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El Israel postamericano

PARÍS –Israel es uno de los pocos lugares del mundo en los que George W. Bush puede ser recibido con auténtico entusiasmo e incluso afecto. Así, el presidente americano más impopular de la historia reciente disfrutó mucho con su reciente acogida triunfal en Jerusalén, donde fue el huésped de honor de la Conferencia Internacional ideada y preparada por el Presidente israelí Shimon Peres con ocasión del 60º aniversario de la creación del Estado judío.

El revisionismo histórico ocupaba uno de los primeros lugares del programa, en el que los Estados Unidos figuraban como el aliado que más fielmente ha apoyado a Israel desde 1948, pero, en realidad, George C. Marshall, Secretario de Estado de los EE.UU. intentó en 1948 impedir que el Presidente Harry Truman reconociera a Israel. Asimismo, la crisis de Suez de 1956, cuando los EE.UU. frustraron un plan conjunto franco-británico-israelí para tomar el Canal de Suez, fue presentada con una luz políticamente correcta, como también la compleja diplomacia de Kissinger durante la guerra de Yom Kippur de 1973.

Los abrazos y besos entre Bush, Peres y el Primer Ministro Olmert fueron innegablemente conmovedores, pero también preocupantes... y no sólo porque no figuraran apenas referencias serias a los palestinos en el programa. Se tenía la sensación de que era algo parecido al baile en el Titanic: la culminación de una asociación privilegiada a punto de derrumbarse, una gran gala por algo que estaba a punto de desaparecer.

No se trata sólo de una cuestión de dirigentes –Bush y Omert– a punto de retirarse. Más allá de la celebración de ocho años excepcionales de “amistad sin par” durante el período de Bush, también parecía claro que la relación especial de 41años iniciada con la guerra de los Seis Días en 1967, cuando los EE.UU. pasaron a ser el principal respaldo de Israel, podría estar tocando a su fin.

El próximo Presidente de los EE.UU, ya sea Barack Obama o John McCain, mantendrá con toda seguridad la estrecha alianza bilateral, pero no será lo mismo: aun cuando los Estados Unidos sigan siendo una nación indispensable, ya no serán la única. Mientras Bush estaba en Jerusalén, también estaba allí Lakshmi Mittal de la India, el rey de la industria mundial del acero. Si Bush era el presente efímero, Mittal representa el futuro incipiente, en el que los EE.UU. tendrán que compartir la influencia con potencias en ascenso como, por ejemplo, China, la India, Rusia, el Brasil y en algún momento, si sus miembros hacen lo que deben hacer, la Unión Europea.

De hecho, los israelíes ya están debatiendo el significado del surgimiento del “mundo multipolar” postamericano para la seguridad de su país. ¿De verdad sería algo tan malo o podría entrañar algún valor que lo salve?

Retrospectivamente, se puede ver el estrecho vínculo entre Israel y los Estados Unidos de Bush como una bendición a medias, una relación especial que contribuyó al deterioro del atractivo de los dos países. Puede que Israel no esté –y con razón– preparado para cambiar el apoyo de los EE.UU. por el de ninguna otra potencia, pero, por haber guardado durante tanto tiempo todos sus huevos en una sola cesta, los dirigentes israelíes tendrán ahora que contar en su adopción de decisiones no sólo con las preocupaciones e intereses americanos, sino también con los de otras potencias.

Así, el problema para Israel no es el de substituir el respaldo proporcionado por “300 millones de americanos”, como dijo Bush en Jerusalén, sino también sumarle el interés comprensivo de más de tres mil millones de chinos, indios, rusos y otros en el futuro de Israel en un Oriente Medio pacificado. No se trata tanto de una substitución de alianzas cuanto de la creación de un sistema complementario de seguridad.

En su intento de lograr el respeto y la legitimidad internacionales como partes interesadas y responsables en el sistema internacional en transformación, países como, por ejemplo, China, la India e incluso Rusia tienen un mayor interés en la estabilidad que en la confusión mundial. Para ellos, el Irán nuclear dirigido por el Presidente Mahmoud Ahmadinejad es más una amenaza que una carta que puedan jugar, aun cuando sus acciones hasta ahora respecto de ese país no siempre respondan a sus intereses estratégicos a largo plazo.

De hecho, a la hora de disuadir al Irán de la fabricación de armas nucleares –o, para el caso es lo mismo, presionar a Israel y a los palestinos (incluido Hamas) para llegar a una avenencia– un grupo de potencias como, por ejemplo, los EE.UU., China, la India y Rusia podrían obtener mejores resultados que una sola superpotencia encerrada en sus contradicciones y limitaciones.

Las ágiles sociedad y economía de Israel parecen perfectamente concebidas para la era postamericana de la mundialización política y económica. Cosa igualmente importante, Israel habrá de afrontar la realidad de la desesperación palestina, que la relación excepcional con los Estados Unidos le ha permitido oscurecer y rehuir durante demasiado tiempo.

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