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Los problemáticos vecinos de Europa

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2010-01-06

París – La geografía ha sido un regalo ambivalente para Europa. Por una parte, los europeos se pueden felicitar por estar a una distancia relativamente segura de las tensiones que puedan surgir con el ascenso de potencias como la India, Brasil y, en especial, China. Sin embargo, al sur y al este limita con dos grandes regiones que dan pie a importantes preocupaciones.

Hasta ahora, ni Rusia ni el mundo islámico se están adaptando bien a la globalización. Ambas economías siguen siendo excesivamente dependientes de la exportación de petróleo y gas. En Oriente Próximo, esto exacerba el problema de la creación de empleos para la creciente población de adultos jóvenes. Rusia también enfrenta dificultades demográficas, pero en la otra dirección, ya que se estima que su población de reducirá en hasta un 10% en los próximos 15 o 20 años.

A pesar de las comprensibles inquietudes de finlandeses, polacos y otros en Europa Central y del Este, de las dos, la relación con Rusia debería ser la más fácil de manejar. Desde el fin de la Guerra Fría las relaciones de Occidente con Rusia se han parecido al encuentro de dos placas tectónicas, una de las cuales va siendo empujada cada vez más por debajo de la otra. El conflicto de Georgia en 2008 fue el temblor que señaló una resistencia sustancial al movimiento hacia el este de la placa occidental.

Sin embargo, los cambios ocurridos han dejado a Rusia muy disminuida en términos de su esfera de influencia y poder militar. No hay dudas de que la Rusia de Vladimir Putin es nacionalista, extraña y dispuesta a meterse en problemas, pero enfrenta también serios problemas sociales y de sanidad pública, tiene a 1,3 mil millones de chinos en su frontera oriental, y comparte importantes intereses con Europa, como el comercio del gas y el petróleo y una preocupación en común acerca del extremismo islámico.

Si se manejan con indulgencia y firmeza, las relaciones con Rusia deberían seguir siendo difíciles, pero manejables. Se debería poder evitar la aparición de grandes confrontaciones, ahora que la OTAN ha dado marcha atrás, la Unión Europea entra al juego con su iniciativa de Asociación Oriental para hacer que la continua competencia en el espacio post-soviético pase a tener un tono menos antagónico, y el Presidente Obama ha manifestado su disposición a calmar el golpeado orgullo de Rusia.

Las relaciones de Europa con el mundo islámico son mucho más complejas. En primer lugar, aunque los resentimientos de Rusia puedan ser más recientes, los del mundo musulmán son más intensos, y surgen de interacciones más profundas, tanto pasadas como presentes.

Segundo, se piense en el terrorismo de Al Qaeda o en la presencia de ejércitos occidentales en Irak y Afganistán, Europa y el mundo islámico han demostrado una constante voluntad de tratarse con violencia.

Tercero, si los europeos son un grupo heterogéneo, el mundo islámico definitivamente lo es mucho más. El Islam es lo que los aglutina e identifica, pero ¿qué más tienen en común Indonesia y Yemen, por ejemplo? El mundo islámico está plagado de disputas entre árabes y no árabes, sunnis y chiíes, y los extremistas salafitas y los moderados de orientación más teológica. La agenda de Al Qaeda se centra tanto en crear un nuevo califato islámico como en librar una jihad contra Occidente.

En cuarto lugar, a los europeos les resulta difícil digerir las actitudes tradicionales islámicas hacia, por ejemplo, las mujeres y los homosexuales. A los musulmanes les cuesta comprender cómo podemos creer que nuestra sociedad es civilizada si se permite la promoción de la pornografía y el consumo de alcohol. Aunque no está claro si se puede decir que los europeos como un todo son verdaderamente cristianos, vemos la religión como la relación de una persona individual con su Dios; los musulmanes la ven como un principio de organización social. La nuestra es una cultura de la culpa, mientras que la de ellos es una cultura de la vergüenza.

Por supuesto, Israel es el principal asunto sobre el que se centra el resentimiento islámico. Ejemplifica la hipocresía de Occidente sobre la no proliferación nuclear, la negativa a dialogar con Hamás, que accedió a poder en elecciones libres, o su crítica a Rusia por el uso "desproporcionado" de la fuerza mientras mantiene silencio sobre las 1.300 muertes en Gaza.

A diferencia de sus dos predecesores, Obama ha tenido la valentía de abordar el problema entre Israel y Palestina, ese intratable foco de contagios, desde el comienzo de su presidencia. Y fue al Cairo a hablar al mundo árabe con humildad y respeto, sin eludir los problemas de los derechos humanos y la libertad individual.

El riesgo de este activismo estadounidense es que se convierta en excusa para que los europeos tomen asiento y se regocijen de que sea otro el que hace el trabajo pesado. Sin embargo, esa pasividad sería un error histórico. Los intereses estadounidenses en Oriente Próximo no son idénticos a los de Europa.

Protegido tras sus océanos, y aplicando su gran capacidad tecnológica al objetivo de la autosuficiencia energética, Estados Unidos puede, en último término, distanciarse de los problemas de Oriente Próximo. Una vez que salga de Irak y Afganistán, es posible que se vea cada vez más tentado a hacer precisamente eso. Para Europa, es imposible ese distanciamiento. La seguridad europea está inextricablemente vinculada a la necesidad de encontrar y mantener un modus vivendi con el mundo musulmán.

No es que Europa no tenga medios de presión. Actualmente tiene en suspenso una profunda relación económica con Israel: si el gobierno israelí sigue negándose a detener su colonización de Cisjordania, los europeos deberían dejarle en claro que, como principal mercado de las exportaciones israelíes, tienen a su disposición opciones más duras. Y, dada la determinación de los gobiernos de Israel e Irán de usar la intransigencia del otro como excusa para la suya propia, Europa también debe estar lista para usar su influencia económica si los mulás rechazan la mano que les ha tendido Obama.

Las fuerzas militares europeas también deberán jugar un papel crucial en vigilar y garantizar un acuerdo de dos estados. Esto hace aún más importante el que Europa abra los ojos a sus verdaderos intereses de seguridad y asuma la responsabilidad de protegerlos.

Nick Witney es investigador senior de políticas en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores y fue Director Ejecutivo de la Agencia de Defensa Europea.

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