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Los beneficios del diálogo económico estratégico entre

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2007-12-08

por Henry M. Paulson

Como reconocimiento de la importancia y la complejidad de la relación económica entre los Estados Unidos y China, en septiembre de 2006 el Presidente George W. Bush y el Presidente Hu Jintao crearon el “diálogo económico estratégico” entre nuestros países. Su intención no era la de substituir los numerosos diálogos económicos ya existentes, sino crear un foro de alto nivel que fuera a un tiempo completo y estratégico, un foro que también infundiese confianza a ambas partes al mostrar los avances en relación con las cuestiones inmediatas que afrontamos.

El diálogo económico estratégico ha logrado avances importantes con vistas a la consecución de esos objetivos. Los EE.UU y China han cimentado relaciones más sólidas y han establecido cauces de comunicación que antes no existían. Esas innovaciones han contribuido a mantener la relación económica EE.UU-China con normalidad, incluso en momentos de tensión. Como tenemos un marco para los debates a alto nivel, podemos –y así lo hacemos– tomar el teléfono y hablar.

La próxima reunión del diálogo económico estratégico, que se celebrará en Beijing, se centrará en cinco sectores: integridad del comercio y la inocuidad de los productos; desarrollo económico equilibrado, incluida la reforma del sector financiero; eficiencia y seguridad energéticas; sostenibilidad medioambiental; e inversión bilateral. La reunión se produce en un momento delicado, cuando un nuevo grupo de dirigentes pasan a ocupar la cúpula del poder, y se ha ampliado el programa para incluir la inocuidad de los alimentos y los productos, la eficiencia y la seguridad energéticas y la sostenibilidad medioambiental. Esas cuestiones tienen consecuencias profundas para los lazos económicos.

Los consumidores deben tener confianza en la inocuidad de los productos que compran, ya sean de producción nacional o procedentes del extranjero. La gestión por parte de China de las cuestiones de inocuidad de los alimentos y los productos tendrá repercusiones a largo plazo en las relaciones comerciales, en la sostenibilidad de la estrategia de crecimiento de China y en su mayor integración en el sistema comercial mundial. Los organismos estatales de los EE.UU. y de China están colaborando para abordarlas.

Asimismo, para nuestros dos países una mayor eficiencia y seguridad energética depende de las señales dadas por los precios en el mercado, la tecnología, la innovación y fuentes energéticas diversificadas. La Alianza Mundial para la Energía Nuclear,  el desarrollo del carbón limpio mediante FutureGen y las auditorías  de la eficiencia industrial representan algunos de los sectores más productivos de la cooperación actual.

También alentamos la participación activa de China en las gestiones de la Reunión de las Economías Principales para crear un marco posterior a 2012 con vistas a la reducción de los gases que provocan el efecto de invernadero. Me gustó ver que una gran empresa energética china, Shanghai Electric, indicó recientemente el apoyo público a unas importantes reducciones de las emisiones de dichos gases.

Una cuestión apremiante –para los EE.UU., China y la economía mundial– es la decisión de este último país de adoptar una política más flexible en materia de tipos de cambio. China está reformando su política, como parte del paso a un tipo de cambio más determinado por el mercado. En el año pasado, el renminbi se apreció un seis por ciento, pero el ritmo no es lo suficientemente rápido para reducir el superávit comercial mundial de China, sus desequilibrios internos o las presiones del mercado de divisas.

Una divisa más flexible resulta particularmente importante ahora, cuando el riesgo de inflación está aumentando en China. Una mayor flexibilidad de la divisa permitiría al Banco Central de China usar la política monetaria para reforzar la estabilidad financiera y de los precios de China. Como subrayó recientemente el Primer Ministro Wen Jiabao, ahora China debe adoptar medidas amplias para controlar la inflación en aumento, las burbujas de activos cada vez mayores y una economía recalentada. Nosotros compartimos esas preocupaciones.

En la relación entre los Estados Unidos y China, el tipo de cambio del renminbi ha pasado a ser una piedra de toque para preocupaciones más generalizadas sobre la competencia de China. A medida que avanza la mundialización y las economías pasan a estar más estrechamente integradas, las preocupaciones por los efectos de la competencia extranjera –mediante el comercio o mediante la inversión extranjera– han alimentado el nacionalismo económico y las opiniones proteccionistas.

