El difunto presidente Mobutu Sese Seko del ex Zaire alguna vez declaró que los países del norte de Africa, que se enorgullecen de su descendencia árabe, deberían ser excluidos de la por entonces Organización de la Unidad Africana. La regla de Mobutu era, por supuesto, profundamente errónea, pero no era el único dentro del movimiento panafricano que pensaba de esa manera. El antagonismo entre los negros del Africa subsahariana y los habitantes del norte del continente sigue siendo una realidad que impide la perspectiva de una unión entre ellos.
La hostilidad, el separatismo y el racismo del norte hacia los habitantes del sur están en el centro de esta división. Sin embargo, en nuestra época actual de corrección política, la separación abierta entre el norte y el sur sigue sin mencionarse.
Al declarar que Egipto era una república árabe, el presidente Gamel Abdel Nasser estaba falsificando la historia, borrando 3.000 años de una cultura prolijamente entrelazada con el Africa negra. Por cierto, durante casi tres siglos, del 950 al 663 A.C., Egipto estuvo gobernado por faraones y reinas negros como Tii de la “tierra de Kush” –el Sudán negro de hoy-. Más grotesco aún, cuando los norteamericanos decidieron financiar una película sobre la vida de Anwar Sadat, los egipcios se opusieron porque el actor elegido para representar a Sadat era negro.
De la misma manera, cuando Marruecos abandonó la OUA en 1984, soñaba con ser miembro de la Unión Europea. La clase gobernante de Sudán –descendientes de esclavos árabes- no tuvo ningún reparo en bombardear, matar y desplazar a millones de sus ciudadanos negros en el sur y ahora en la región de Darfur, con el respaldo de la Liga Arabe. Y cuando el líder libio coronel Muammar Khadafi, desilusionado con el panarabismo que defendía, pasó a bregar por el panafricanismo, su pueblo continuó con los disturbios para expulsar a los inmigrantes negros. Los líderes de Mauritania abandonaron la CEDEAO, la comunidad regional de Estados del Africa occidental, para sumarse a la unión formada por los países del norte de Africa.
La actitud de estos países refleja la de los propios árabes. Cuando Al Qaeda decidió atacar a Estados Unidos, su blanco fueron las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania, matando a más de 260 personas. Con excepción de 12 ciudadanos estadounidenses, el resto eran civiles negros, mientras que más de 4.000 kenianos y tanzanianos resultaron heridos. Para justificar los asesinatos de africanos negros, un prominente comentarista árabe invocó a Stalin: “No se puede hacer un omelet sin romper huevos”.
En Arabia Saudita, el racismo contra los musulmanes negros es tan intenso que uno se pregunta si para ellos vale la pena realizar el peregrinaje a la Meca, uno de los cinco pilares de la fe musulmana. Como musulmán y viajero mundial, nunca he experimentado tanto ostracismo como en Arabia saudita como peregrino.
¿Por qué, entonces, los africanos negros subsaharianos deberían mantener viva la ilusión de una unión con los países del Norte de Africa? Los egipcios, con una civilización histórica sin parangón en términos de logros en todos los aspectos de la vida, quieren desesperadamente asociarse con los árabes, con quienes no tienen otro parentesco que la colonización. De la misma manera, el otro pueblo de los países del Norte de Africa son los bereberes que, hace menos de medio siglo, recibieron incentivos en efectivo para aprender árabe.
La Unión Africana necesita realizar un proceso de exhaustiva reflexión. La diversidad debe ser una fuente de riqueza, no de antagonismo, y los países que favorecen el antagonismo deben ser excluidos. Esto traería aparejado el desmantelamiento de la Unión Africana en su forma actual, que en cualquier caso está construida sobre un terreno movedizo, ya que quienes la diseñaron parecían a favor de plagiar a la Unión Europea –un modelo burocrático dudosamente digno de emulación.
Pero los líderes africanos no tienen ningún interés en una Unión Africana real. Ellos obtienen sus poderes de la fragmentación del continente, y no se puede esperar de ellos que renuncien a esta posición por el bienestar de las masas. En consecuencia, los Estados Unidos de Africa tendrían que surgir de los sectores populares, a través de las instituciones existentes de la sociedad civil como las asociaciones profesionales, los sindicatos y otras organizaciones no gubernamentales.
Vale la pena recordar que las personas que participaron en el establecimiento de la mejor unión de estados en la historia, y la más perdurable, Estados Unidos de Norteamérica, eran activistas políticos, no jefes de Estado. En América latina, el único punto de ruptura que melló el dominio post-independentista de los descendientes de los colonizadores europeos provino de un unificador y luchador por la libertad moreno, Simón Bolívar, que unió a la región antes de verse obligado a exiliarse en Jamaica. Ahora, Bolívar tiene un heredero en Hugo Chávez, y el paisaje político latinoamericano está cambiando a una velocidad vertiginosa bajo su inspiración y liderazgo.
El liderazgo inspirado es crucial para cualquier proceso de construcción de una nación, y los africanos deberían mirar a figuras como Bolívar, Martin Luther King Jr., Georges Padmore, W.E.B. Dubois, Kwame Nkrumah y Cheikh Anta Diop para montar un movimiento de resistencia contra sus líderes básicamente corruptos e incompetentes (por cierto, una tarea hercúlea). Recién entonces podrán cumplir el sueño de una identidad africana común y el establecimiento de los Estados Unidos de Africa.


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