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Nueva York, la capital de Dadá

Estoy contemplando Central Park, ahí abajo, y me viene el recuerdo de un hombre alto y con el pelo blanco recitando su poema “Los colores rojo y negro” hace medio siglo en una pequeña ciudad del norte de Rumania. Mientras contemplo el parque, recuerdo aquellos versos de la época estalinista:

                                   En Nueva York, todo es bello.

                                   Llegan héroes y se van.

                                   Niños, nacidos para Sing-Sing,

                                   cubren las calles como pelagra.

                                   Sangre de quilates amarillos

                                   late por entre cada edificio.

                                   ¡En el puerto la Estatua de la Libertad!

                                   Tras su elevada falsedad,

espectros yanquis aúllan a la Luna,

atormentados, como por la pelagra,

por los colores rojo y negro.

El rojo de la Revolución, naturalmente, y el negro de la raza oprimida. El tópico era la moneda corriente de todas las dictaduras comunistas, pero surtía el efecto contrario al pretendido por el régimen, pues cubría con un aura de fruto prohibido la calumniada metrópolis del Nuevo Mundo y la hacía parecer un brillante Olimpo de la modernidad, un Everest urbano de aventura.

Los pocos viajes que me permitieron hacer como ciudadano de la Rumania socialista tuvieron, naturalmente, momentos de arrobo para mí, como novato que era. Sin embargo, Nueva York siguió siendo un sueño, tan ajeno y distante, que nunca imaginé que tendría la suerte de comparar la ilusión con la realidad. Mi posterior huida a Nueva York nada tuvo que ver con el turismo. El repentino terror ante aquel monstruo omnipresente y omnidevorador no tardó en quedar superado por la fascinación.

El crítico Irving Howe, neoyorquino de antiguo, intentó atenuar mi entusiasmo. “Para disfrutar de esta ciudad, necesitas un buen piso y cierto salario”. Yo vivía en un hotel miserable de un barrio venido a menos, consumido por la neurótica inseguridad de un recién llegado y, sin embargo, todo me parecía irresistible: los ritmos y los colores de la ciudad, sus contrastes y sorpresas. Que Walt Whitman y Mark Twain, Herman Melville, Henry James y John Dos Passos hubieran vivido aquí, que Enescu, Brancusi o Eugen Ionesco hubiesen triunfado aquí no aumentó mis esperanzas.

La vida en esta ciudad, con ella, era hipnotizante como una droga. A lo largo de los diecisiete últimos años, esa adicción se asentó mediante negociaciones con la vida diaria. El metabolismo de Nueva York me llenó con su energía y sus toxinas.

Aunque tenía la sensación de que yo, un exiliado en la tierra de los exiliados, pertenecía cada vez más a un mundo al que nadie puede decir que pertenece, el 11 de septiembre de 2001 pude por fin proclamar: “Soy un neoyorquino”, exactamente como el Presidente Kennedy había declarado ser un berlinés, cuando aquella antigua capital nacionalsocialista corría peligro de convertirse en una capital comunista.

El Antiguo Testamento cuenta que el trabajo en la torre de Shinar, en la antigua Babilonia, quedó desbaratado, porque el hombre aspiró a alcanzar el cielo y la divinidad. De repente, los constructores no podían entenderse entre sí. Lenguas diferentes los dividían. En la Babilonia actual, en Chinatown, en Litle Italy, en el ruso Brighton Beach y en las calles y los callejones de Nueva York, se hablan todas las lenguas del mundo. Los constructores de las torres gemelas, fueran cuales fuesen sus lenguas maternas, querían ser americanos, ciudadanos del Nuevo Mundo y las torres que construyeron simbolizaban la estatura de la libertad.

El ataque a las torres de Babel fue inesperado, pero no imprevisible, en la medida en que representaba el odio de los seguidores fanáticos de Alá a los símbolos de la modernidad. En el World's Trade Center, la creatividad y la colaboración humanas estaban universalmente codificadas. Naturalmente, el edificio carecía de poesía. Sin embargo, las torres podrían haber sido un símbolo de la poesía, no del comercio, mundial. Como dijo el poeta surrealista André Breton: “Por encima de todo, lo que nos une son las diferencias”.

Sorprendentemente, tratándose de un conglomerado tan extenso y cínicamente eficiente de humanidad, la ciudad exhibió un civismo y una solidaridad sorprendentes durante los ataques y después de ellos. Inmediatamente recuperó su fuerza, su sentido del humor y su laboriosidad. Después del 11 de septiembre de 2001, rascacielos, clubes y restaurantes de todas clases brotaron como hongos, casi con más vitalidad que antes. Además, la ciudad se negó a dar sus votos a un Presidente que explotó su desastre para obtener beneficios políticos.

Con frecuencia se llama a Rumania la Tierra de Dadá, no porque uno de sus hijos, Tristan Tzara, fuera un fundador del surrealismo, sino por el absurdo y las paradojas de su vida diaria, en particular en su vida política. En el exilio, inmediatamente me identifiqué con otra capital de Dadá, la “república cósmica, que habla todas las lenguas en un dialecto universal”, como dijo Johannes Baader. Aquí lo nuevo y lo viejo son cómplices en la celebración de la vida “en toda su incomprensibilidad”: exactamente la subversividad que adoraban los dadaístas.

