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El punto de inflexión de los ayatolás

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2009-06-30

SOUTHAMPTON (INGLATERRA) – Una vez que las multitudes salieron a la calle en Teherán, quien conociera el guión podía comenzar a contar: si hoy hay protestas en masa, mañana habrá amenazas de represalias en nombre de la “seguridad nacional”. El tercer día, veremos a periodistas encarcelados y medios de comunicación cerrados; el cuarto día, represalias sangrientas contra los que protestan por parte de la policía secreta; el quinto día, detenciones de figuras principales de la oposición. En efecto, conforme a lo previsto, en el plazo de una semana se pusieron en marcha cada una de esas medidas en el Irán.

Esas diez mismas medidas se dieron en Tailandia en 2006: en diez días y en siete días en Myanmar un año después. El guión es tan conocido a estas alturas entre los aspirantes a dictadores, que se puede tardar menos de una semana en cerrar completamente un país.

Nada de eso debe extrañar ya a nadie. Debemos entender que ese guión. corroborado por el tiempo, para el establecimiento o el reforzamiento de una dictadura existe, pero también existe una estratega contraria para abrir una sociedad cerrada. Cuando un aspirante a dictador –en cualquier sitio, en cualquier momento, de derechas o de izquierdas– quiere cerrar una sociedad abierta o iniciar una ofensiva represiva contra un movimiento democrático, sigue diez pasos clásicos: invocar una amenaza, crear cárceles secretas, crear una fuerza paramilitar, establecer un aparato de vigilancia, detener a ciudadanos arbitrariamente, infiltrarse en los grupos de ciudadanos, poner la mira en personas destacadas, perseguir a los periodistas, llamar “traición” a la crítica y subvertir el Estado de derecho.

Una vez que se dan esos pasos, resulta extraordinariamente difícil que un movimiento en pro de la democracia sobreviva, pero no imposible, si se aplica correctamente una presión contraria. La Historia muestra una y otra vez –durante toda la era moderna y en todo el mundo– que los pueblos tienen, en verdad, algunos instrumentos poderosos para restablecer una sociedad abierta, si están dispuestos a utilizarlos.

El guión contrario para establecer o restablecer condiciones prodemocráticas consiste en más protestas en masa, la aparición y exhibición de símbolos de resistencia, el surgimiento de suficientes portavoces en toda la sociedad para que no se pueda detener a todos ellos a la vez, desobediencia civil, a las claras y encubierta, en todos los niveles de la sociedad que paralice la economía, retirada del apoyo por parte de abogados y jueces a las decisiones del régimen, sanciones internacionales vinculadas con los derechos humanos y elecciones limpias, la negativa –difícil, pero no imposible– de muchos soldados y policías a disparar contra ciudadanos desarmados y, por último, cuando ya se ha restablecido el Estado de derecho, procesamientos firmes de los cabecillas del régimen derrotado.

Cuando vemos grabaciones de personas que protestan sin violencia y a las que policías y milicianos golpean brutalmente, resulta doloroso transmitir el mensaje de que, si la Historia nos sirve de guía, la protesta callejera continua es lo que diferenciará el caso del irán del de Myanmar o, posiblemente, del de Checoslovaquia. Una y otra vez, cuando la protesta callejera en masa se ha mantenido durante más de una o dos semanas, a un régimen –incluso uno que haya comenzado golpeando y deteniendo a los que protestan– acaba resultándole práctica y psicológicamente difícil mantener el dominio de la situación.

Si puede mantenerse más allá de la primera semana decisiva, la protesta callejera tiene un efecto a un tiempo táctico y emocional; la protesta en masa durante la Revolución Francesa hizo ver claramente a los cortesanos que aquella rebelión sería demasiado profunda para ser sofocada al modo habitual: las protestas callejeras en las colonias americanas, frente a las detenciones o cosas peores, las volvió ingobernables antes incluso de que Jorge III riñera una guerra costosa e impopular. En Estonia en el decenio de 1980, las pequeñas protestas ilegales que rodearon el canto en público del prohibido himno nacional aumentaron y los estonios se sintieron cada vez más envalentonados, al aumentar diariamente su número por miles.

