le Pen podría todavía ser benéfica si obliga a la clase política a escuchar las preocupaciones populares y a atender los problemas del país.


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