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No hay tiempo para la nostalgia

Francia y Alemania tienen muchos motivos para celebrar el milagro de su amistad, sellada hace cuarenta años mediante el Tratado del Elíseo. Sin embargo, no los tienen para estar satisfechos con las condiciones en que esa amistad se encuentra actualmente. Tampoco Europa.

Durante la mayor parte de la historia moderna, el antagonismo franco-alemán (la llamada "enemistad histórica" de los dos países) amenazó a Europa y al mundo. En su famoso discurso en la Universidad de Zurich en 1946, Winston Churchill sostuvo que "el primer paso en la reconstrucción de la familia europea debe ser una asociación entre Francia y Alemania". La reconciliación franco-alemana, guiada por el liderazgo de hombres como el general Charles de Gaulle y Konrad Adenauer, hicieron posibles los extraordinarios éxitos de la Europa de la posguerra.

El último hito en la asociación franco-alemana fue el Tratado de Maastricht, de 1991. La Alemania reunificada renunció a su querida moneda, el Deutsche Mark , para reforzar la integración europea, pero también para calmar los temores franceses de que Alemania estaba lista para imponer una hegemonía monetaria sobre el continente.

Sin embargo, a las parejas legendarias del pasado (de Gaulle y Adenauer, Valery Giscard d'Estaing y Helmut Schmidt, François Mitterrand y Helmut Kohl) no las ha sucedido un dúo comparable. Esto no es sólo un problema de química personal entre Jacques Chirac y Gerhard Schröder. La causa real del distanciamiento y la rivalidad nacional reciente ha sido la reunificación de Alemania, que alteró el equilibrio bilateral.

Hasta 1990, Francia (o, mejor dicho, la mayoría de su clase política) tácitamente concordaba con la famosa confesión del Premio Nóbel François Mauriac: "Me gusta tanto Alemania que prefiero que haya dos" ("J'aime tellement l'Allemagne que je préfère qu'il y en ait deux"). La división de Alemania creó una paridad demográfica entre franceses y alemanes occidentales. En contraste, la Alemania unificada tiene unos 80 millones de personas, y Francia sólo 60 millones.

Además, el "equilibrio del desequilibrio" generó un sentimiento de igualdad. Mientras que la economía de Alemania occidental era más fuerte, Francia era una potencia nuclear y un miembro permanente, con facultades de veto, del Consejo de Seguridad de la ONU.

Alemania renunció hace mucho a la posesión de armas nucleares, y es poco probable que se convierta en miembro permanente del Consejo de Seguridad en el futuro cercano. No obstante, desde la perspectiva de Francia, la ampliación hacia el Este de la UE aumenta el peso de Alemania. La futura "Europa de los 27" (o de los 28, con Turquía, pero sin contar a las repúblicas post-yugoslavas y Albania) será muy distinta de la "Europa de los Seis" que dirigieron de Gaulle y Adenauer. La posición geográfica de Berlín en la UE del mañana parece ahora más central, y París queda en las afueras.

Además, mientras que el tono de los Cancilleres alemanes hacia el gobierno francés siempre había sido moderado, la conducta de Schröder ha sido más afirmativa, y la cumbre de Niza de la UE en diciembre del 2000 llevó a las relaciones franco-alemanas a su punto más bajo en cuarenta años. Chirac insistió en la paridad absoluta de votos entre Francia y Alemania en el Consejo de Ministros de la UE, sin tomar en cuenta su disparidad demográfica. Schröder pareció no entender la enorme importancia simbólica que su homólogo concedía a la cuestión.

Aún más importante, la reunión de Niza dejó ver cuánto se han apartado las ideas alemana y francesa sobre la integración europea. Mientras que Francia prefiere un enfoque intergubernamental, Alemania sigue dispuesta a transferir más soberanía nacional a Bruselas.

Ahora, como un viejo matrimonio peleado, Francia y Alemania están utilizando su aniversario de bodas como oportunidad para revivir su sociedad. Chirac y Schröder ofrecieron una probada de lo que eso significa en la práctica cuando formularon una propuesta común para que la UE esté dirigida por una presidencia gemela: un Presidente del Consejo Europeo (electo por los jefes de gobierno) y un Presidente de la Comisión (electo por el Parlamento Europeo). Esta solución busca encontrarle la cuadratura al círculo al combinar los enfoques intergubernamental y unionista.

Ambos gobiernos parecen estar convencidos de que un aumento en los contactos de alto nivel franco-alemanes (que ahora incluyen sesiones conjuntas de sus gabinetes) será el remedio para su crisis conyugal. Asimismo, la extravagancia de la celebración del jubileo en Versalles (mucho más pomposa que la modesta ceremonia en el Elíseo hace 40 años) será inversamente proporcional a su importancia política.

El verdadero problema es que la revitalización de la alianza franco-alemana se debe basar en una agenda proeuropea, y no en que cada uno se aferre a sus malos hábitos nacionales. Desgraciadamente, hay señales preocupantes de que eso está sucediendo.

Por ejemplo, Francia sigue sin estar dispuesta a aceptar una reforma fundamental a la Política Agrícola Común (PAC) de la UE, de la cual es el principal beneficiario. En otoño pasado, Alemania, el mayor contribuyente al presupuesto de la UE, aceptó un arreglo que prolongará la actual PAC por una década. Como resultado, los agricultores de los futuros países miembros sólo recibirán el 25% de los niveles de pago directo de Europa occidental cuando se adhieran en 2004, y sólo alcanzarán la paridad en 2013.

Por su parte, Alemania es mejor para firmar acuerdos de cooperación entre europeos en materia de defensa que en cumplirlos. Hace poco se rehusó a comprar la cantidad total de aviones de transporte de tropas Airbus que había prometido adquirir.

Lo más importante es que la voluntad política que se necesita para iniciar las reformas, que se debían haber hecho hace mucho, en materia de seguridad social y de mercado laboral es débil en ambos países. Esto no es sólo un asunto interno. Dado que son los países más importantes del continente, Francia y Alemania tienen una responsabilidad especial en la salud de la economía europea y la credibilidad de su moneda.

Que Francia y Alemania disfruten su celebración en Versalles. Cuando la fiesta termine, habrá que tomar decisiones difíciles. Ya no habrá tiempo para la nostalgia.

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