Nueva York—En 2001, el mundo presenció con horror la destrucción de las monumentales estatuas de Buda en Bamiyan, Afganistán por parte las fuerzas talibanes. Los líderes políticos y culturales de todo el mundo condenaron los ataques. Los ofrecimientos de ayuda no faltaron. Todos se preguntaban: ¿el mundo estará preparado cuando vuelva a suceder? Desafortunadamente, la respuesta es un contundente “no”.
Recientemente, militantes islamistas armados en el valle de Swat al noroeste de Pakistán atacaron una de las esculturas más importantes y de mayor antigüedad del arte budista. A la imagen del Buda sentado, que se remonta a los inicios de la era cristiana y que fue esculpida en una roca de aproximadamente 40 metros de alto, sólo la superaban en importancia en el sur de Asia los budas de Bamiyan.
Además, este ataque fue el segundo en menos de un mes. Murtaza Razvi, del diario Dawn de Pakistán, señaló que la imagen en cuestión no estaba en un área remota. De hecho, estaba al lado del camino principal que atraviesa el valle.
A pesar de que en diversas ocasiones los arqueólogos pakistaníes solicitaron a las autoridades locales que protegieran al Buda sentado y otros sitios, especialmente después del primer ataque, éstas no hicieron nada al respecto. De hecho, los militantes pudieron realizar su tarea –taladrar hoyos en la piedra, llenarlos de explosivos y hacerlos explotar- a plena luz del día.
Y lo hicieron dos veces. La primera vez la imagen se salvó de un daño importante debido a la incompetencia de los militantes. La segunda vez lograron dañarla más y destruyeron no sólo el rostro de la escultura, sino también los hombros y los pies. Como si fuera poco, ahora hay informes sobre un tercer ataque.
En 1995 viajé al valle de Swat para estudiar los tesoros budistas del área. Esculpidos en los acantilado o protegidos dentro de bellos museos pequeños, estas extraordinarias piezas eran el orgullo de los musulmanes locales, seguidores de la fe desde hace más de un milenio. Como mujer india no musulmana pude viajar por la región sin ningún temor y los residentes locales me apoyaron calurosamente. Personas de todos los niveles me dieron la bienvenida y estuvieron dispuestos a llevarme a los sitios budistas importantes.
Actualmente, tras poco más de una década, la atmósfera está tan enrarecida que ni los líderes de las comunidades locales ni la policía se presentaron a proteger los monumentos o a reclamarlos como suyos. Lo que es todavía más triste es que, si bien los diarios pakistaníes condenaron ampliamente esos ataques y criticaron la indiferencia de las autoridades locales, los medios internacionales han cubierto muy poco estos acontecimientos.
¿Será posible que después de la guerra de Iraq y las lamentables imágenes del saqueo en el Museo Nacional de Bagdad hayamos perdido nuestra capacidad de rabia? ¿O será que nos hemos acostumbrado tanto a las malas noticias en torno a la guerra contra el terrorismo que ya no queremos saber más?
Hay un gran número de sitios budistas importantes en Swat y en otras regiones en el noroeste de Pakistán. En este momento todos ellos corren el riesgo de ser destruidos gracias a la voz influyente del líder islamista Mullah Fazlullah, cuyo suegro, Sufi Mohammad, fundó una de las órdenes extremistas.
Esta orden fue la responsable de llevar más de 10 mil combatientes jihadistas a Afganistán para luchar junto con los soldados talibanes en contra de Estados Unidos en 2001. Mientras que se cree que Mohammad languidece en una cárcel regional, Mullah Fazlullah opera con impunidad utilizando el radio para difundir mensajes de odio e intolerancia.
Es tiempo de que la comunidad mundial no sólo exprese su rabia en contra de la destrucción de los tesoros culturales, sino también se una a los pakistaníes que tratan desesperadamente de presionar a su gobierno para preservar –por su bien y el nuestro- su herencia cultural preislámica. Si el mundo no actúa esta vez, corremos el riesgo de perder uno de los legados más preciados de la historia budista temprana.


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