Últimamente se han hecho innumerables afirmaciones acerca de que la pobreza engendra el terrorismo. Claro, no se puede definir una ecuación simple entre la pobreza y las raíces del terrorismo. Pero esas declaraciones sí contienen algo de verdad. Quizá la pobreza no sea la causa del terrorismo islámico, pero los terroristas islámicos sí manipulan la pobreza a su favor. Entonces, cualquier estrategia viable para prevenir el terrorismo debe enfrentar temas centrales de desarrollo económico.
El primer problema que debe ser reconocido es que el desarrollo dió una vuelta equivocada hace unos 30 años, cuando la Organizaión de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) le impuso dos severos golpes petroleros a la economía global. Los países desarrollados pasaron de promover el crecimiento a luchar contra la inflación. El crecimiento mundial se frenó dramáticamente (excepto en Asia del Este) y el crecimiento del comercio mundial bajó a la mitad.
Los países de la OPEP se volvieron ricos, mientras que el resto del mundo en desarrollo tuvo que vérselas con déficits de comercio y niveles de deuda insostenibles. La mayoría experimentaron un crecimiento negativo. Durante los años 1980 y 1990, la mitad de los países en desarrollo que eran miembros del Fondo Monetario Internacional (FMI) sufrieron severas crisis financieras y se vieron forzados a reducir la escala de su gasto social de forma que la pobreza, la inequidad y el potencial de tener conflictos civiles se incrementaron substancialmente.
Al inicio de esto, las políticas de desarrollo cambiaron. Estados Unidos (EU), el FMI y el Banco Mundial empezaron a insistir en la globalización enfatizando en la liberalización del comercio, en políticas macroeconómicas restrictivas y en el fortalecimiento institucional de los mercados, el paquete de políticas conocido como el "Consenso de Washington".
La asistencia internacional fue remodelada: los préstamos para el desarrollo se convirtieron en "préstamos de ajuste estructural" dirigidos a ayudar a los países en desarrollo con altos niveles de endeudamiento a evitar la falta de pago y se brindaban sólo a países que estuvieran realizando reformas favorecidas por el Consenso de Washington. La fatiga se dejó sentir en el ámbito de la asistencia y, conforme la Guerra Fría disminuyó, los flujos de asistencia oficial se redujeron pues ya no era necesario sobornar a los países para que se mantuvieran fuera del campo soviético.
Para los países en desarrollo que podrían considerarse estándard los resultados fueron estancamiento, mayores desigualdades económicas, desempleo creciente y una mayor cantidad de pobres. Los procesos de modernización económica y de reducción de la pobreza sufrieron. En África, el PIB per cápita cayó a una tasa promedio de 0.7% anualmente entre 1970 y 1995. La tasa media de crecimiento del PIB per cápita de países desarrollados entre 1980 y 1998 fue 0.0%, pero ninguna enmienda de las políticas del Consenso de Washington. Los años de 1980 se convirtieron en una década perdida para el desarrollo.
Claro, surgieron algunos puntos brillantes durante esos años: los países en desarrollo con un "alto nivel de desarrollo" -Taiwan, Corea y la mayor parte de América Latina- se volvieron democracias. Entre 1970 y 1990, la participación del comercio en el PIB se incrementó y la participación de exportaciones manufactureras de los países en desarrollo creció, excepto en países productores de petróleo. Chile, China, India y Vietnam incrementaron sus tasas de crecimiento substancialmente a través de reformas de mercado y de un crecimiento basado en las exportaciones que requieren mucha mano de obra, aunque con el costo de una floreciente desigualdad.
Pero la pobreza no fue la única herida inflingida en estos años. Los crecientes precios del petróleo crearon una aristocracia feudal extrarrica en los Estados del Golfo. La brecha entre los sheiks petroleros y el resto de la desafectada, privada del derecho al voto y casi desesperanzada población se hizo más amplia.
