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La investigación médica actual suena cada vez más como si fuera un negocio. Las secuencias genéticas se patentan; la sangre del cordón es una propiedad muy valiosa. Los genetistas hablan de “prospección“ genética. Los tejidos corporales se „extraen“, se „cosechan“ y se „depositan en bancos“.
Este lenguaje refleja la creciente capacidad para transformar los tejidos humanos en material de investigación y en productos clínicos. La sangre puede servir como base para inmortalizar cepas celulares en estudios biológicos y en el desarrollo de productos farmacéuticos. Los prepucios de los bebés circuncidados se utilizan para generar piel artificial. Los tejidos extraídos en biopsias se usan para fabricar material genético terapéutico. Se utilizan tejidos, órganos y células humanas en lugar de tejidos animales para probar fármacos y cosméticos porque los de origen animal son caros y su uso genera protestas.
Los tejidos humanos también tienen valor más allá de la medicina. La placenta se usa para shampoos. Kiotech, una empresa británica de biotecnología, cosecha sudor humano para extraer feromonas para un producto llamado “Xcite”, unas toallitas saturadas con una hormona sexual que “aumenta el aroma sexual de quien las usa”. Kary Mullins, una genetista ganadora del Premio Nóbel, fundó una compañía llamada “Star Gene”, para vender joyas que contienen DNA clonado de estrellas del rock. Aún más rara es “GeneLink”, que vende equipos para ayudar a las funerarias a extraer DNA de los muertos.
La investigación y el uso clínico de órganos humanos ha generado controversias desde los primeros tiempos de las disecciones anatómicas, que alguna vez evocaron visiones dantescas del infierno. Con el Renacimiento llegó un interés creciente en la anatomía, y el robo de cuerpos se convirtió en un negocio lucrativo donde se obtenían cadáveres mediante el saqueo de tumbas, el soborno a empleados de hospitales y hasta el asesinato de mendigos. Los cálculos comerciales que estaban detrás de ese negocio provocaron algunos disturbios, hasta que las leyes permitieron que se utilizaran los cuerpos de asesinos ejecutados y de los muertos no reclamados, con lo que se dio a las clases media y alta la tranquilidad de que sus cuerpos no serían vejados.
Estas viejas tensiones han cobrado una nueva dimensión al tiempo que el potencial comercial de los tejidos humanos captura la imaginación empresarial. Sin embargo, existen pocas leyes para regular el uso de células, tejidos y genes.
El caso más conocido del uso de un cuerpo como propiedad es el de John Moore, un paciente que desarrolló leucemia de células pilosas y al que le extrajeron el bazo en la Escuela de Medicina de la UCLA en 1976. Su médico patentó ciertos compuestos químicos presentes en la sangre de Moore sin que éste lo supiera y sin su permiso, firmó contratos y vendió los derechos a una compañía farmacéutica suiza para producir fármacos basados en la cepa celular “Mo”.
Moore comenzó a tener sospechas cuando en la UCLA los especialistas en cáncer le siguieron tomando muestras de sangre, de médula ósea, de piel y de esperma durante siete años. En 1984, cuando Moore descubrió que se había convertido en la patente número 4,438,032, presentó una demanda por mala atención médica y robo de propiedad.
Su médico arguyó que Moore había renunciado a su interés sobre sus propias partes corporales al firmar un formato general de autorización. Sin embargo, para Moore, habían violado su integridad, habían explotado su cuerpo y habían convertido sus tejidos en un producto.
El tribunal dictaminó que los médicos deben informar a sus pacientes, antes de las cirugías, que sus tejidos se podrían usar para realizar investigaciones, pero no concedieron la demanda de Moore. ¿Quién debe beneficiarse con las partes extraídas del cuerpo de un individuo? El tribunal decidió que el médico y la compañía de biotecnología, no el paciente. Sostuvo que darle a Moore derechos de propiedad sobre sus tejidos “destruiría los incentivos económicos para llevar a cabo investigaciones médicas importantes”. Este fallo a favor de las compañías de biotecnología incitó la fiebre del oro de la genética actual.
Las disputas como esta plantean preguntas fundamentales: ¿Quién gana? ¿Quién pierde? ¿Se puede evitar la explotación? ¿Se debe definir a los tejidos corporales como desperdicios, iguales a los que se depositan en los bacines u orinales y, por ende, disponibles como materia prima para productos comerciales? ¿O acaso los tejidos tienen valor inherente como parte de una persona? ¿Son los genes la esencia de un individuo y parte sagrada de la herencia humana? ¿O, como supuestamente afirmó un director de SmithKline Beecham, son „la divisa del futuro“?
La mercantilización de los tejidos humanos, frecuentemente sin consentimiento y sin conocimiento, es preocupante porque viola supuestos y creencias sociales acerca del cuerpo. La comercialización puede socavar la confianza en las ciencias y la medicina porque genera un miedo a la explotación. La experiencia de John Moore sugiere que los intereses comerciales de los médicos podrían impulsarlos a obtener más tejidos de los que son necesario para el bien del paciente. Los médicos o las instituciones con intereses económicos también podrían influir sobre las decisiones de pacientes vulnerables renuentes a someterse a ciertos procedimientos.
Los incentivos mercantiles para considerar a los tejidos corporales como un bien también podrían atentar contra las creencias personales. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial, los holandeses no querían donar sangre que pudiera ayudar a los soldados alemanes. A causa de la explotación en el pasado, algunas mujeres estadounidenses negras se niegan a permitir que se les extraiga tejido amniótico para diagnósticos prenatales porque temen a los usos que se le podrían dar a ese tejido.
El negocio de los cuerpos también se entromete en la privacidad. La sangre del cordón y los tejidos depositados en los bancos pueden producir no sólo materiales para la investigación, sino también información sobre las condiciones genéticas futuras. El tejido corporal se puede utilizar para identificar las predisposiciones genéticas de los individuos (lo cual resulta de interés para las aseguradoras), o para redefinir derechos políticos (como temen los indios de Estados Unidos), o para reforzar estereotipos sociales (digamos, a través de la investigación sobre enfermedades que afectan a grupos raciales específicos).
Aunque sigue sin haber leyes establecidas en cuanto al control de los intereses comerciales sobre los tejidos corporales, estamos comenzando a presenciar que los principios de consentimiento y no-mercantilización, que se desarrollaron para regular la donación de órganos, se están extendiendo a esta área. Ciertas organizaciones de profesionales están subrayando la necesidad de obtener el consentimiento de los pacientes incluso después de que el tejido haya sido extraido.
Hoy en día hay bancos de tejido cerebral, bancos de tejido mamario, bancos de sangre, bancos de cordón umbilical, bancos de DNA y depósitos de tejidos para estudiar diversas enfermedades. Prácticamente todos tenemos alguno de nuestros tejidos archivado en algún lugar. ¿Quién debería de tener acceso a esas muestras? ¿Para qué fines se pueden utilizar? ¿Cómo podemos asegurar un consentimiento informado para los usos futuros de los materiales corporales? En el contexto de un creciente interés comercial por los tejidos humanos y del potencial para el abuso, una mayor regulación es esencial.
Dorothy Nelkin es profesora de artes y ciencias en la NYU. Este comentario se basa en Lori Andrews and Dorothy Nelkin, Body Bazaar: the Market for Human Tissue in the Biotechnology Age, Crown Books 2001.
Copyright Project Syndicate 2008