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A Window on Russia

El candidato Borgia a la presidencia de Rusia

Andrei Piontkovsky

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2007-08-30

En la última entrevista dada por Andrei Lugovoi, el hombre que Gran Bretaña desea extraditar de Rusia por envenenar al disidente Alexander Litvinenko con polonio radioactivo, hubo un momento notable que no ha sido apreciado en su totalidad. Lugovoi, todavía más bien esquivo pero con una inconfundible actitud de orgullo, mencionó que cuando es visto en público normalmente se encuentra rodeado de gente que quiere estrechar su mano, felicitarlo por su valentía y pedirle un autógrafo.

“¿Ha pensado en comenzar una carrera política?", preguntó el entrevistador. Lamentablemente el entrevistado no siguió hablando del tema. Es una pena, porque el estatus de Lugovoi en Rusia nos dice mucho acerca de mi país en el séptimo año del régimen del Presidente Vladimir Putin.

Tal vez resulte sorprendente el que Lugovoi no parezca preguntarse por qué está disfrutando de una recepción así de entusiasta por parte de sus compatriotas. ¿Están los rusos de la calle mostrando su solidaridad hacia una víctima injustamente acosada por el Ministerio Público Británico?

Eso parece poco plausible. ¿Desde cuándo los rusos piden autógrafos a las víctimas? Yo mismo he estado atrayendo la atención del Ministerio Público Ruso por varios meses ya y aún no he visto ningún gesto de apoyo público en la calle, para no hablar cazadores de autógrafos.

En Rusia, a alguien se le pide un autógrafo si es un héroe con todas las de la ley: un jugador de hockey, un astronauta, una prostituta de la alta sociedad o, como Lugovoi, un verdugo.

Parte de los aplausos a Lugovoi se deriva del hecho de que la lista de inenarrables crímenes cometidos por el último Alexander Litvinenko en el curso de su corta vida se hace más larga en los medios de comunicación rusos con cada día que pasa. Se trata de crímenes tan odiosos que cualquier ruso patriota y bien pensante no podría sino sentir ansias de que una persona así sea sometida a una medida suprema de retribución nacional. Sólo a uno de esos “patriotas” se le concedió el honor de llevar a cabo tal acción. Por eso es que a Lugovoi le piden autógrafos.

Por supuesto, no se debería pensar que esto significa que los patriotas que celebran la hazaña de Lugovoi hagan la concesión de que las acusaciones británicas son justas. La conciencia social del Homo Putinicus, meticulosamente sepultada por los propagandistas televisivos, es tal que el orgullo por la acción de Lugovoi y la indignación ante la infame campaña desatada contra él por quienes odian a Rusia pueden coexistir en el interior de los rusos de la calle sin que sientan la menor disonancia.

Evidentemente nos vemos enfrentados al misterio del pensamiento ruso, que ha probado ser tan insondable para los observadores externos, tan indoblegable ante cualquier herramienta de análisis, y sobre el que tanto han escrito los eslavófilos y euroasiáticos.

Sin embargo, veo en todo esto un giro práctico que nadie ha apreciado todavía. ¿No significaría la entrada de Lugovoi al mundo de la política una solución ideal para encontrar un heredero para Putin? Después de todo, esa búsqueda está amenazando dividir la elite de la nación. De modo que, ¿por qué no elegir a un hombre que, como Lugovoi, verdaderamente representa lo que esa elite es?

Comparemos dos potenciales candidatos presidenciales, Putin en 1999 y Lugovoi en 2007. Las similitudes son notables: los modestos orígenes, la formación en la KGB, el vocabulario del hampa, la mentalidad y el físico, la actitud implacable hacia “los enemigos del pueblo”. Los modales propios del submundo que ambos muestran van de la mano con este vivo interés por los negocios que es tan esencial para que continúen las “reformas liberales” en Rusia. Finalmente, existe la coincidencia adicional y muy decidora de que ambos hombres dependieron mucho del oligarca Boris Berezovsky al comienzo de sus carreras políticas y posteriormente se distanciaron de él.

Si pensamos en sus logros profesionales, el Lugovoi de 2007 parece llevar ventaja. Levar a cabo con éxito una operación de gran escala en el centro de Londres supera con mucho a un empleo de escritorio en la Casa de Amistad entre la RDA y la URSS en Dresden en los años de la perestroika y el colapso comunista.

¿Así es que tal vez no deberían los rusos poner en su corazón a este verdugo con rango de teniente coronel, del mismo modo como hace ocho años lo hicieran con otro teniente coronel de la KGB, Vladimir Putin? ¿Aceptaría el sibarita y trotamundos Lugovoi ceñirse la corona? Después de todo, manejar el Kremlin es un empleo lleno de desafíos. Todos hemos visto envecejer notablemente el rostro de Putin en los últimos ocho años.

Pero el rostro de Lugovoi también ha cambiado en los últimos ocho meses de conferencias de prensa. El que antes era un cauteloso don nadie se ha vuelto más brioso. Es la cara de la nueva Rusia de Putin, de una engreída Rusia que “ya ha dejado de estar de rodillas” y se apresta a desenfundar la pistola.

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AUTHOR INFO

Andrei Piontkovsky is a Russian political scientist and a visiting fellow at the Hudson Institute in Washington, DC.