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El Pakistán de Ben Laden

NUEVA DELHI – La muerte de Osama ben Laden a manos de fuerzas especiales de los Estados Unidos en un asalto con helicópteros a una gran mansión lujosa cerca de Islamabad recuerda a la captura de otros dirigentes de Al Qaeda en ciudades pakistaníes. Una vez más, vemos que los verdaderos refugios terroristas no están situados a lo largo de las fronteras del Pakistán con el Afganistán y la India, sino en puntos del interior del Pakistán.

Ello pone de relieve, a su vez, otra realidad fundamental: la de que no se puede obtener la victoria en la lucha contra el terrorismo internacional sin desmilitarizar y desradicalizar el Pakistán, incluidas medidas destinadas a reequilibrar las relaciones entre civiles y militares en ese país y frenar a sus canallescos Servicios de Inteligencia Conjuntos (ISI).

También se descubrió que otros dirigentes terroristas capturados en el Pakistán desde el 11 de septiembre de 2001 –incluidos Jalid Sheij Mohammed, que ocupa el tercer puesto de mando de Al Qaeda; Abu Zubeida, jefe de operaciones de la red; Yaser Jazeeri; Abu Faraj Farj; y Ramzi Binalshibh, uno de los coordinadores del atentado– vivían en ciudades del Pakistán. Si alguna sorpresa depara el escondrijo de Ben Laden, es su localización en una ciudad militar, Abbottadad, a la sombra de una academia militar.

Así queda de relieve claramente la importante protección que Ben Laden ha debido de recibir de elementos de la dirección de la seguridad pakistaní para ayudarlo a eludir las pesquisas de los Estados Unidos durante casi un decenio. El gran avance para su captura no se produjo hasta que los EE.UU., aun a riesgo de romper sus ya antiguos vinculos con el ejército y los ISI pakistaníes, desplegaron varios agentes especializados de la CIA, fuerzas de operaciones especiales y contratistas en lo más profundo del Pakistán sin que lo supiera el ejército pakistaní.

En los últimos años, después de que sus jefes superiores de operaciones fueran capturados o muertos y Ben Laden se refugiara en el Pakistán, Al Qaeda, profundamente escindida, ya había perdido la capacidad para organizar un importante ataque internacional o amenazar abiertamente a los intereses de los EE.UU. Con la muerte de Ben Laden, es probable que Al Qaeda acabe desapareciendo como organización.

Aun así, se espera que su peligrosa ideología continúe activa y motive a agentes no estatales con patrocinio estatal. Serán principalmente esos elementos los que tendrán la capacidad para lanzar importantes ataques terroristas transnacionales, como los de Mumbai en 2008. Incluso en el Afganistán, el principal enemigo del ejército de los EE.UU. no es Al Qaeda, sino unos talibanes resurgentes, que disfrutan de un refugio seguro en el Pakistán.

Ésa es la razón por la que es probable que se centre la atención en el nexo terrorista dentro del Pakistán y el papel –y las relaciones– de agentes estatales y no estatales en ese país. Resulta significativo que, cuando la CIA cercó a Ben Laden, el Presidente del Estado Mayor Conjunto de los EE.UU., almirante Mike Mullens, vinculó por primera vez públicamente al ejército pakistaní con algunos de los militantes que atacaron a las fuerzas de los EE.UU. en el Afganistán. Las milicias islamistas autóctonas del Pakistán siguen actuando abiertamente y el ejército y los servicios de inteligencia pakistaníes siguen negándose a cortar sus estrechos lazos con elementos extremistas y terroristas.

Para los EE.UU., el Pakistán plantea un problema particularmente difícil. Pese a haber facilitado 20.000 millones de dólares al Pakistán en ayuda contraterrorista desde el 11 de septiembre de 2001, los EE.UU. han sido correspondidos a regañadientes, en el mejor de los casos, y han contado con una falsa cooperación, en el peor. Actualmente, en plena ola de antiamericanismo en aumento, la política de los EE.UU. en el Pakistán está desbaratándose. Sin embargo, el Pakistán, que tiene una de las menores proporciones entre impuestos y PIB del mundo, ha pasado a estar más dependiente que nunca de los EE.UU.

Justo cuando los americanos están alborozados por la muerte de Ben Laden, el Gobierno de los EE.UU. debe reconocer que su fracasada política en el Pakistán ha convertido inadvertidamente ese país en el principal refugio terrorista del mundo. En lugar de contribuir a la constitución de unas instituciones sólidas en él, los EE.UU. han mimado a la dirección militar pakistaní, infiltrada por yijadistas, de lo que el reciente plan de ayuda de 3.000 millones de dólares para el próximo año fiscal constituye el mejor ejemplo. Después de que desalojara de su puesto al dictador Pervez Musharraf, el nuevo gobierno civil pakistaní ordenó a los ISI que obedecieran las órdenes del ministro de Interior, pero no recibió apoyo de los EE.UU. para ese intento de imponer el mando civil, lo que permitió al ejército frustrarlo rápidamente.

Después de ocupar su cargo, el Presidente de los EE.UU., Barack Obama, aplicó un repentino aumento militar en el Afganistán. Sin embargo, en el Pakistán aplicó un aumento de la ayuda, con lo que lo convirtió en el mayor beneficiario de ayuda de los EE.UU., pese a que la dirección talibana afgana y los restos de Al Qaeda permanecieron instalados en el país. Lo único que se consiguió con ello fue una mayor participación de los EE.UU. en la guerra en la que no debían hacerlo, con lo que el Pakistán se envalentonó y fortaleció a los talibanes afganos, precisamente cuando los continuos ataques de los EE.UU. seguían debilitando gravemente a Al Qaeda.

Debe quedar claro: el flagelo del terrorismo pakistaní emana más de los generales del país, bebedores de whiskey escocés, que de los mulás, que desgranan las cuentas de sus rosarios. Han sido los generales que se declaran laicos los que han criado a las fuerzas de la yijad y han engendrado a los talibanes, a Lakshar-e-Taiba, a la milicia de Jalaluddin Haqqani y otros grupos. Y, sin embargo, al echar la culpa de su actual política terrorista por poderes a los mulás marionetas, los generales han hecho creer a los EE.UU. que lo principal es contener a los grupos marginales religiosos y no a quienes tiran de los hilos de las marionetas.

En realidad, la conversión del Pakistán en una mazmorra yijadista no se produjo con un gobierno civil, sino con dos dictadores militares: uno que alimentó y dio rienda suelta a fuerzas yijadistas y otro que llevó a su país hasta el borde mismo del precipicio.

Sin una reforma del ejército pakistaní y de los ISI, no se podrá poner fin al terrorismo transnacional... ni se podrá construir una nación pakistaní genuina. ¿Cómo va ser el Pakistán un Estado “normal”, si su ejército y sus servicios de inteligencia siguen sin estar sometidos a una supervisión civil y el poder decisivo sigue en manos de los generales del ejército?

Una vez muerto Ben Laden, la única forma de que Al Qaeda pueda reconstituirse es la de que el ejército pakistaní consiga volver a instalar un régimen títere en el Afganistán. Mientras no se acabe con el férreo control del poder por parte del ejército pakistaní y no se reduzca el tamaño de los ISI, es probable que el Pakistán siga siendo la zona cero para la amenaza terrorista que afronta el mundo.