La búsqueda de un nuevo Director Gerente del Fondo Monetario Internacional nos recuerda vívidamente lo injustas que son las instituciones internacionales actuales. Como fueron creadas en el mundo de la posguerra de 1945, reflejan realidades que han dejado de existir hace mucho.
La organización y la asignación del poder en las reuniones de las Naciones Unidas, del FMI, del Banco Mundial y del G7 reflejan un equilibrio mundial que desapareció hace mucho. Después de que Alemania y el Japón fueran los agresores derrotados en la segunda guerra mundial, la Unión Soviética representó una amenaza de la mayor gravedad y China estaba sumida en una guerra civil que llevaría al poder a los comunistas de Mao. Gran parte de los países del llamado tercer mundo eran independientes desde hacía poco o seguían siendo colonias; todos ellos eran pobres.
En 1945, había 74 países independientes en el mundo; hoy hay 193. Fuera de China, Cuba y Corea del Norte, el comunismo es popular sólo en los cafés europeos occidentales y en algunas universidades americanas. Alemania está reunificada y gran parte del tercer mundo está creciendo a un ritmo más rápido que el primer mundo, se fabrican programas informáticos en Bangalore y los programas americanos de posgrado, incluidas las escuelas de administración de empresas, reciben miles de solicitudes de estudiantes chinos inteligentes.
El mundo entero se ha vuelto del revés y, sin embargo, Francia y Gran Bretaña, por ejemplo, conservan puestos permanentes en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Eso tenía sentido en 1945, pero hoy no. ¿Por qué Francia y Gran Bretaña y no Alemania o el Japón, economías mucho mayores? ¿O la India y el Brasil, países enormes?
¿De verdad tiene sentido que países miembros de la Unión Europea tengan capacidad de veto en el Consejo de Seguridad, mientras que el tercer mundo (exceptuada China) no cuenta con la menor representación? La UE no tiene una política exterior común ni la tendrá en un futuro previsible, pero ésa no es una razón para seguir concediendo ese privilegio a Francia y a Gran Bretaña. Si Europa está dispuesta en serio a tener una política exterior común, ¿tienen algún sentido las disposiciones actuales? Cierto es que Francia y Gran Bretaña tienen los mejores servicios exteriores de Europa, pero eso equivale a invertir la relación de causalidad. Francia y Gran Bretaña mantienen esa capacidad porque siguen teniendo importancia en materia de política exterior.
La excesiva representación de Europa se da también fuera del Consejo de Seguridad. Si bien no existe una política exterior europea, Europa tiene cierta política económica común: 12 de los 15 países miembros actuales han adoptado el euro como su moneda y comparten un banco central. No obstante, Alemania, Francia, Italia y Gran Bretaña ocupan cuatro de los siete puestos en las reuniones del G7.
De hecho, la situación es más absurda aún cuando se reúnen los ministros de Hacienda del G7: los gobernadores de los bancos centrales de Francia, Alemania e Italia siguen asistiendo a dichas reuniones, pese a que sus bancos han quedado reducidos a la categoría de sucursales locales del Banco Central Europeo, mientras que el Presidente del BCE -la autoridad monetaria real de esos países- es un simple "invitado". ¿No debería haber un único puesto para Europa?
Naturalmente, los dirigentes europeos se oponen firmemente a semejante reforma: temen perder oportunidades importantes de que les hagan fotografías, pero también que les quiten el poder real. Ahora bien, resulta discutible con cuánto poder cuentan en el G7: el Presidente, los Secretarios de Estado y del Tesoro y el Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos consiguen casi con seguridad lo que desean más facilmente en un grupo grande y difícil de manejar que en una reunión más pequeña en la que Europa hablara con una sola voz.
La búsqueda actual de un nuevo jefe del FMI sigue esa tónica. El de Director Gerente del FMI es un puesto reservado para un europeo occidental; los americanos tienen el Banco Mundial. Esa división de tareas deja fuera a los países en desarrollo, muchos de los cuales se están "desarrollando" a una velocidad que los volverá muy pronto más ricos que Europa en cuanto a renta por habitante.
¿Y qué decir de los 1.000 millones de indios y los 1.200 millones de chinos? ¿Es que no se debería pensar al menos en uno de ellos para semejante puesto? ¿Y qué decir de los surcoreanos, que trabajan denodadamente y crecen a gran velocidad? ¿Por qué no han de estar representados ellos en la misma escala que Italia o Francia? ¿Y qué decir de casos latinoamericanos de éxito como Chile y tal vez Mëxico o el Brasil?
A los europeos ni siquiera parece importarles ese cargo. Al fin y al cabo, Horst Köhler, el Director Gerente del FMI, dimitió de un puesto en el que se centra la atención del mundo para aceptar la candidatura a Presidente de Alemania, cargo ceremonial sin el menor poder, ni siquiera dentro de Alemania.
La OCDE tiene su sede en París, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación la tiene en Roma y así sucesivamente. Dicho de forma sencilla, la Europa occidental esta excesivamente representada en las organizaciones internacionales, en vista del volumen de su PIB y más aún de su población. Por eso, no es de extrañar que algunos europeos -en particular los franceses- se muestren tan reacios a reformar las organizaciones internacionales, ni siquiera para reducir el despilfarro y la ineficiencia en las Naciones Unidas. Al fin y al cabo, ¿acaso no podría proponer alguien que la primera medida de esa reforma fuera la de reducir a Europa a un solo puesto en el Consejo de Seguridad?
Europa actúa con miopía. Un solo puesto -en las Naciones Unidas, el FMI o el Banco Mundial- colocaría a Europa en el mismo nivel que los Estados Unidos y aumentaría, en lugar de disminuir, su influencia mundial.
La excesiva representación de la Europa occidental y la escasa representación de países en desarrollo que están creciendo no puede durar. De hecho, ya está creando tensiones. No se debe permitir que sueños obsoletos de grandeur obstaculicen una distribución realista y justa del poder en el escenario internacional.


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