Los americanos ya han pasado por esa clase de debate. Hace veinte años, estábamos atenazados por el miedo a que el Japón superara nuestra predominante posición económica… preocupación carente de fundamento entonces y que retrospectivamente parece profundamente equivocada.

Los Estados Unidos siguen a la cabeza del mundo en nivel de vida, productividad e innovación. El continuo crecimiento económico de China y su integración en la economía mundial brinda a los EE.UU mayores oportunidades incluso de crecer y triunfar. El mayor riesgo para la prosperidad tanto de los EE.UU como de China es el de que el crecimiento de China se estanque o que este país se retire de una mayor integración mundial y aplique reformas demasiado despacio.

De hecho, también en China está aumentando el nacionalismo económico. Algunos chinos sospechan que la insistencia de los EE.UU. en la apreciación del renminbi y la liberalización del mercado financiero es, en realidad, un intento de conseguir ventajas comerciales, crear beneficios para las empresas americanas y aminorar la expansión económica de China. Creen erróneamente que la apreciación del yen a mediados del decenio de 1980  causó la debilidad económica del Japón en el decenio de 1990. En realidad, ahora sabemos que las dificultades económicas del Japón se debieron al crecimiento y su posterior hundimiento de una enorme burbuja de activos y la inaplicación de la política monetaria para prevenir la deflación después del estallido de la burbuja.

La liberalización financiera no consiste en que las empresas extranjeras abran agujeros en la economía de China. La participación extranjera en el sector financiero aporta la experiencia necesaria para contar con una mayor eficiencia en materia de instrumentos de ahorro, gestión del riesgo y asignación de capital, pero para usar dicha experiencia, el activo más valioso de que dispone una institución financiera mundialmente competitiva, los inversores deben controlar las operaciones de las empresas en las que tengan participación. Ésa es la razón por la que los límites impuestos por China a la inversión extranjera en instituciones financieras chinas tienen un gran costo para la economía china y por las que aumentar dichos límites es importante…

También hay en China quienes sostienen que la insistencia de los EE.UU. en la inocuidad de los productos y los alimentos forma parte de una estrategia para limitar las importaciones chinas y reducir el déficit comercial bilateral. Ese argumento carece de fundamento real. Muchos otros países, en particular los miembros de la Unión Europea, comparten nuestras preocupaciones.

Por último, después de acoger con satisfacción la inversión extranjera, que ha contribuido en gran medida al crecimiento de las manufacturas chinas y la competitividad de sus exportaciones, algunos en China desean incrementar las restricciones de la inversión extranjera para proteger las industrias nacionales de China. Los EE.UU. afrontan presiones similares, pese a que somos una de las economías más abiertas del mundo, pero ninguno de los dos países puede proteger su vía a la prosperidad: el proteccionismo perjudica el desarrollo industrial de China y nuestras gestiones para crear relaciones comerciales más fuertes.

Yo estoy comprometido con el propósito de mantener la apertura económica, porque es bueno para los Estados Unidos y para nuestros trabajadores, pero, francamente, será más fácil hacerlo si el público americano y el Congreso de los EE.UU. ven que China está decidida en serio a aplicar reformas y ampliar el acceso a sus mercados.

El diálogo económico estratégico es un instrumento valioso para luchar contra las opiniones proteccionistas. En ese y otros diálogos bilaterales, los EE.UU. han demostrado que acogen con satisfacción y fomentan el ascenso de una China próspera y estable. Apoyamos la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio, al Banco Interamericano de Desarrollo y al Grupo de Acción Financiera Internacional. Apoyamos –para China y otros mercados en ascenso y rápido crecimiento– unos mayores derechos de voto en el FMI y en el Banco Mundial, pero el Gobierno de China debe reconocer que, si bien una mayor participación redunda en beneficio de China, también entraña mayores responsabilidades.

Los acuerdos que hemos logrado hasta ahora son como señales que muestran los avances por la vía de la prosperidad económica mutua. Si bien éstos no han sido todo lo rápidos que nos gustaría, dichas señales indican la vía con vistas a la consecución de mayores beneficios tanto para los americanos como para los chinos. Un retroceso pondría en peligro los intereses estratégicos a largo plazo de los dos países por la conveniencia política a corto plazo.

Henry M. Paulson es Secretario de Hacienda de los Estados Unidos.

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