The Frontiers of Growth
Un aplauso ahogado para Ben Bernanke
Thomas I. Palley
WASHINGTON, DC – La nominación por parte del Presidente Barack Obama de Ben Bernanke para un segundo período como Presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos representa una decisión sensata y pragmática, pero no es nada para celebrar. En lugar de ello, debería ser una ocasión para reflexionar sobre el papel del pensamiento ideológico colectivo entre los economistas, incluido Bernanke, y cómo eso ha contribuido a la crisis financiera y económica global.
La decisión de nombrar a Bernanke es sensata en dos aspectos. Primero, las economías estadounidense y mundial siguen sumidas en la recesión. Si bien puede que ya haya pasado lo peor en términos de que se ha evitado un colapso evidente, la economía sigue vulnerable. Por eso, tiene sentido evitar el riesgo de un golpe a la confianza que pudiera generar una nueva caída.
En segundo lugar, Bernanke es el mejor entre sus pares. Finalmente llegó a entender la gravedad y la naturaleza de la crisis, y luego dio pasos decisivos que contribuyeron a detener la caída libre de la economía. Esos antecedentes, combinados con dudas de que cualquiera de sus colegas pudiera haberlo hecho mejor, significan que no tiene mucho sentido reemplazarlo por otro candidato convencional.
Estos dos factores justifican el renombramiento de Bernanke, pero las escasas alabanzas son indicadoras de los problemas más profundos que ha expuesto su dirección, relacionados con el estado de la economía y la asesoría sobre políticas económicas.
Uno de esos problemas es el veto implícito de Wall Street sobre la Fed. Después de todo, una razón importante de renombrar a Bernanke es evitar que los mercados financieros se vean afectados negativamente. Esto explica también por qué sus únicos rivales provienen de su grupo de pares, las únicas personas a quienes los mercados financieros estarían dispuestos a aceptar.
En los años 90, aplacar los mercados financieros también se invocó como razón para justificar el renombramiento del predecesor de Bernanke, Alan Greenspan, y hoy se argumenta constantemente para bloquear cambios en la Fed y otros bancos centrales. De hecho, los mercados financieros han establecido un veto implícito sobre gran parte de la política económica y quienes pueden desempeñar cargos importantes para la definición de ésta, y ha llegado el momento de pensar en cómo podemos librarnos de esa camisa de fuerza.
Un segundo problema tiene relación con el estado de la economía. Aunque puede que Bernanke sea el mejor entre sus pares, el hecho es que la crisis económica demostró que estaban equivocados. Como grupo, se unieron a las adulaciones a Greenspan, a quien un importante economista proclamó "el más grande banquero central que jamás haya existido". Casi sin excepciones, los economistas convencionales no previeron la crisis, e incluso los pocos que sí lo hicieron se equivocaron acerca de la lógica y el desarrollo de los acontecimientos.
Por su parte, Bernanke encabezó la carga intelectual contra la política enfocada en la inflación por parte de los bancos centrales, argumentando que establecer un objetivo inflacionario anual era un marco suficiente para la política monetaria. Este tipo de pensamiento contribuyó a la falta de examen de los mercados crediticios y de activos, promovió el desdén intelectual hacia la regulación, y estimuló los excesos del laissez-faire, porque la creencia macroeconómica en la suficiencia de establecer objetivos inflacionarios iba lógicamente a la par con la creencia microeconómica de que los mercados crediticios se cuidarían a sí mismos. En palabras de Greenspan, el "propio interés de las instituciones crediticias" protegería a los accionistas y a la economía de los excesos del crédito.
Este pensamiento explica por qué la Fed, bajo la dirección de Bernanke, demostró tanta lentitud en responder a la crisis, que comenzó en agosto de 2007 pero no generó una respuesta completa y coherente sino hasta noviembre de 2008. Ciertamente, la Fed habría reaccionado antes si no hubiera estado permeada por un modelo bancario más propio de los años 50.
La Fed, ciega al papel del sistema bancario en las sombras, no comprendió cómo esta implosión socavaría el sistema bancario tradicional. Sencillamente, no cayó en cuenta de la significación de las grandes carteras de los bancos tradicionales de activos a valor del mercado y su propia participación en la banca en las sombras a través de "vehículos de inversión estructurados" que no constaban en las hojas de balance.
Cualquier evaluación desapasionada del pensamiento de la Fed antes de la crisis -y una vez que ya se encontraba bien metida en ella- demuestra que no comprendió la lógica económica de su propio dominio, los mercados bancarios y financieros. Más aún, la Fed promovió la profundización de las opiniones económicas acerca de la desregulación y la naturaleza autoestabilizante de los mercados, nociones que la crisis ha desacreditado.
Aunque las circunstancias señalan que Bernanke es el mejor candidato y se debe volver a nombrar en el cargo, el verdadero reto es asegurar una completa limpieza intelectual en la Fed con el fin de abrir espacios para visiones económicas alternativas. El gran peligro es que volver a nombrar a Bernanke se interprete como una luz verde para un status quo fracasado.
Aquí es donde cobran importancia las audiencias de confirmación de Bernanke en el Senado y el debate público en torno al tema. Estas audiencias darán la ocasión para un examen crítico de lo que no funcionó, y por qué. Si eso ocurre, el renombramiento de Bernanke puede gatillar un cambio constructivo en lugar de un visto bueno a un paradigma desacreditado.
Copyright: Project Syndicate, 2009.
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Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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