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El costo ético del arte muy cotizado

MELBOURNE – El mes pasado en Nueva York, Christie’s vendió arte contemporáneo y de la posguerra por valor de 745 millones de dólares, la mayor cantidad jamás alcanzada en una sola subasta. Entre las obras más cotizadas figuraban pinturas de Barnett Newman, Francis Bacon, Mark Rothko y Andy Warhol, cada una de las cuales se vendió por más de 60 millones de dólares. Según el New York Times, los coleccionistas asiáticos desempeñaron un papel importante en el aumento de los precios.

No cabe duda de que algunos compradores consideran sus adquisiciones una inversión, como los valores bursátiles, la propiedad inmobiliaria o los lingotes de oro. En ese caso, que el precio que pagaron fuera excesivo o módico dependerá de lo que el mercado esté dispuesto a pagar por la obra en una fecha futura.

Pero, si el beneficio no es el motivo, ¿por qué habría de querer alguien pagar decenas de millones de dólares por obras como ésas? No son bellas ni demuestran una gran destreza artística. Ni siquiera son inhabituales dentro de las obras de esos artistas. Haga el lector una búsqueda de imágenes de Newman” y verá muchas pinturas con barras verticales de colores, por lo general separadas por una línea fina. Al parecer, una vez que Newman tenía una idea, le gustaba realizarla con todas sus variaciones. El mes pasado, alguien compró una de esas variaciones por 84 millones de dólares. Una imagen pequeña de Marilyn Monroe obra de Andy Warhol –también hay muchas de ésas– se vendió por 41 millones de dólares.

Hace diez años, el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York pagó 45 millones de dólares por una pequeña Madonna y el niño de Duccio. Posteriormente, en The Life You Can Save, escribí que había cosas mejores que habrían podido hacer con su dinero los donantes que financiaron la compra. No he cambiado de opinión al respecto, pero la ejecución de la Madonna del Metropolitan es hermosa y tiene 700 años de antigüedad. Duccio es una figura importante que trabajó durante un decisivo período de transición en la historia del arte occidental y pocas de sus pinturas han sobrevivido. Nada de eso es aplicable a Newman o a Warhol.

Sin embargo, tal vez la importancia del arte de la posguerra radique en su capacidad para poner en entredicho nuestras ideas. Jeff Koons, uno de los artistas cuya obra estuvo en venta en Christie’s, expresó firmemente esa opinión. En una entrevista de 1987 con un grupo de críticos de arte, Koons se refirió a la obra vendida el mes pasado llamándola “la obra de ‘Jim Beam’ ”. Koons había exhibido esa obra –un enorme tren de juguete de acero inoxidable lleno de bourbon– en una exposición titulada “Lujo y degradación”, que, según el New York Times, era una crítica de “la superficialidad, el exceso y los peligros del lujo en el presuntuoso decenio de 1980.”

En la entrevista, Koons dijo que la obra de Jim Beam “recurría a las metáforas del lujo para definir la estructura de clases”. Entonces la crítica Helena Kontova le preguntó cómo se relacionaba su “intención sociopolítica” con la política del entonces Presidente Ronald Reagan. Koons respondió: “Con el reaganismo, la movilidad social está desplomándose y, en lugar de una estructura compuesta de niveles de renta baja, media y alta, nos hemos quedado sólo con la baja y la alta... Mi obra se opone a esa tendencia”.

¡El arte como crítica del lujo y del exceso! ¡El arte como oposición al abismo en aumento entre los ricos y los pobres! Qué noble y valiente resulta eso, pero la mayor potencia del mercado del arte es su capacidad para cooptar cualquier exigencia que una obra de arte exprese y convertirla en otro bien de consumo para los más ricos. Cuando Christie’s sacó a subasta la obra de Koons, se vendió el tren de juguete lleno de bourbon por 33 millones de dólares.

Si los artistas, los críticos de arte y los compradores de obras de arte tuvieran el menor interés en reducir el abismo en aumento entre los ricos y los pobres, pasarían algún tiempo en países en desarrollo y con artistas indígenas, donde el gasto de unos miles de dólares en la compra de obras podría significar un cambio en el bienestar de aldeas enteras.

Nada de lo que he dicho aquí va encaminado a negar la importancia de la creación artística. El dibujo, la pintura y la escultura, como el canto y la interpretación de un instrumento musical, son formas importantes de autoexpresión y nuestras vidas serían más pobres sin ellos. En todas las culturas y en toda clase de situaciones, las personas producen arte, aun cuando no puedan satisfacer sus necesidades físicas básicas.

Pero no necesitamos compradores de obras artísticas que paguen millones de dólares para alentar a las personas a hacerlo. En realidad, no sería difícil sostener que unos precios por las nubes ejercen una influencia corruptora en la expresión artística.

En cuanto a la razón por la que los compradores pagan esas sumas extravagantes, supongo que piensan que poseer obras originales de artistas muy conocidos realzará su categoría. En ese caso, puede constituir un medio para provocar un cambio: una nueva definición de la categoría conforme a pautas más éticas.

En un mundo más ético, gastar decenas de millones de dólares en obras de arte sería bajar de categoría, no realzarla. Semejante comportamiento haría que la gente se hiciera esta pregunta: “En un mundo en el que más de seis millones de niños mueren todos los años por falta de agua potable o de mosquiteras o porque no han sido inmunizados contra el sarampión, ¿no podrían hacer algo mejor con su dinero?”

Traducido del inglés por Carlos Manzano.