Un mapa famoso, pintado por mi amigo y compatriota Saul Steinberg, describe la aldea global tal como se ve desde Manhattan: la distancia del río Hudson al océano Pacífico es la misma que la comprendida entre la Novena y la Décima Avenida en el Upper West Side y en algún punto, allende el océano, apacible flotan Rusia, China y el Japón. Otros mapas de Saul evocan su pasado: Milán, la ciudad de su juventud; Zúrich, donde el dadaísmo tuvo su explosivo comienzo: y la ciudad rumana de Buzau, donde nació.

Un mapa de mi destino comprendería Bukovina como mi tierra natal, el campo de concentración en Transdnistria de mi infancia, el campo de trabajo comunista de Periprava, donde la identidad de mi padre fue modificada, el Bucarest de mis años de estudiante y mi vida adulta. Berlín, mi punto de partida en el exilio y, por último, Nueva York, donde mi exilio encontró su residencia. Ese destino es su “Babel”, una mezcla confusa de recuerdos y lugares.

Aquí, en el Upper West Side, en el centro de un triángulo formado por Central Park, el Lincoln Center y el río Hudson, en tiempos tenía yo la costumbre de comenzar todos los días con un exótico acto de devoción, un rito de humildad. Ahora tenía un buen piso y cierto salario, por lo que se cumplían las condiciones para la vida en la ciudad de que me había hablado Irving Howe. Desde mi ventana, contemplaba al Gángster de la Basura: cabeza rapada, cuello de toro y nariz hinchada, de la que colgaban pelos con mocos incrustados, mientras que sus cortos brazos rebosaban poder delictivo. Todos los días, a la misma hora, aparecía con su baúl de metal lleno con todo lo que había recogido de los cubos de basura de la esquina; era como si quisiese atraparme con su bujería callejera para que pudiese ver los  inconmensurables contrastes de la ciudad.

El escritor, atrapado en el abrigo de la soledad, no tiene demasiado tiempo para andar por ahí. Su barrio es su mundo, la geografía de su calendario. Por fortuna, las calles de Nueva York ofrecen espectáculos extraordinarios donde quiera que uno se encuentre. En el Bronx y en Soho, en Washington Square o Times Square, delante de la Biblioteca Pública de Nueva York o junto a un carrito de vendedor de perritos calientes, por entre todas las razas del planeta, lo trivial rivaliza con lo excepcional para disputarse nuestra atención. Aquí se pueden encontrar, tarde o temprano,  todos los rostros, edades y acontecimientos.

La cotidianeidad aumenta la trivialidad y la irreflexión; lo personal desaparece. Aquí te dedicas a tus asuntos como sólo los neoyorquinos pueden hacerlo, pero de vez en cuando alzas la vista y te preguntas: “¿Cómo he podido recaer aquí?” o, mejor dicho, “¿Cómo ha podido la Humanidad llegar hasta aquí?”

Con frecuencia miro la arquitectura de Nueva York como si mirara un libro de reproducciones artísticas. Cuando vuelvo a casa desde el Bard College, donde doy clases, me da la bienvenida el Puente de George Washington majestuosamente suspendido sobre el río Hudson. Es una bienvenida soberbia, incluso con niebla.

Lo mismo se puede decir del perfil de los edificios recortados en el horizonte. Te acercas a la ciudad y ves el centro urbano del mundo: un lugar duro y apresurado, marcado por contrastes sociales tan mareantes como sus rascacielos y con una sensación de fugacidad tan elevada como sus edificios. Su fuerza laboral trabaja durante las veinticuatro horas del día y su inventiva, energía y diversidad contrarrestan el provincianismo con desdén. Como los propios Estados Unidos, aun siendo tan absolutamente diferente, se puede entender Nueva York “sintéticamente”. Esta alegremente incoherente capital de Dadá es una fusión espectacular de libertad y pragmatismo. Miseria y magnificencia, seducción y neurosis crean y recrean el dinámico e inconfundible espectro de la vida de Nueva York.

En esta ciudad aprendes a limitarte. Es imposible aprehender de una vez todos los innumerables conciertos sinfónicos o de jazz o los desfiles que festejan a las minorías étnicas o sexuales. No podemos asistir a todas las conferencias, debates y subastas en los que se truecan los dramas y los sueños cotidianos. No podemos sentarnos en todos los taxis conducidos por esos locuaces embajadores de la India, Rusia y Haití, del Pakistán, Ghana y Guatemala. Como máximo, podemos atrapar una mera migaja de ese frenético caleidoscopio mundial.

Al final, en Nueva York, no posees nada más que el instante, el ahora, el ahora mismo. Vuelvo a mirar a Central Park. “Dadá cubre las cosas con una ternura artificial”, escribió Tzara. “Están nevando mariposas que se han escapado de una cabeza de profeta”.

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