La modernización económica era prácticamente inexistente. Los incrementos significativos en la educación en combinación con una reducida creación de trabajos modernos y con una rápida migración de zonas rurales a urbanas, acrecentaron la intranquilidad política y social. Los regímenes petroleros eran opresivos, sofocaban la disidencia a través de la tortura, y eran mercenarios y corruptos. Sin embargo, gracias al petróleo no perdieron el apoyo de EU. No es para sorprenderse que algunos jóvenes árabes se radicalizaran.
Una reducida banda de ardientes Imams se apoderó de ese joven descontento. Recordando los logros de la cultura islámica en la Edad Media, ofrecieron un remedio infalible (en favor propio) para sacar a los musulmanes de la dependencia, la degradación y la miseria: el restablecimiento de Estados islámicos teocráticos que serían más puros y justos que los seculares. En gran parte ignorados por Occidente, crearon un movimiento fanático, totalitario, que no se detendría ante nada, ni siquiera ante la autoinmolación, para alcanzar sus metas.
¿Quiénes eran sus enemigos? Los líderes seculares que estaban a favor de la modernización (Nasser y Sadat en Egipto; el Shah de Irán); los intelectuales que pregonaban un orden secular justo y exponían los excesos del movimiento fundamentalista (Salman Rushdie); la reducida clase media de musulmanes moderados; las élites feudales, seculares; los infieles (musulmanes moderados, cristianos y judíos); y los poderes extranjeros que apoyaban a sus enemigos. Durante varias décadas, sus actividades se limitaron en gran parte a sus propios países. Cuando los gobiernos árabes se vieron limitados, exportaron su violencia hacia el oeste.
Por ahora, la guerra contra el terrorismo es la política de respuesta a la expansión del terrorismo islámico. En el largo plazo, es necesario hacer algo que vaya más allá de la respuesta militar. Creo que Occidente podría aprender mucho acerca de lo que puede hacer estudiando las políticas aplicadas en los dos únicos Estados musulmanes de desarrollo medio en el mundo: Túnez e Indonesia. Ambos lograron evitar ser presas del fundamentalismo islámico. El logro de Túnez es notable tomando en cuenta su proximidad a la frecuentemente violenta Algeria.
Ambos países combinaron los incrementos substanciales en la eduación secular con una rápida creación de trabajos manufactureros; enfatizaron en el desarrollo rural y en las exportaciones del tipo que requieren mucha mano de obra (labor-intensive); y buscaron un desarrollo rápido y equitativo.
El desarrollo equitativo de ese tipo es la única respuesta viable para los problemas del maldesarrollo del mundo musulmán. No proporciona una solución de corto plazo para el terrorismo por varias razones: no incluye una ideología lo suficientemente convincente para competir con el fundamentalismo, el cual ha capturado por lo menos dos generaciones del mundo musulmán. Una vez radicalizado, en rara ocasión se puede devolver al genio de la violencia a su botella utilizando medios civilizados.
La violencia surge cuando hay esperanza más que cuando las cosas ya no tienen esperanza. Nótese que los líderes terroristas no son la gente pobre e iletrada, y que los sospechosos comunes de entre los países que patrocinan el terrorismo no son los Estados árabes más pobres. En efecto, 1999, un año antes de que la actual Intifada palestina hiciera erupción, fue un buen año, económicamente hablando, para Gaza y Cis-Jordania.
Tristemente, la política de acción fuerte y directa parece ser la única respuesta inmediata para la violencia terrorista. Pero si la paz, una vez lograda, ha de mantenerse, el desarrollo genuino, más balanceado en cuanto a diversos aspectos del desarrollo, que brinde mayores beneficios a los pobres y que promueva la convergencia económica entre los países, debe convertirse en el objetivo de Occidente. Aunque tales políticas pueden tardar décadas en reducir el terrorismo islámico, quizá podrían prevenir la radicalización en otros países en desarrollo.


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