NUEVA YORK – Estamos en un momento en que el abanico de de incertidumbres que afronta la economía mundial es inhabitualmente amplio. Acabamos de pasar por la peor crisis financiera desde la segunda guerra mundial. Las únicas comparaciones válidas son con la burbuja inmobiliaria japonesa, que estalló en 1991 (y de la que el Japón no se ha recuperado aún), y la Gran Depresión del decenio de 1930, con la diferencia de que esta crisis ha sido cuantitativamente mucho mayor y cualitativamente diferente.
A diferencia de la experiencia japonesa, esta crisis ha afectado al mundo entero, en lugar de mantenerse circunscrita a un solo país, y, a diferencia de la Gran Depresión, esta vez se ha puesto un apoyo para la supervivencia del sistema financiero, en lugar de dejar que se desplomara.
De hecho, la magnitud del problema actual es aún mayor que durante la Gran Depresión. En 1929, el total de crédito impagado en los Estados Unidos ascendía al 160 por ciento del PIB y subió hasta el 250 por ciento en 1932. En 2008, comenzamos con el 365 por ciento y este cálculo no incluye el extendido uso de derivados, que en el decenio de 1930 era inexistente.
Pese a ello, el artificial apoyo para la supervivencia ha funcionado. Apenas un año después de la quiebra de Lehman Brothers, los mercados financieros se han estabilizado, los mercados de valores se han recuperado y la economía está dando señales de recuperación. La gente desea reanudar la actividad habitual y pensar en el desplome de 2008 como en un mal sueño.
Lamentablemente, la recuperación podría perder fuelle y podría seguirle una segunda recesión económica, aunque no estoy seguro de si ocurrirá en 2010 o en 2011.
Mi opinión no es excepcional precisamente, pero no coincide con el estado de ánimo predominante. Cuanto más dure el cambio de rumbo, más serán quienes crean que continuará, pero, a mi juicio, eso es característico de las situaciones muy alejadas del equilibrio, cuando las impresiones suelen ir rezagadas respecto de la realidad.
Para complicar la situación, el retraso funciona en las dos direcciones. La mayoría de la gente no ha comprendido aún que esta crisis es diferente de las anteriores, que estamos al final de una época. Otros –incluido yo– no previeron la amplitud de la recuperación.
En general, las autoridades financieras internacionales han abordado esta crisis del mismo modo como lo hicieron con las anteriores: han rescatado las entidades quebradas y han aplicado estímulos monetarios y fiscales, pero esta crisis ha sido de una envergadura mucho mayor y las mismas técnicas no han dado resultado. La decisión de no rescatar Lehman Brothers fue un episodio que cambió las reglas del juego: en realidad, los mercados financieros dejaron de funcionar.
Eso significaba que los gobiernos tenían que garantizar en realidad que no se permitiría la quiebra de ninguna otra entidad cuyo desplome pudiera poner en peligro el sistema. Entonces fue cuando la crisis se extendió a la periferia de la economía mundial, porque los países de la periferia no podían ofrecer garantías igualmente creíbles.
La Europa oriental fue la más afectada. Los países del centro recurrieron a los fuertes balances de sus bancos centrales para inyectar dinero en el sistema y garantizar el pasivo de los bancos comerciales, mientras que los gobiernos se lanzaron a una financiación con déficit para estimular la economía en una escala sin precedentes.
Pero la creencia cada vez más afianzada de que el sistema financiero mundial se ha librado del desplome y de que estamos volviendo lentamente a la actividad normal, es una interpretación gravemente equivocada de la situación actual. No se puede recomponer de nuevo a Humpty Dumpty.
La mundialización de los mercados financieros que se produjo desde el decenio de 1980 permitió al capital financiero moverse en libertad por el mundo, con lo que resultaba difícil aplicarle impuestos o regularlo. Con ello el capital financiero se encontró en una situación privilegiada: los gobiernos tenían que prestar más atención a las necesidades del capital internacional que a las aspiraciones de sus propios ciudadanos. A los países les resultó difícil ofrecer resistencia.
Pero el sistema financiero mundial resultante era fundamentalmente inestable, porque estaba basado en la falsa premisa de que se puede dejar con seguridad que los mercados financieros actúen por su cuenta. Ésa es la razón por la que falló y por la que no se puede volver a recomponer.
Los mercados mundiales necesitan regulaciones mundiales, pero las regulaciones que están actualmente en vigor se basan en el principio de la soberanía nacional. Hay algunos acuerdos internacionales, en particular el Acuerdo de Basilea sobre las necesidades mínimas de capital y también hay una buena cooperación de los reguladores de los mercados, pero la fuente de la autoridad es siempre el Estado soberano.
Eso significa que no basta con volver a poner en marcha un mecanismo que ha quedado paralizado; debemos crear un mecanismo regulador que nunca ha existido. En la situación actual, el sistema financiero de cada uno de los países está sostenido y apoyado por sus gobiernos, pero a éstos lo que les preocupa primordialmente es su propia economía. Así nace lo que podemos denominar proteccionismo financiero, que amenaza con descuajaringar e incluso destruir los mercados financieros mundiales. Los reguladores británicos nunca volverán a confiar en las autoridades islandesas y los países de la Europa oriental serán reacios a permanecer dependientes de los bancos de propiedad extranjera.
De modo que la regulación debe pasar a ser de alcance internacional. De lo contrario, los mercados financieros mundiales resultarán destruidos por el arbitraje regulador. Las empresas se trasladarían a países en los que haya la atmósfera reguladora más benigna, con lo que expondrían a los demás países a riesgos que no pueden permitirse.
La mundialización triunfó porque obligó a los países a suprimir regulaciones, pero el proceso no funciona en sentido inverso. Será difícil conseguir que los países acuerden regulaciones uniformes. Países diferentes tienen intereses diferentes que los orientan hacia soluciones diferentes.
Así lo vemos en Europa, donde los Estados miembros de la Unión Europea no consiguen acordar entre sí un conjunto uniforme de normas financieras. Entonces, ¿cómo va a poder hacerlo el resto del mundo?
En el decenio de 1930, el proteccionismo comercial empeoró una situación que ya era mala. En la economía mundial actual, el ascenso del proteccionismo financiero constituye un gran peligro.


Comments (0)
You need to login in order to leave a comment. If you do not yet have an account, please register.
The two commenting options explained
Watch a 1 minute video
to discover how you can comment on the entire article or a specific paragraph. The two images below also explain the two ways of commenting.
1) Entire article comment
Once logged in, simply click inside the comment box where it says "Enter text here." Enter and post your comment.
2) Paragraph comment
Please log in first. Then click to the left of the desired paragraph. Your cursor will automatically move to the comments box. Enter and post your comment.