Frontiers of Growth
Muerte por renmimbi
Thomas I. Palley
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WASHINGTON, DC – A lo largo de las últimas semanas, la depreciación del dólar frente al euro y el yen ha acaparado la atención mundial. En un mundo normal, se debería acoger con agrado el debilitamiento del dólar, pues ayudaría a los Estados Unidos a reducir su insostenible déficit comercial, pero, en un mundo en el que China mantiene vinculada su divisa al dólar con una paridad infravalorada, la depreciación del dólar podría provocar un daño económico mundial que complicaría aún más la recuperación de la actual recesión mundial.
Hace mucho que es necesario un realiniamiento del dólar. Su supervaloración comenzó con la crisis del peso mexicano de 1994 y fue consagrada oficialmente por la política de “un dólar fuerte” adoptada después de la crisis financiera del Asia oriental de 1997. Dicha política produjo aumentos del consumo a corto plazo para los Estados Unidos, lo que explica por qué fue popular entre los políticos americanos, pero a largo plazo ha causado un importante daño a la economía de los EE.UU. y ha contribuido a la crisis actual.
El dólar supervalorado hizo que la economía de los EE.UU. tuviera una hemorragia de gasto en importaciones, puestos de trabajo mediante la contratación externa e inversión en países con divisas infravaloradas. En la actual era de la mundialización, caracterizada por redes de producción flexibles y móviles, los tipos de cambio no afectan sólo a las exportaciones y las importaciones, sino también a la localización de la producción y la inversión.
China se ha beneficiado mucho de la política americana de un dólar fuerte, al que vinculó su propia política de “un renmimbi débil”. A consecuencia de ello, el superávit comercial de China con los EE.UU. aumentó de 83.000 millones de dólares en 2001 a 258.000 en 2007, justo antes de la recesión. En lo que va de 2009, el superávit de China ha representado el 75 por ciento del déficit comercial total de los EE.UU., excluido el petróleo. El infravalorado renmimbi ha convertido a China en una importante receptora de inversión extranjera directa, hasta el punto de ocupar el primer puesto mundial en 2002, logro asombroso para un país en desarrollo.
La magnitud de los déficits comerciales recientes de los EE.UU. ha sido siempre insostenible, razón por la cual el dólar ha perdido valor frente al yen, el euro, el real brasileño y los dólares australiano y canadiense, pero China mantiene su política de tipo de cambio infravalorado, por lo que el renmimbi se ha apreciado relativamente menos frente al dólar. Esa tónica, combinada con un rápido aumento de la capacidad manufacturera de China, anuncia una nueva ronda de desequilibrios mundiales.
La política de China crea una competencia que la enfrenta al resto del mundo. Al mantener una divisa infravalorada, China impide a los EE.UU. reducir su déficit comercial bilateral. Además, no se trata sólo de un problema de los Estados Unidos. Su política monetaria brinda a China una ventaja competitiva frente a otros países, lo que le permite desplazar las exportaciones de éstos a los EE.UU.
Peor aún: otros países cuyas divisas se han apreciado frente al renmimbi pueden esperarse una invasión de importaciones chinas. La política monetaria de China significa que, en lugar de mejorar el equilibrio comercial de los Estados Unidos y restañar su goteo de puestos de trabajo e inversión perdidos, la depreciación del dólar puede propagar inadvertidamente esos problemas al resto del mundo. En la práctica, China está fomentando nuevos desequilibrios en un momento en que los países están luchando con la escasez de demanda causada por la crisis financiera.
El dólar es una parte de un cubo de Rubik en materia de tipos de cambio. Si China mantiene su política de una divisa infravalorada, la depreciación del dólar puede intensificar las fuerzas deflacionistas mundiales. Sin embargo, una combinación de factores políticos ha propiciado una asombrosa negativa de las autoridades de otros países a enfrentarse a China.
Por parte de los Estados Unidos, una mentalidad de Guerra Fría que aún persiste, combinada con la presunción de superioridad económica de los EE.UU., ha hecho que se sigan considerando accesorias las cuestiones económicas frente a los intereses geopolíticos. Eso explica la desatención a las relaciones económicas Estados Unidos-China, que ahora es peligrosa para los EE.UU., dada su debilitada situación económica.
Respecto del resto del mundo, a muchos les resulta fácil acusar a los EE.UU., muchas veces por resentimiento ante su supuesta arrogancia. Además, entre los países meridionales existe la arraigada idea de que tienen bula en sus relaciones con los septentrionales y de que deben dar muestras de solidaridad mutua en ellas.
Por último, es probable que todos los países hayan dado prueba de estrechez de miras, al imaginar que con su silencio conseguirán favores comerciales de China, pero dicho silencio simplemente permite a China explotar a la comunidad de naciones.
La economía mundial ha pagado un alto precio por la complicidad y el silencio sobre las políticas económicas de los quince últimos años, que han conducido a la más profunda y peligrosa recesión desde el decenio de 1930. Si las autoridades de otros países siguen adoptando una actitud pasiva sobre la destructiva política monetaria de China, la economía mundial pagará un precio aún mayor.
Thomas I. Palley es miembro de la New American Foundation.
Copyright: Project Syndicate, 2009.
www.projct-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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