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La corta marcha del populismo en Europa Central

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2005-11-10

Un espectro se cierne sobre los nuevos miembros de la Unión Europea en Europa central, el espectro del nacionalismo populista. El Partido de la Ley y la Justicia (PiS) acaba de ganar las elecciones parlamentarias y presidenciales en Polonia, mientras que fuerzas populistas y nacionalistas podrían ganar en las elecciones que se celebrarán el año próximo en Hungría, la República Checa y Eslovaquia.

Estos son acontecimientos de suma importancia. Durante 15 años Europa central ha sido el estudiante modelo de la democratización. Ahora, según el ex Presidente checo Vaclav Havel, la región podría quedar atrapada en una "atmósfera sofocante". Incluso el propio sucesor de Havel, Vaclav Klaus ataca el multiculturalismo y el declive del Estado-nación europeo tradicional. ¿Qué pasó?

Paradójicamente, la UE --a la que se ve como garantía de estabilidad y progreso-- es en sí misma parte del problema. Atraídos por la promesa de la membresía, los países que ingresaron a la UE el año pasado atravesaron 15 años de cambios sociales, económicos, jurídicos y políticos cuya envergadura no tiene precedentes en la historia moderna europea. Las instituciones públicas se modernizaron aceleradamente, se adoptó la democracia política y se creó una economía de mercado estándar. Pero se ejerció una enorme presión sobre la gente común para que se ajustara de manera rápida y en ocasiones dolorosa.

Mientras la membresía en la UE fue sólo una meta, tuvo un efecto disciplinario sobre las élites políticas de la región. De hecho, ahora parece que la promesa de la membresía en la UE fue un medio más eficaz de promover las reformas que la membresía misma: las aspiraciones, a diferencia de la membresía, le dieron a la UE una influencia política mucho mayor.

Ciertamente Polonia, la República Checa, Hungría y Eslovaquia han considerado con razón su adhesión a la UE como un acto de emancipación política, y han comenzado a afirmarse como iguales políticos. Al mismo tiempo, los partidos políticos que condujeron a su país hacia la UE se vieron presionados porque se les asoció con las reformas dolorosas.

Esto allanó el camino para los políticos que traían un mensaje sencillo: nuestros países ya están hartos del tutelaje de Occidente y de apretarse el cinturón; ha llegado el momento de regresar a nuestros valores e intereses nacionales. Algunos advirtieron incluso antes de la adhesión a la UE que sus naciones podrían perder su identidad. Como dijo el Presidente Klaus, la República Checa podría "disolverse en la UE como un terrón de azúcar en una taza de café".

Tomas G. Masaryk, el primer presidente de Checoslovaquia después de que fue establecida en 1918, solía decir que su país era una democracia, pero "hasta ahora, sin demócratas". Havel piensa de manera similar cuando advierte de los nacientes peligros del nacionalismo y el populismo en la región. En su opinión, los "viejos" patrones subyacentes en la conducta política (algunos de ellos legado de la era precomunista) quedaron relegados temporalmente a un segundo plano por la ola de liberalismo cívico pro-occidental que siguió al colapso del comunismo en la región. Ahora los viejos patrones de conducta política están volviendo al primer plano.

Pero también hay evidencias de que Havel tiene razón al afirmar que el resurgimiento de esos patrones representa simplemente una "cruda" de los 15 años de reformas continuas --y frecuentemente traumáticas.

A diferencia de lo que sucedió antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando el auge del autoritarismo en Alemania socavó los intentos de democratización, ahora los países de la región están plenamente integrados en una red de democracias occidentales sumamente estables. Las tentativas de los partidos políticos de crecer sobre la base del nacionalismo, la xenofobia y el populismo pronto se enfrentarán a los límites establecidos por la Unión Europea y otras organizaciones internacionales.

Por ejemplo, las promesas del PiS de restablecer la pena de muerte y regresar a Polonia a sus raíces cristianas conservadoras violan las normas de la Unión Europea y del Consejo de Europa. Se puede predecir con un alto grado de certeza que la "Cuarta República" polaca que al PiS le gustaría formar tendrá que aceptar el limitado espacio que hay en Europa para las visiones mesiánicas y el "fundamentalismo cristiano".

Lo mismo sucede con el nacionalismo de Klaus; puede atraer a una parte popular del provincialismo checo, pero incluso si el conservador Partido Cívico Democrático que Klaus fundó gana las elecciones parlamentarias el próximo año, la membresía en la Unión Europea mitigará las ambiciones nacionalistas. Los populistas de izquierda en Eslovaquia, representados por el Partido Smer (Dirección) de Robert Fico, que está arriba en las encuestas de opinión para las elecciones del año próximo, seguramente llegarán a una conclusión similar.

El Partido Fidesz de Viktor Orban, que podría ganar las elecciones húngaras en la próxima primavera, es un ejemplo particularmente ilustrativo. A mediados de los años 1990, antes de convertirse en el partido en el gobierno, fomentó abiertamente los sentimientos nacionalistas y populistas para ganar votos. Pero para cuando su gobierno fue remplazado en 2002 por la administración actual encabezada por los socialistas, el registro de Fidesz era más bien pro europeo.

En otras palabras, mientras que las fuerzas populistas-nacionalistas bien podrían crecer el siguiente año -incluso aliándose entre ellas mismas, como el PiS con partidos de extrema derecha para ganar apoyo a sus políticas- es poco probable que Europa Central regrese al nacionalismo virulento por el que alguna vez fue tristemente célebre. Havel tiene razón al decir que la región se recuperará después de su "cruda" política. Pero, como pasa con las "crudas" verdaderas, no será un bonito espectáculo.

Jiří Pehe, ex asesor político en jefe del ex Presidente Vaclav Havel, es analista político y director de la New York University en Praga.

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