En Calcuta, cuando un niño más pequeño quería participar en el juego al que jugábamos mis amigos y yo, lo dejábamos entrar, pero primero murmurábamos entre nosotros las palabras elé belé . Un elé belé es un jugador que cree que está participando, pero que en realidad no lo hace. Todos sabían que un gol que él marcara no contaba.
Como niño, dominar el cruel arte del elé belé era importante. Cuando llegaba un niño nuevo, acompañado por una madre sobreprotectora, con una simple mirada entre nosotros decretábamos que el muchacho sería un elé belé .
La técnica del elé belé también prospera en el mundo adulto. Todos podemos recordar situaciones colectivas de toma de decisiones (un comité seleccionador, un equipo de redacción de estatutos) donde algunos de los miembros eran elés belés . Todos hemos sido elés belés en algún momento, aunque no nos hayamos percatado de ello.
Lo que se aplica a niños y adultos también se aplica a las instituciones internacionales. En efecto, las organizaciones que están oficialmente comprometidas con involucrar a todas las naciones en sus procesos de toma de decisiones, frecuentemente están controladas por pequeños grupos de países poderosos, mientras que los demás sólo hacen como que participan. La Organización Mundial del Comercio (OMC), que supuestamente opera bajo el principio de un país un voto, de hecho tiene una agenda que fija tras bambalinas un pequeño grupo de naciones.
Actualmente es práctica común que las organizaciones internacionales publiquen informes para involucrar a los "interesados" y reflejar sus opiniones. Así, generalmente el informe en proceso de elaboración se pone en un sitio web y se solicitan sugerencias de todo el mundo: ONGs, sindicatos u otras organizaciones de la sociedad civil. Esto promueve un sentimiento de participación, pero como me dijo un amigo, experto en estas cuestiones, la clave al final es ignorar todos los comentarios recibidos y escribir el informe como si no hubiera sitio Web ni participación alguna.
La libre expresión de las opiniones tiene cada vez menor influencia o capacidad de limitar la manera de comportarse del gobierno. Veamos a los EU. La gente expresó su opinión libremente (en periódicos, en la televisión, en los grupos de chat en Internet) en cuanto a la guerra que George Bush planeaba en contra de Iraq. Nunca antes había habido tanta oposición a una guerra antes de que empezara. Sin embargo, la invasión se dio. Lo mismo pasó en Inglaterra y Australia, donde la oposición pública a la guerra no contó en absoluto.
Parte de lo que sucedió ( o mejor dicho, de lo que no sucedió) es admirable: casi no se hizo ningún esfuerzo para silenciar las críticas al gobierno, como sucede en China y muchos otros países dictatoriales. Pero las grandes democracias del mundo (los EU, India, Inglaterra y otras) se están haciendo cada vez más hábiles para no permitir que las opiniones libremente expresadas limiten la acción del gobierno. La actual guerra en Iraq es quizá la prueba más firme de ello.
Dejando de lado la inmoralidad de esta guerra (que sí es inmoral) quiero llamar la atención hacia esta creciente capacidad e inclinación de las democracias para "encargarse" de la opinión pública (es decir, neutralizarla). Han adoptado la estrategia elé belé : dejan que la gente crea que su opinión cuenta, que están participando en la toma de decisiones de su país, cuando en realidad la mantienen fuera del juego.
A medida que las democracias maduran obtienen más práctica en manejar la opinión, y en muchos casos, en formarla. Cada vez que Hans Blix hacía comentarios sobre las inspecciones de la ONU en Iraq que él estaba llevando a cabo, miembros de la administración Bush parafraseaban lo que Blix decía. Ese parafraseo cambiaba sutilmente los comentarios del inspector para favorecer los argumentos de Estados Unidos. Se esperaba que la repetición de comentarios alterados hiciera que la opinión de las masas se volcara en favor de la guerra.
Derrocar un régimen totalitario y organizar elecciones puede ser difícil, pero la tarea más dura es pasar de las votaciones al establecimiento de una democracia verdadera. Para la gente acostumbrada a vivir en un Estado totalitario, aprender lo que significa la participación no es fácil. De ahí la creencia popular de que las democracias, como el vino, mejoran con el tiempo.
Mientras que eso puede ser cierto, hay una desventaja de la madurez. Así como los ciudadanos en una democracia aprenden continuamente a participar, los gobiernos democráticos aprenden continuamente a salirse con la suya a pesar de la participación.
No sirve de nada negar que la participación cívica sirve con demasiada frecuencia únicamente para legitimar un engaño. Debemos reconocer y enfrentar este problema para evitar que las democracias establecidas se atrofien y para ayudar a las nuevas democracias a ser más efectivas. No sólo es moralmente condenable dejar que las naciones y las comunidades se sientan marginadas y sin voz; es una receta para la frustración, la ira y el terrorismo.


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