Europe at Home and Abroad
El maleable señor Medvedev
James Nixey
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LONDRES – Mientras Dmitri Medvedev espera su estreno en el cargo el 7 de mayo, Occidente está examinando cada una de sus palabras, ansioso de la más ligera señal de que el nuevo presidente de Rusia será más "razonable" y fácil de tratar que Vladimir Putin, el hombre que hizo que resultara electo.
Si uno es selectivo con la evidencia, se puede crear una historia más o menos razonable para quienes estén lo suficientemente desesperados como para creerla. Medvedev era un veinteañero cuando se desintegró la Unión Soviética, por lo que está menos "contaminado" por la mentalidad soviética. Habla inglés con fluidez y no posee un historial de haber trabajado en los servicios secretos; además, ha tratado por cerca de una década con Occidente como la principal figura de la industria energética rusa. Más aún, se trata de un abogado (lo que supuestamente le hace sentir más respeto por el imperio de la ley) y sus declaraciones y entrevistas hasta ahora han sido en gran medida moderadas, incluso liberales.
Lamentablemente, las palabras significan muy poco en un país tan bizantino. De hecho, Medvedev será el gobernante más maleable de Rusia desde el Zar Nicolás II. Si bien los instintos liberales de Medvedev son debatibles, las fuerzas organizadas contra él no son nada de inciertas: el clan Sechin, el clan Cherkessov, los siloviki del ejército y los servicios de seguridad, los rivales a quienes derrotó para llegar a la cima y, por supuesto, su predecesor y mentor, Putin.
La ironía es que Medvedev casi no tiene margen de maniobra, a pesar de estar investido de una de las presidencias más poderosas del mundo. Su popularidad le ha sido otorgada sin que él se la haya ganado, por lo que puede perderla tan fácilmente como la recibió.
A pesar de sus declaraciones más o menos esperanzadoras, Medvedev ha recalcado la continuidad por sobre el cambio, y sus referencias a la presidencia de Putin han sido tan reverentes como obedientes. Fue escogido por su lealtad a toda prueba y es difícil imaginarse un Putin cediendo el primer plano a un hombre que ha sido su subordinado por 18 años.
Más aún, Medvedev, que estuvo a la cabeza del gigante estatal del gas Gazprom, probablemente esté limitado de una manera más prosaica. Dado el historial de opacidad de Gazprom mientras Medvedev estaba a cargo, es muy probable la existencia de kompromat (material comprometedor) que se pueda usar para chantajearlo con el fin de que mantenga la línea de su política energética y proteja los intereses creados de los involucrados.
Gazprom misma seguirá operando como un actor no comercial. A pesar de los serios problemas con la extracción, la producción y el agotamiento (la producción en tres de los principales yacimientos rusos ya está declinando), la tendencia a usar recursos de hidrocarburos como arma geoestratégica Gazprom es la viga maestra de la economía. Y, como el auge de estos recursos alimenta el autoproclamado regreso de Rusia a la esfera de influencia internacional, el Kremlin seguirá llevando a cabo su exitosa estrategia de hacer que los países europeos se enfrente entre si, ayudado por la falta de una estrategia coherente de la UE ante Rusia y su carencia de una política energética común.
La idea generalizada de que Europa depende enormemente del gas y el petróleo rusos explica esta frecuente actitud de apaciguamiento. Sin embargo, Rusia necesita estos ingresos casi tanto como Europa necesita la energía. Casi todos los gasoductos de la región se dirigen hacia el oeste. Mientras Europa representa un 90% de las exportaciones de gas ruso, sólo el 60% de las importaciones de gas a Europa proceden de Rusia. Europa está buscando diversificar el abastecimiento, así como Rusia desea diversificar su demanda, aunque ninguna esté teniendo mucho éxito al respecto.
Quizás la perspectiva más preocupante es que Medvedev pueda haber aprendido todos los malos hábitos de Putin y ninguno de los buenos. El “putinismo" se predica teniendo como base la necesidad de un enemigo y ese enemigo es, al menos desde 2003, Occidente. Es poco probable que Medvedev cambie ese rumbo.
Sin embargo, podría suavizar algunos de los aspectos más ásperos de la política energética de Putin -una pequeña concesión aquí, un nuevo acuerdo por allá- pero sólo en áreas poco marginales. En ese caso, Occidente tendrá que estar muy vigilante. Putin era un lobo, pero al menos -a diferencia de Medvedev- se vestía como tal. Puede que los inversionistas extranjeros y los políticos de la UE no vean al través del disfraz benigno de Medvedev, o prefieran no hacerlo.
No tiene sentido quejarse de la estrategia matonesca de Rusia si nosotros mismos no somos estratégicos. Occidente no puede cambiar la conducta de Rusia sin persuasión, de modo que debe aprovechar lo que puede hacer: que el gasoducto Nabucco que evitará pasar por Rusia sea una realidad, construir terminales de gas natural licuado (LNG), incluir la energía en la Política Exterior y de Seguridad Común de Europa, diversificar la oferta y examinar con mayor atención las compañías que buscan capitales en la bolsa de valore de Londres. Nuestra seguridad energética está en nuestras propias manos, no en las de Rusia.
James Nixey es Director del Programa de Rusia y Eurasia de la Chatham House, centro de estudios con sede en Londres.
Copyright: Project Syndicate, 2008.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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