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El nuevo modelo de China

Los líderes de China se han reunido para su retiro anual en el balneario de Beidaihe. Ellos, y el mundo en general, están concentrados en la sucesión del presidente Jiang Zemin y del premier Zhu Rongji. ¿Qué clase de China heredarán los sucesores de Jiang? Kenichi Ohmae nos ofrece su análisis.

En las próximas décadas, China se convertirá en una clase completamente nueva de entidad política y económica. Salvajemente competitiva tanto en política como en los mercados mundiales, innovadora y resistente, China será más dominante que cualquier país, a excepción de los Estados Unidos.

Un cambio de esa naturaleza en el equilibrio de poder global sucede solo una vez cada cien años aproximadamente y es comparable al surgimiento de los EU como potencia mundial hace un siglo. La magnitud de esta transformación se debe, en parte, a un cambio súbito y radical en el sistema de gobierno de China. Dada su rapidez, es tentador pensar que este cambio ha sido fortuito. Sin embargo, la reestructuración de China es permanente y afectará todos los aspectos de su vida nacional, así como su posición a nivel mundial.

La República Popular incluye ahora dos sistemas: la administración comunista centralizada y autocrática, dominada por una ideología caduca e intereses militares, y el régimen descentralizado de economía de libre mercado. Sea o no deliberadamente, China se está reorganizando para equilibrar la autoridad central y el fin común con la libertad descentralizada, de la misma manera que las empresas ágiles equilibran el control entre la casa matriz y las sucursales. El resultado es un modelo geopolítico completamente nuevo: el país como corporación.

Llamemos a la nueva China "Chung-hua, Inc." ( Chunghua se traduce como "China" y literalmente significa "el próspero centro del universo"). Al igual que muchas corporaciones, China está trasladando la mayor parte del proceso de toma de decisiones hacia el nivel de las "unidades empresariales" (regiones-estado semiautónomas, con gobierno propio que compiten ferozmente entre ellas por el capital, la tecnología y los recursos humanos, tal como lo hacen los estados en Estados Unidos).

Este nuevo régimen descentralizado de libre mercado sólo comprende a una pequeña parte del vasto territorio de China, y muchos funcionarios chinos todavía se niegan a admitir su existencia. De hecho, hace apenas siete años se prohibió la palabra "federación". Empresas como Federal Transport o Federation Merchants se vieron obligadas a cambiar sus nombres. Hoy en día, China tiene la estructura administrativa más federalista de todos los países grandes, a excepción de los EU.

Existen dos categorías generales de región-estado. Las primeras son relativamente pequeñas, formadas por ciudades y sus zonas circundantes y suelen tener de 5 a 7 millones de habitantes. Algunas de ellas (Shenzhen, Shanghai, Dalian, Tianjin, Shenyang, Xiamen, Qingdao, y Suzhou) están creciendo a tasas de 15-20% al año (más altas que las que llegaron a tener "tigres" asiáticos como Malasia, Taiwan, Tailandia y Corea). A su vez, estas pequeñas regiones-estado están impulsando el crecimiento de mega-regiones, con poblaciones que se acercan a los 100 millones de habitantes cada una.

Las mega-regiones, que tienden a compartir dialectos, identidades étnicas e historias comunes, se están convirtiendo en potencias económicas en sí mismas. Si fueran naciones independientes, cinco de ellas (el delta del Yangtze, la zona de los estados del noreste, conocida anteriormente como Manchuria, el delta del Río Perla, el corredor Beijing-Tianjin, y Shandong) estarían entre las diez mayores economías de Asia.

Los gobiernos regionales también se han endurecido con la ética de "Chung-hua, Inc." La mayoría de los funcionarios son nombrados, no electos, pero sus cargos no son canonjías. No sólo tienen que alcanzar metas del 7% o más de crecimiento económico anual (como muchos ejecutivos corporativos), sino que también deben enriquecer la calidad ambiental, construir mejor infraestructura y reducir los niveles de delincuencia local. En octubre de 2001, media docena de burócratas fueron expulsados de una de las ciudades principales de China por no haber cumplido con las metas económicas y de seguridad.

A los funcionarios locales frecuentemente se les considera héroes, no opresores. En enero de 2001, Bo Xhi Lai, en ese entonces alcalde de Dalian, fue ascendido a gobernador de la provincia de Liaoning. Miles de mujeres, muchas de ellas con lágrimas en los ojos, se reunieron espontáneamente en un parque para despedirse de él. Durante los nueve años de su gestión, Dalian pasó de ser un puerto en ruinas a una de las ciudades más limpias y prósperas de Asia. Tiene ahora una mayor vitalidad que Singapur, un trazo que recuerda al de París antes del automóvil y una buena reputación entre los turistas japoneses por sus hoteles, transporte y restaurantes de alta calidad.

Todo esto está sucediendo en una nación donde la ideología comunista sigue siendo fuerte y que en muchos aspectos es todavía una dictadura militar que amenaza con conquistar Taiwan por la fuerza, al tiempo que utiliza a Corea del Norte, Pakistán y Libia para desarrollar armas. La llegada de tecnologías y compañías extranjeras, así como la movilidad sin restricciones de corporaciones y personas se considerarían como una amenaza al sistema comunista, si es que se reconociera públicamente su existencia.

Por el contrario, los funcionarios más altos de China insiten en que tienen el gobierno con mayor control centralizado del mundo, con autoridad plena para nombrar o despedir alcaldes, gobiernos y burócratas. En sentido estricto tienen razón, pero no se atreven a pasar por encima de la ética comercial abierta de las regiones-estado de China, fuente de la prosperidad del país.

Así, los debates sobre China no se deben plantear como una simple cuestión de bien o mal, sino de cuándo y cómo. Políticamente, China es comparable a los EU en 1800: una nación emergente con grandes ideales pero con una pobreza muy extendida y muchas prácticas que para otros son intolerables. Una o dos décadas de libertad y crecimiento económicos le darán a la gente de China un hambre de autodeterminación y participación que nos puede sorprender a todos. En los pueblos ya hay algunos líderes que han sido electos. Esto podría extenderse poco a poco a funcionarios regionales y de ahí hasta el gobierno central.

Incluso los comunistas de mayor jerarquía parecen reconocer y aceptar el cambio. Hace poco, el jefe de Estado de China, Jiang Zemin, dijo que el Partido Comunista "representa" todos los aspectos positivos de China, incluyendo a los capitalistas ricos, no sólo a los pobres, los explotados y el proletariado. No nos sorprendamos si pronto (tal vez durante la asamblea general del partido de este año) los líderes chinos hacen un llamado formal para adoptar una doctrina que esté a tono con su nuevo modelo.

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