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Paz o veneno

HAIFA – Al contrario de lo que muchos esperaban, el fin de la Segunda Guerra Mundial y el choque provocado por las atrocidades nazis, no significó el fin de la guerra y el genocidio. En efecto, las décadas que le siguieron estuvieron llenas de conflictos sangrientos en los que poblaciones enteras fueron asesinadas. Recordemos la guerra civil de Angola, la masacre de millones de camboyanos a manos del Khmer Rouge, las guerras tribales de Ruanda, la sangrienta desintegración de Yugoslavia y el exterminio de cristianos en Sudán meridional. Tampoco debemos olvidar los crímenes estalinistas contra los pueblos del ex imperio soviético.

Con todo, hay algo único en el Holocausto que hizo que las Naciones Unidas lo seleccionaran y le dedicaran un día especial para su conmemoración. La diferencia no radica solamente  en el número abrumador de víctimas y el salvajismo con el que se cometió, sino también en la ausencia de motivos usuales que se ven en otras masacres y genocidios.

Los nazis no mataron a los judíos porque querían su territorio –los judíos no tenían ninguno, o porque los judíos eran seguidores de una fe religiosa rival –los nazis y sus secuaces eran ateos y enemigos de cualquier religión. Aún menos los mataron por sus diferencias ideológicas –los judíos no tenían una ideología “judía” particular. Tampoco los exterminaron para tomar sus pertenencias –la mayoría de los judíos eran pobres, y aquéllos que poseían algo probablemente lo habrían dado sin pensar para salvar sus vidas.

Los nazis veían a los judíos como una cepa de “microbios”, y fue por esta razón que querían destruirlos de forma tan brutal y meticulosa. El Holocausto nació por un mecanismo absurdo y alucinante que asociaba a los judíos con una amenaza congénita inventada, y ello originó un odio intenso, desquiciado e irracional. Es un odio que no desapareció con el nazismo, y que todavía, después de 65 años de la liberación de Auschwitz, puede percibirse en manifestaciones aterradoras.

Por consiguiente, el mundo debe estar alerta para que este odio no vuelva a despertar y dirigirse a los judíos u otros pueblos. Los líderes de Israel, en particular, han tratado de reforzar sus defensas contra el antisemitismo que aún persiste en el mundo. Es por ello que han tratado de obtener apoyo político frente a las ambiciones nucleares de Irán, que amenaza a Israel periódicamente, y algunas veces proclama su deseo de desaparecerlo de la faz de la tierra.

Irán no es la Alemania nazi. Su régimen político, su ideología y su potencial económico y militar son muy diferentes de los del régimen de Hitler. El Israel moderno tampoco es como las comunidades judías débiles del pasado que estaban dispersas por toda Europa.

Con todo, los dirigentes de Irán han adoptado una oposición extraña y total a la mera existencia de Israel, una postura que puede revivir el mismo mecanismo vil que condujo al odio genocida del Holocausto. Si Irán consigue armas nucleares, podría, al igual que la Alemania nazi, caer en una locura asesina, que amenazaría provocar un desastre para Israel.

¿Qué podría hacerse para prevenir ese escenario? Las sanciones de la comunidad internacional contra Irán no son garantía de que sus líderes desistirán en el desarrollo de armas nucleares. Además, cualquier intento de destruir militarmente el potencial nuclear de Irán podría meter a Israel en una lucha prolongada y agotadora que podría unir a todos los enemigos del Estado judío. Lo desolador de estas alternativas ha hecho que muchos piensen que la manera más conveniente y más moral de neutralizar la amenaza que supone Irán sería que Israel firmara un acuerdo de paz con los palestinos.

El mes pasado, durante una oración pública en Ramallah, el ministro palestino de Religión, Mahmoud Habash, pronunció un discurso que da esperanza a los proponentes de esta solución. Ante las cámaras de televisión y en presencia de los altos dirigentes de la Autoridad Palestina, criticó severamente la intromisión de Irán en el conflicto israelí-palestino.

Esencialmente, lo que dijo a los iraníes fue lo siguiente: “¿Por qué están entrando en este conflicto? No necesitamos su protección o apoyo. En lugar de ayudarnos a nosotros y a los israelíes a lograr una solución aceptable para todos –dos Estados para dos pueblos- hacen todo lo posible para exacerbar el conflicto. Por sus propias razones que no tienen nada que ver con nuestra lucha, ustedes fomentan el extremismo de Hamas y por ende, provocan la reacción violenta de Israel, con lo que agravan nuestro sufrimiento y nos alejan de la solución que todos queremos. Ningún soldado iraní ha derramado jamás sangre por nuestro pueblo de la manera que lo hicieron los soldados de Egipto y Jordania, y sin embargo, sus gobiernos posteriormente firmaron acuerdos de paz con Israel.”

Los líderes palestinos saben que si alguna vez Irán llega a lanzar un ataque nuclear contra Israel, su pueblo sufriría terriblemente también. Por otro parte, la paz entre Israel y los palestinos podría neutralizar el veneno del odio iraní y romper el mecanismo político alucinante que identifica a Israel con el mal absoluto –“el pequeño Satán” que debe ser aniquilado a cualquier precio.

La conclusión del conflicto israelí-palestino sería mucho más efectiva que cualquier acción militar. Un frente unido de los israelíes y los palestinos podría empujar al pueblo iraní, que  hasta hace poco mantenía buenas relaciones con el Estado judío, a rebelarse contra la locura que parece haberse apoderado de sus dirigentes. En contraste, la acción militar israelí o estadounidense contra Irán correría el riesgo de empeorar la situación, prolongando e intensificando el sufrimiento en esta región muy sensible del mundo.

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