En los Estados Unidos, las protestas callejeras contribuyeron a poner fin a la guerra de Vietnam y las protestas en masa del movimiento de derechos civiles mostraron que, como dijo Martin Luther King, Jr., no podía continuar “la situación como de costumbre”. Según King, la protesta alborotadora en masa  expone la tensión que ha estado oculta o desatendida para que se pueda abordarla.

Los ciudadanos del Irán –y todos los pueblos que anhelan oponerse a un gobierno tiránico o protestar en una democracia establecida– deben tener presente esa lección. Para dar resultado, la protesta debe alterar la situación establecida y, en el caso ideal, detener el tráfico. Los ciudadanos iraníes han dado muestras de gran valor y harían bien en seguir saliendo en masa a la calle y sentarse, tumbarse o permanecer inmóviles. A no ser que un régimen esté dispuesto a empezar a ametrallar a sus ciudadanos, la alteración pacífica, continua y a largo plazo de la “situación como de costumbre” siempre da resultado.

Lo que Occidente puede hacer es presionar al Irán –y a otros gobiernos en el futuro– para velar por la seguridad de los que protestan y exigir rendición de cuentas al respecto. Natan Sharansky dijo que esa táctica –que Occidente investigara y exigiera rendición de cuentas por el trato dado a los disidentes internos– contribuyó a la desintegración de la Unión Soviética. En esta crisis, el Presidente de los Estados Unidos debe constituir un frente unido con los grupos de derechos humanos, que pueden asesorarlo exactamente sobre cómo sostener y apoyar a los iraníes que han sido o pueden ser detenidos o tener un destino peor y seguir su paradero.

Barack Obama dice que los Estados Unidos “están con” los que apoyan la libertad de reunión, lo que será una noticia muy grata para los pueblos que viven bajo regímenes dictatoriales instalados y respaldados por los EE.UU.  y para los dirigentes de la oposición y los periodistas que están pudriéndose en cárceles apoyadas por los EE.UU. en esos países por haber haber participado en esa clase de protestas, pero es un comienzo. Qué auténtica revolución sería que las democracias occidentales empezaran de verdad a formular sus políticas exteriores con el criterio de los derechos humanos y los procesos democráticos.

Naomi Wolf es autora de Give Me Liberty: A Handbook for American Revolutionaries (“Dadme libertad. Manual para revolucionarios americanos”).

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Ramon 01:17 11 Jul 09

Me gustaria recordarle a la señorita Wolf , q Iran tiene un gobierno constituido a derecho , con lo cual no alcanzo a entender por q lo equipara con una dictadura .

Se habla de fraude en unas elecciones en el q el oficialismo gano por 11 millones de votos. Como es posible un fraude asi ? ...

Si usted no esta de acuerdo con el "conductismo en extremo conservador", q impone la "saga" irani , digalo claramente .

Si de verdad usted dice respetar la democracia , no lleve adelante llamados a la insurrecion civil y a desestabilizar , desde los medios de comunicacion ...

Los "liberales" aun son minoria en ese pais y eventualmente llegaran al poder . Pero aun no llega ese tiempo.

No entiendo por q occidente debe imponerle la "agenda" a la sociedad irani ,"marcarle la velocidad" con q alli deben ocurrir los cambios ...

Imaginese usted a la sociedad americana saliendo a la calle y promoviendo violencia , luego de las elecciones , en la q la corte suprema tardo 30 dias en decidir finalmente un resultado ( verdadero escandalo para el "faro de occidente") Cuanto tiempo cree usted q hubiera tardado la guardia nacional en reponer el orden ? ...

Como dijo un filosofo , "Lo unico por lo q vale la pena luchar , es por la verdad"

Saludos.