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Las lecciones de la Perestroika, 20 años después

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2005-11-30

Veinte años después de que Mikhail Gorbachov señalara el arranque de la Perestroika, muchos lamentan el ritmo lento de las reformas en Rusia bajo el Presidente Vladimir Putin. Pero, ¿podría haber sucedido otra cosa? Esto no debe ser una sorpresa ya que las agitadas eras de Gorbachov y Yeltsin dejaron exhausto al país. ¿Quién puede culpar a los rusos de estar cansados de las reformas? Pero si Rusia quiere volverse a levantar, se necesitan más reformas. No obstante, antes de que inicie una nueva ronda, es necesario entender ciertos principios básicos de las capacidades políticas de Rusia.

La primera pregunta que cualquier aspirante a reformador ruso debe hacer hoy en día (y que no planteamos durante la perestroika de Gorbachov) es la siguiente: ¿está lista la sociedad para soportar los sufrimientos de corto plazo de las reformas, y qué tan dispuesta está a hacerlo? La experiencia de la perestroika resalta la importancia de esta pregunta.

La perestroika se dio en un momento único de la historia rusa. Las grandes reformas del pasado, incluyendo la liberación de los siervos en 1861, vinieron después de muchos años de discusiones entre occidentales, eslavófilos y otros. Las revoluciones de 1905 y 1917 también sucedieron en momentos en que esas discusiones habían terminado y todo el mundo sabía quién estaba de qué lado.

En efecto, alguna vez leí que el nombramiento de Stalin a su primer puesto clave en el partido fue una equivocación. Pero sigue siendo obvio que todo el partido sabía quién era Stalin. Cuando le confiaron la responsabilidad de llamar a la asamblea constituyente, los bolcheviques sabían lo que querían hacer con esa asamblea, ya que sabían que Stalin era alguien que no se detendría ante nada.

La perestroika fue distinta, porque el debate no había terminado; en efecto, había incontables debates acalorados sobre lo que Gorbachov debía hacer. Además, todas las épocas anteriores de reformas y revoluciones estaban conectadas con algún modelo histórico. La perestroika no tuvo tal precedente. La transformación del socialismo de Estado a la sociedad postindustrial nunca se había dado en otro lugar. Así, la perestroika sucedió en un vacío.

Ahora esa experiencia se está repitiendo. Varios líderes políticos de distintos partidos aparecen en las pantallas de las televisiones de Rusia, pero no hay una verdadera discusión nacional sobre cómo hacer que el país avance. No nos estamos dirigiendo hacia una opción alcanzada después de incontables discusiones.

La segunda lección de la perestroika se refiere al programa de reformas. Después de dos décadas de cambios sísmicos, Rusia aún no ha tenido un verdadero programa de reformas constructivas. Para utilizar una expresión moderna, no tenemos una hoja de ruta. Prácticamente todos saben lo que es inaceptable y lo que se debe eliminar. Pero sencillamente no sabemos qué es lo que debe remplazar aquello que se elimine.

Por supuesto, la salida del socialismo no tuvo precedentes. Era necesario destruir mucho de lo que el socialismo había construido. Pero se hizo utilizando consignas, no un programa de cambios que los rusos comunes y corrientes pudieran entender y adoptar. Todo lo que tenemos son discusiones interminables, no alternativas práctica sobre las cuales discutir y decidir.

Una razón por la que los debates sobre la reforma en Rusia son tan estériles es la falta de partidos políticos coherentes en el país. Durante la perestroika y la presidencia de Yeltsin, el legado fue un odio y un temor generalizados hacia el Partido comunista con toda su fuerza y poder. Este temor se extendió a todos los partidos y bloqueó el deseo de crear partidos poderosos. Pero esta suspicacia de los partido políticos por sí mismos significó que no hubo un cuerpo organizado a lo largo del país comprometido con llevar a cabo un programa de reformas consistente y bien pensado. En cambio, las reformas se decretaron desde arriba, sin ningún apoyo popular --y por lo tanto, sin durabilidad.

Todo lo que teníamos eran llamados directos a las masas en lugar del fomento de un consenso social genuino. Los métodos directos como ese son la fuente del autoritarismo. Debemos reconocerlo y entender que surgen no sólo cuando el público es apático o está asustado, sino también cuando no hay una vanguardia estable a la vista, como los partidos políticos poderosos que eligen a sus líderes y los controlan.

Como resultado, Rusia ahora se enfrenta a una situación en la que la elección del presidente es el único tema político. En realidad lo que Rusia necesita son organizaciones sociales y políticas independientes y poderosas que dijeran: en cualquier elección presidencial se debe hacer lo siguiente para dirigir la política, con lo que la pregunta de quién será el presidente se volvería secundaria. A este respecto, el reciente esfuerzo de Putin por lograr un mayor control del Estado sobre las organizaciones privadas es particularmente preocupante.

Pero la última y más vital lección de la perestroika tiene que ver con el ritmo de las reformas y las expectativas de la sociedad. Para decirlo de manera sencilla, el gobierno debe transigir con el pueblo. Sin embargo, tampoco puede reducir las reformas a la nada para congraciarse con las masas. Este es un camino difícil, pero es el único que vale la pena transitar.

En efecto, la perestroika y la década de reformas que le siguió demostraron que seguir simplemente las estructuras formales del modelo democrático occidental no es suficiente para que en Rusia las reformas se apliquen consistentemente. Este modelo, como lo hemos visto en Rusia, lleva a la democracia populista y las reformas tímidas. El país necesita un compromiso más profundo con las reformas que llegarán sólo cuando sus instituciones entablen con el pueblo ruso la clase de debate abierto que nos ha faltado. Debemos despedirnos de la democracia populista y adoptar aquello que la democracia siempre ha significado --la participación de todos los ciudadanos en la conducción de su gobierno.

Gavril Popov, ex alcalde de Moscú, es Presidente de la Universidad Internacional de Moscú.

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